25
Abr
10

LIOLA… A LAS PUERTAS DEL CIELO, Parte 1

 

Este es un cuento del género literario erótico. Use su libre albedrio para leerla.  

Primera parte de dos.

Estaba corriendo a 80 millas por hora en mi Mustang rojo convertible por la carretera de Cabrillo Hwy, lo que antes era la Carretera Pacific Coast, también conocida como la Carretera Panamericana, en California. Conducir mi coche deportivo clásico de 69’ llenaba la vanidad de mi orgullo juvenil que aún sobrevivía dentro de mí después de 50 cumpleaños. Mi última parada, hacía media hora, fue en una estación de gas a la salida del pueblo de San Luis Obispo y ahora me dirigía al siguiente pueblo, Carmel Del Mar, donde pasaría la noche, tal como lo había planeado; y al día siguiente seguiría mi camino, después del desayuno, hacia el destino de mi viaje: La ciudad de San Francisco, determinado a no detenerme más hasta llegar la gran ciudad.

Por supuesto que si hubiera optado por ir en avión sería más conveniente para el viaje de negocios que estaba haciendo, pero…

Hoy temprano en la mañana, en mi oficina, había recibido la llamada telefónica de una empresa de Contratistas Generales de Construcción: “California Constructores Inc.” anunciándome que había ganado la licitación para construir 150 viviendas en Mill Valley, ubicado en los suburbios de San Francisco. Así que iban a estar esperándome, al día siguiente, en sus oficinas, para firmar el contrato legal, los respectivos bonos y papeles del seguro para cerrar el trato. Oh, Dios, esto era un buen contrato, perseguido por casi un año, que finalmente se resolvía en mi favor.

Sin embargo, tenía un problema personal en medio de todo esto. Y era que estaba muy cerca de una crisis de nervios debido al estrés experimentado desde nuestra llegada a California, hacía cinco décadas.

Ya eran quince años que yo no tenía un período de vacaciones o, al menos, un descanso real. Además, la otra fuente de tensión era por la conmoción natural experimentada por ser un inmigrante cargando a toda su familia, que tuvo que adaptarse al cambio de otra cultura, el idioma y el estatus social. Y por si esto fuera poco, di un salto para convertirme de un Constructor Civil con licencia de California a uno mayor, lo que hizo imposible mantenerme alejado de las ofertas, los cálculos de estimados de materiales, las inspecciones, el calendario de ejecución de las obras, las nóminas y las formas legales de los trabajadores, etc. y así, el interminable proceso de nuevas propuestas. Por otro lado, en la familia, los problemas causados ​​por mis hijos adolescentes estaban matándome de estrés. Ahora, no eran sólo las llamadas de director de la escuela secundaria, sino los oficiales de la Estación de Policía de la ciudad también.

Es por eso que decidí hacer este viaje por carretera, a través de una ruta de más de 600 millas, que me llevaría por los extraordinarios paisajes de la costa del Pacífico, que son conocidos como uno los más bellos de la Tierra.

En mi caso, este viaje era una evasión necesaria, sin ninguna otra opción, para liberar mi mente de la tensión por la que estaba pasando, una escapada que iba a durar 24 horas, según mi itinerario, en vez de las 7 u 8 horas que duraría por la carretera interestatal # 5 Hwy, sin parar sino para lo mínimo necesario. La otra opción, más fácil y cómoda, era ir en avión junto con mi esposa y, una vez en San Francisco, ir de compras y disfrutar de una cena en un buen restaurante, y al día siguiente, después de la firma del contrato, un buen almuerzo con mi esposa, y luego abordaríamos el avión de regreso a Los Ángeles, y por la noche, una cena en casa… No, en realidad eso no era ya una opción, porque me parecía que yo estaba en el borde de mi límite emocional.

Yo iba más lento en algunas partes de la carretera, con la intensión de disfrutar de los paisajes sin fin que se abría ante mis ojos, milla tras milla. A veces, estaba cruzando un bosque por un camino rodeado de pinos a ambos lados de la misma, de un valle rural y colinas. En otros, pasaba por zonas donde tenía a mi derecha, escarpadas colinas de pinos y, a mi izquierda, la majestuosidad del Océano Pacífico formando playas o acantilados de rocas multicolores.

Mi cabello se removía por el aire y la brisa llenaba mis pulmones con el aroma de la resina de esos hermosos bosques mezclados con el olor característico del mar, dándome una sensación de libertad plena. Sí, verdaderamente, esto era lo que buscaba.

Me detuve varias veces a lo largo del camino, en los ya conocidos “Puntos de Vista del Lugar” con el único propósito de admirar la belleza de la naturaleza. Así que cada vez que me detuve, estiré las piernas y los brazos y respiré profundamente. De esa manera, lograba una carga extra de ese aroma natural en mis pulmones, hasta que el aire limpio lastimaba mis sienes, exactamente como cuando llegué a una playa paradisíaca justo antes del pueblo de “Carmel Del Mar”, el pueblo en donde había decidido pasar la noche.

Es muy posible que en el marco del estado de estrés que estaba pasando, mis sentidos se agudizaran hasta un límite fuera de lo normal, para lograr la evasión tan necesaria y difícil, en algo posible. Y digo esto porque lo que vi allí, en la playa, si era algo común y corriente, para mí era divino. Yo estaba de pie en una playa con arena blanca y granulada, de unos 500 metros de ancho, con sus dos extremos cerrados por un grupo de grandes rocas oscuras, que actuaban como rompeolas naturales que hacían que las olas de del mar llegara a la orilla suavemente, para morir a mis pies, empujando a algunos muy-muys, trozos de algas, malagüas y muy pequeños trozos de conchas rotas. Además, frente a mí estaba el majestuoso rey del cosmos a punto de irse a dormir en las entrañas del horizonte. ¿Qué más puedo pedir al placer de vivir, con una visión de este tipo ante mis ojos? Así que decidí cerrarlos, respirar profundamente la brisa del mar y extender los brazos a ambos lados para recibir la energía de la naturaleza y me quedé allí, sintiendo todo en mi alma; después de unos momentos… Abrí los ojos de nuevo.

Fue entonces cuando una idea cruzó por mi mente, en medio de la alegría que me dio apreciar tal escenario, que se convirtió en un infinito placer en mi alma, y ​​me dije: “¡Qué mundo maravilloso… ¡Qué belleza es la que veo… que ni siquiera me importaría morir ahora mismo”, y sentí como un bálsamo la caliente energía solar en todo mi cuerpo.

De repente, algo me llamó la atención, y me di cuenta de que alguien estaba saliendo del mar, en medio de la espuma, casi a un centenar de metros de la orilla, caminando con dificultad con el agua hasta la cintura.

“¿Podría ser un buzo?” Me pregunté a mí mismo, a causa del aspecto oscuro de la silueta que se acercaba a mí, al contraluz del atardecer.

No, no es un buzo, me di cuenta cuando estaba más cerca. Era una mujer de piel muy blanca, cubierta de velos negros mojados que revelaba su silueta bien proporcionada, por estar empapada de agua. En definitiva, se trataba de una visión inesperada y extraña.

La mujer pasó a mi lado y cuando nuestros ojos se encontraron, ambos sonreímos el uno al otro como saludo. Fue tiempo suficiente para apreciar sus ojos marrones, cejas y labios finos, además del pequeño lunar cercano a sus labios, que adornaba la palidez de su rostro, por lo que la armonía de sus rasgos hacía de ella, en su conjunto, una mujer hermosa en su totalidad. Ella pasó, y no pude resistir la tentación de dar media vuelta y admirar el contorno de sus nalgas y el balanceo de sus caderas en el esfuerzo realizado por las piernas para superar la dificultad de caminar sobre la arena.

La misteriosa mujer se alejó de la orilla de la playa, cruzó la carretera de asfalto, pasó cerca de mi coche y se perdió en el bosque de pinos. La seguí con la mirada, paralizado, hasta que desapareció. Entonces me di cuenta de que, entre los árboles, a mitad del camino a cumbre de la colina, había casas de madera con chimeneas humeantes, que justificaron inmediatamente mi preocupación acerca de su extraña entrada en el bosque.

La experiencia duró sólo unos minutos, pero había sido tan fuerte que había logrado bloquear en mi conciencia del ambiente donde yo estaba parado, hasta que una gran ola golpeó las rocas, y el sonido me advirtió que esta vez el agua podría llegar a mi pies, lo que hizo que me olvidara por un instante de la misteriosa mujer hermosa de velos negros.

Miré el reloj: “19:45” me dije a mí mismo, mientras retrocedí unos cuantos metros de la orilla, lejos de cualquier posibilidad de problemas, y empecé a disfrutar de la puesta de sol de ese solitario lugar.

Fue un lapso de casi 15 minutos de un placer divino de ver cómo el mundo que me rodeaba estaba cambiando de color, siguiendo la velocidad del astro rey cuando estaba bajando por detrás del océano. De repente, las lágrimas rodaron por mis mejillas ya que mi alma se sintió abrumada. En realidad, no sabía por qué estaba llorando, ya sea por un problema personal en particular o los miles que tenía sin solución aún.

Yo era un empresario de clase media en el negocio de la construcción, que recientemente había dado un salto cualitativo, al pasar de ser una pequeña empresa, dueño de casa y sin deudas, a una más grande, con una hipoteca sobre su casa y más de diez millón de dólares en bonos del seguro y créditos; sin otro respaldo que su propia trabajo. Yo estaba administrando un negocio propio, conocido como: de alto riesgo; que sobreviviría en el mercado de la construcción con la condición de estar en pleno funcionamiento durante dos años consecutivos. Por ahora, el contrato que iba a firmar mañana me daba un descanso de las preocupaciones, por lo menos durante un año… pero, no para mi salud.

Sí, definitivamente pasaba a través de un estado psicológico especial, debido a la tensión, que me ponía al borde de un ataque de nervios, y se manifestaba a través de una hipersensibilidad en mi espíritu. La evidencia a esta aseveración era muy simple: nunca en mi vida la belleza de una escena de la naturaleza me había conmovido hasta las lágrimas… hasta hoy.

Volví a mi Mustang caminando despreocupadamente, sin tener en cuenta por donde iba, absorto en mis pensamientos y respirando profundamente, sin ni siquiera ser consciente del tráfico de la carretera, a pesar de que era muy escaso, en la tenue oscuridad de la noche. Una vez en mi coche encendí el motor y me dirigí al pueblo de Carmel, luego a “Cypress Inn “, donde ya tenía una habitación reservada.

“Carmel by the Sea”, o simplemente: “Carmel Del Mar”, es un hermoso pueblo en la costa del Pacífico, un pedazo de cielo reconstruido en California. Llamarlo “Ciudad” sería un insulto a la voluntad de sus pobladores para conservarlo sin la arquitectura moderna de más de dos pisos o romper su típico estilo californiano. Un pueblo que era un lugar de secreto relativo de muchos turistas, que saltó a la fama cuando uno de sus humildes habitantes, la estrella de cine, Clint Eastwood, fue elegido como su alcalde.

Una vez que me instalé en el hotel, y me di una refrescante ducha, me fui a comer.
“¿Qué restaurante qué me recomiendas?” Le pregunté al hombre del mostrador en el vestíbulo, al salir del hotel.

“Depende de lo que quiera comer, señor!” respondió amablemente.

“Comida mexicana, sin duda, comida mexicana!” le dije.

“Entonces vaya al “Jalapeño Club”, que está a unas tres cuadras de aquí, en la calle San Carlos, entre las calles 5 y 6!”

“Ok, gracias!” no necesitaba más referencias, el lugar y el nombre del restaurante, en sí mismo, me anunciaba una buena comida.

Yo estaba comiendo lentamente saboreando un Burrito al Pastor y ensalada de col, pepinillos, tomates y palta, cuando de repente, mientras yo levantaba la cabeza tomando una copa de un Zinfandel Blanco, cosecha del Valle del Napa, como un rey de la pereza, vi a la mismísima misteriosa mujer de velos negros que había visto esta tarde en la playa, ahora entrando al restaurante. Mujer a la que reconocí al instante a pesar de que se veía totalmente diferente. Ahora llevaba un vestido de una sola pieza, de colores y no muy apretado pero elegante, que revelaba la desnudez de sus hombros y escote, con mangas que cubrían sólo los brazos. Llevaba zapatos de tacones altos, lo que le provocaba, al caminar, un delicioso ritmo ondulantemente a sus caderas, lo que aprecié cuando pasó por mi lado. Tenía el pelo castaño oscuro, ahora seco y sedoso, que se dividía ligeramente en el centro de la parte superior de la cabeza, cayendo a ambos lados, pero sin llegar a los hombros. Oh sí, yo estaba embelesado con su belleza, con todos mis ojos en ella.

Pasó junto a mí lado, pero a diferencia de la última vez en la playa, el vestido y los zapatos de tacón alto le daba un muy elegante glamur a su figura. El color de cabello combinado con el de sus ojos, aumentó aún más la palidez angelical de su piel, en cuyo rostro, ahora con ligero maquillaje, destacaba los detalles de su belleza. Sí, la expresión de su rostro y su perfecta forma simétrica era exactamente lo que había quedado grabado en mi mente, lo que me permitió reconocerla.

Sus ojos de color marrón oscuro, las tupidas cejas depiladas a lo largo de la línea natural de la prominencia ósea bajo la frente, las mejillas suaves y pómulos anchos, con una pequeña nariz afilada, y para redondear todo, un lunar en las inmediaciones de sus labios delgados, denunciaba la armonía Greco-Romana de sus genes, en los que las únicas piezas artificiales eran los dos pendientes de oro, balanceándose en los carnosos lóbulos de sus orejas.

Todos estos detalles físicos, combinados de una manera particular en ella, la harían encantadoramente hermosa para cualquier persona, pero para mí, ella era extremadamente cautivante. ¿Era joven? No, no lo era. Ella era una mujer madura que estaba en el justo límite entre la frescura y lo que pronto sería solo una memoria perdurable del zenit de esa belleza. Pero si yo sólo la había visto por un instante en la playa, y ahora, con su aspecto totalmente diferente, ¿cómo era posible que la haya reconocido de inmediato?

En realidad, ella no vino precisamente hacía mí, al entrar, sino que pasó por mi lado, y en ese preciso momento, cuando estábamos muy cerca, ella giró su rostro para mirarme y nuestros ojos se encontraron, entonces ambos sonreímos mutuamente. Nuestra mirada compartida, acompañada con una sonrisa como saludo, duró sólo unos segundos, pero esta vez no fue la misma amable mueca de la playa, sino una muy cálida y musical, como un: “Hola, ¿Cómo estás?” Esta vez, de nuevo, yo la seguí con mis ojos, extasiado con su oscilante andar, mientras sostenía mi copa de vino, hasta que ella se sentó en la silla alta de barra. Entonces, ella se dio la vuelta y me miró, convencida de que yo tenía mis ojos en ella. Fue entonces cuando hizo un gesto casi imperceptible, como si estuviera diciendo: “Aquí estoy, qué esperas!”, mientras su sonrisa angelical me invitaba a acercarme a ella.

En lugar de aceptar la invitación, me quedé allí sentado, con mi culo clavado en la silla, con miedo de acercarme a esa extraña mujer que me había cautivado por completo.

 

Debo confesar que no tengo habilidades en el arte del flirteo, y que si en algún momento lo había tenido, esto fue en mi adolescencia, pero ahora no había rastro de ella. Mi masculinidad, en estos casos, cuando una mujer que me gustaba me envía señales de interés, podría convertirme en un tigre que pudiera atacar a su presa… pero ahora, aún con garras y colmillos, yo no lo haría. Y no por impedimentos físicos, principios morales ni valores éticos de lealtad, sino que después de casi 25 años de comer tranquilamente en casa, sin esfuerzo y hasta la saciedad, me había convertido en una bestia domesticada, que había perdido su capacidad natural depredar su víctima. Sí, me había convertido en un cordero.

Aunque tuve autocontrol para mantenerme fuera de adulterio, caí en ella una sola vez en mi vida, debido mas a un comentario malicioso de una mujer, que por sus atributos que justificaban el pecado carnal, y que yo, sin embargo, había evitado intencionadamente; hundido en la eterna duda de caer en una posición ridícula ante una eventual negativa.

“Es un maricón!” Le oí decir, providencialmente, cuando comentaba a una de sus amigas más íntimas, que había preguntado acerca de mi reacción a sus insinuaciones. El comentario me dolió en lo más profundo de mi machista masculinidad, porque venía de una mujer de figura y temperamento voluptuoso y aparente rendición ante mí. Siempre he pensado que mis principios estaban muy por encima de mis instintos, pero no fue así. Y la fiera de mi ego rugió, y, en consecuencia, la ataqué tantas veces como fue necesario para lograr derribar mi presa, rendirla y hacer de ella un montón de carne sometido a mi voluntad, como una esclava de mis más bajas fantasías sexuales, pero prohibidas en mi matrimonio. Y luego, ¿qué? A continuación vino el sádico castigo de hacer caso omiso de ella, en absoluto volví a verla ni aceptar alguna comunicación con ella; con eso daba por lavado mi superfluo orgullo de macho.

Convertido de nuevo en una oveja que vuelve a sus límites dorados del hogar, sufrí el peor acoso de llamadas telefónicas, a todas horas del día y de la noche, en la oficina y en mi casa, de una mujer obsesionada con el sexo, el capricho o el amor, no lo sabía, ni me importaba. Sin embargo, ella mantuvo su impertinencia al punto que mi esposa se ​​dio cuenta de la embarazosa situación en la que me encontraba. Mi esposa no reaccionó como una mujer celosa, sino con inteligencia, e hizo dos cosas: No dijo nada y no hizo caso de las llamadas tampoco, lo que me ayudó a salir del apuro.

Pero esta noche, en la localidad de Carmel Del Mar, en el bar del restaurante de comida mexicana, una mujer hermosa y totalmente extraña, que ya me había cautivado estaba en frente de mí. Y cuando ella me había enviado señales aparentemente amables, no me habían provocado a despertar la libido de poseerla, sino que me obsesionó por querer saber de ella, hablar, sonreír, y si fuera posible caminar juntos… Sí, lo más que mi afiebrada imaginación de hombre había reproducido por mi mente, fue la visión de que estábamos tomados de la mano caminando por la orilla del mar.

Situaciones similares me habían ocurrido antes, por lo general cuando estaba acompañado de mi esposa, lo que justificaba mi inacción. Por supuesto, su presencia era una barrera o una excusa, por lo que me había comportado como un esposo fiel, porque la realidad era lo que ya había dicho. Sin embargo, ahora estaba solo y en busca de una evasión.

Sin embargo, los segundos pasaban haciendo mi indecisión aún más incómoda.
Vi cómo el camarero le sirvió un vaso de agua mineral y la forma en que ella lo bebió, a delicados sorbos; que en mi mente, me imaginaba como si estuviera besando mis labios, y mi inhibición creció aún más, mientras que mi botella de vino estaba a punto de expirar su último trago.

“Tan pronto como termine de beber esta copa, me acercaré a ella” me prometí a mí mismo, cuando vaciaba la botella hasta su última gota, mientras que en mi mente pasaba la imagen ilusoria de un galán que iba hacia a su bella dama. No bien terminé de vaciar la botella, “el sentido común” golpeó mi mente otra vez para mostrarme lo ridículo que era mi forma de pensar, y me quedé congelado, mirando mi vaso de vino y deseando nunca terminarlo.

El encuentro con la misteriosa mujer, que había sido una agradable experiencia, se había convertido en un dilema asfixiante, que para resolverlo, opté por el camino más fácil: Renunciar a cualquier intento.

Bebí mi copa de vino hasta el final, y como yo ya había pagado la cuenta, estaba listo para irme, ahora aliviado de haber tomado una resolución. Puse el vaso vacío sobre la mesa, me incliné un poco hacia delante, con las manos sobre la mesa para ayudarme a pararme, mientras que empujé, con parte de atrás de mis piernas, la silla.

Ya estaba de pie allí, listo para caminar la corta distancia que separaba mi mesa de la calle, cuando sin pensarlo me di la vuelta para mirarla.

Sus labios estaban sonriendo y sus ojos fijos en mí, irradiando un magnetismo especial que me atrajo. De repente, sin pensar en lo que iba a hacer, me acerqué a ella. Perdóname si yo digo “me acerqué a ella” porque esto es sólo una supuesta idea del hecho que hice, ya que no me acuerdo de haber dado los diez pasos que me separaban de ella.

Tampoco recuerdo bien mis primeras palabras del diálogo forzado entre extraños, cuando empiezan una conversación. Sólo recuerdo su voz y las pocas palabras que ella me dijo, como si hubiera sido un monólogo.

“Hola” dijo ella, y vi en sus ojos la expresión de alegría que sentía por haberme acercado a ella.

De repente, su rostro angelical sonrió como respuesta a algo que dije; palabras ininteligibles que resonaban dentro de mí como un ruido.

Dije algo más, y ella se rió de nuevo. Esta vez vi las dos filas de perlas que formaban su sonrisa, mientras ella me agarró del brazo, con toda confianza, por un breve momento.

Dije algo de nuevo, mientras yo volví la cara al frente, sin una intención premeditada, y me encontré a mí mismo reflejado en el espejo de la barra, junto a ella. Lo que vi me sorprendió, porque me di cuenta de que yo era un tipo apuesto acompañando de una bella dama y que controlaba la situación… algo que en alguna parte de mi personalidad, lo temía, pero que ahora ya era una historia. Entonces la vi inclinarse hacia mí y descansar su frente en mi hombro como si se desmayara de la risa que le causé. ¿Qué le había dicho? Juro por Dios, que no lo sé, pero funcionó.

Cuando se calmó nuestros ojos se encontraron y luego le pregunté:

“¿Quieres un trago?”

“Sí, querido, una Margarita, por favor!”, dijo con una voz angelical, descansando de nuevo su mano en mi brazo. Yo, en cambio, esta vez estaba muy al tanto de los detalles que sucedían a mí alrededor, de la delicadeza de su cuerpo y la blancura de su piel que resaltó lo bronceado de la mía. Fue cuando suavemente acarició mi mano y, como a sabiendas de mis pensamientos, dijo: “No sabes lo mucho que adoro el eterno bronceado de tu piel”. Miré mi mano de nuevo, mientras yo sostenía la suya, y redescubrí los millones de poros de mi piel bronceada y brillante.

Fue increíble, el reflejo de mis acciones en el espejo me habían dado la conciencia de lo que estaba haciendo.

Un hombre joven y sonriente, el barman, se acercó, mostrando que él había oído el diálogo.

“Mande, señor!”, dijo amablemente.

“Por favor, una Margarita de fresa para ella y un Tequila Sunrise para mí!”

“¿Les gustaría que les sirviera aquí o en el patio? Tenemos un cantante allí ahora mismo!”, dijo amablemente.

“En el patio, por favor”, le contesté sonriendo; y salimos a un amplio patio con jardín, en penumbra, a sentarnos en una mesa de madera de estilo rústico; con azulejos de cerámica de color rojo en los pasillos y algunos lugares alrededor de la fuente de agua y, al fondo, un escenario iluminado, donde un caballero de mediana edad estaba cantando en español acompañado con los acordes de su guitarra.

Encontramos una mesa vacía cerca de un arbusto buganvillas rojas, y tan pronto como me senté frente a ella, una explosión de plena conciencia vino a mí, como un hombre casado fiel, y me di cuenta de la situación en que me encontraba. Sin embargo, tan pronto como me encontré con sus ojos, que miran a los míos, mi conciencia racional desapareció de nuevo, y me fui con la corriente, dejando que la espontaneidad de mis actos interactuara con los de ella.

No sé exactamente cuánto tiempo estuvimos hablando en la penumbra del patio, dejando a nuestros espíritus salir libremente. Ella me contó la experiencia de su primer amor con palabras que creí reconocer como mi historia también: “Entonces mi alma era cándida y pura, con tanto anhelo como temor devino mi primer amor…” Ella dijo.

Le confesé mi dilema eterno de iniciar una conversación con una mujer en un lugar público”, como cuando estabas en el bar. “Sufrí lo indecible para acercarme a ti…” le conté.

A lo que ella respondió inmediatamente diciendo mientras reía: “Te rogué, con mis ojos, que vinieras a mí…!”

Y así, los minutos en el patio del restaurante de comida mexicana se hicieron cada vez más íntimos, más tiernos, dándonos la extraña impresión de habernos conocido antes de encontrarnos hoy.

A veces, ella me tomaba la mano y acariciaba mis nudillos, así metió sus dedos entre los míos para encerrarlos como un puño y torcerlos coquetamente. En otros, fui yo quien recorrí mis dedos través de los surcos de la palma de sus manos, como si quisiera descubrir sus secretos, pero eludiendo adivinar el futuro.

Cuando salimos del restaurante a la calle, la tomé de la cintura, y ella apoyó su cabeza en mi costado.

“Lléveme a la playa!” me suplicó, mirándome fijamente a los ojos, y en sus iris… ella me prometió la felicidad.

“Ok, Liola, pero primero vamos a mi hotel!” le respondí susurrándole al oído, pronunciando su nombre por primera vez, sin recordar el momento en que, o quizás no, ella me lo dijo.

Caminamos despacio, porque llevaba zapatos de los tacones altos, a través de las calles iluminadas por farolas amarillas en dirección a mi hotel y, sin entrar en él, nos fuimos al estacionamiento en busca de mi convertible Mustang.

Así llegamos a la playa, sino a la orilla muy cerca a ella, a un lado del camino asfaltado llamado: Camino Escénico. Y nos quedamos allí, sentados en mi coche, admirando la luna y su reflejo en el mar, en silencio, arrullados por la melodía que producen las olas rompiendo en la orilla de la playa. Pasaron los minutos y el silencio entre nosotros no nos molestó, y mucho menos cuando tomé su mano y ella reaccionó entrelazando los dedos con los míos.

“Ayer llegué a Carmel… y caminé sola a través de todo este camino… esperándote…” dijo Liola, mirando hacia el mar.

Debo confesar que yo no tengo el exquisito espíritu de los poetas, ni la habilidad para apreciar el arte barroco en cualquiera de sus expresiones, como los poemas. He construido carreteras, puentes y casas, siguiendo las normas y medidas exactas marcadas en los planos, durante años. Así que, si alguien dice lo que acababa de oír, me lo tomo como una simple metáfora que no logro entender.

“Vi algunos hermosos bancos de madera en la que me imaginaba sentado contigo!” dijo con su voz angelical, mientras que ella volvió su cuerpo hacia mí, para apuntar con el dedo un lugar en la playa, que quedaba a mi espalda.

Así que, sin voltear, la miré y aprecié el perfecto contorno de su rostro iluminado por la luna. Liola volvió la vista hacia mí, me miró a los ojos por un segundo y entonces me ofreció sus labios para besarlos. Y yo les di un beso. Sí, le di un beso de adolescente y ella me respondió de la misma inocente manera.

Entonces sentí una oleada de energía dentro de mí, gritando que no lo era. De hecho, no lo éramos, muy por el contrario, ya maduros y sobre el punto cercano de languidecer. Entonces nuestros brazos llegaron a entrelazarse con la misma fuerza que nuestras lenguas, en un beso húmedo que mostró nuestro apetito mutuo y evidente para devorarnos en besos y caricias, hasta que descubrimos que los controles de mi coche, entre los dos asientos, nos molestaban para lo que queríamos lograr con el aumento de nuestra lujuria.

Así que dejé de abrazarla, y nos separamos, pero no podíamos quitar los ojos de la mirada mutua, ni dejar de lado nuestras manos. En realidad estábamos sentados de lado, absolutamente incómodo, pero no nos importó.

“Dios mío… Que bella eres!”, le dije , y ella sólo sonrió resaltando aún más su belleza.

“Esta tarde fui a una playa cercana, al sur de Carmel… -dijo, y añadió- … por allá, en la colina, entre los árboles, una amiga tiene una cabina, pero fue en la playa donde quería a estar, así que fui a nadar…” Le escuché con atención, ajustando sus palabras en mis últimos recuerdos de esta tarde.

“Pero yo tenía la obsesiva ilusión, en lo más profundo de mi alma, que te encontraría allí. Pero la playa estaba desierta y, con lágrimas en los ojos, me metí en el mar y mezclé ellos con el agua salada.

Miré su rostro, como si la estuviera escaneando con mi mirada. Así la vi con los ojos entrecerrados, sus labios, su frente, su delicada nariz, sus gestos y los pliegues de la piel de su cara mientras hablaba. Y en mi alma, me oí decir: “¡Dios mío, eres sincera y tierna y estas tan sedienta de amor!”

Había pasado ya un par de horas desde nuestra reunión en el bar y, hasta este momento, yo no había visto un solo gesto o una mirada que habría denunciado la falsedad de sus acciones o palabras. Ella me miraba y hablaba con la naturalidad como si me hubiera conocido toda la vida, aunque sus palabras revelaban una tristeza superado recientemente.

“Pero cuando salí del agua, te vi de pie en la orilla. Al principio, no te reconocí, porque yo estaba enamorada desde hace mucho tiempo de una imagen tuya, pero has cambiado muy poco. Te vi más robusto y con la barba encanecida, pero cuando sonreíste y miraste a mis ojos, vi tu alma… eras tú, el mismo hombre que siempre me encantó!”

Liola se acercó, me envolvió por mis hombros con sus brazos y me besó. Nuestras lenguas jugaron entre sí como si estuvieran fuera de nuestro control, mientras nuestros labios estaban buscando ansiosamente la manera de expresar lo que no podía con palabras.

Yo la rodeé por la cintura con mis brazos, llevándola más cerca de mí para sentir el calor de su vientre junto a mí, y sentí que ella me correspondió levantando la rodilla para llegar a apretar su pubis contra el mío, pero un millón de las cosas estaban entre nosotros, como barreras, para bloquear nuestras intenciones. Entonces nos calmamos.

“Vayamos a mi hotel… –me pidió Liola, y me explicó- … quiero cambiarme de vestido y refrescarme un poco!”

Una vez más, en mi vida profesional, he construido muchas estructuras de ingeniería, y sé que la belleza de la arquitectura se consigue con paciencia, colocando cada ladrillo en su lugar y a su debido tiempo, donde antes no había nada. Y aunque no soy un poeta, tuve el suficiente sentido común para dejar a Liola escribir los detalles de las rimas de los versos que nos llevarían inexorablemente a la culminación del amor.

Sí, yo no tenía que ser adivino para saber que esa noche haríamos el amor, ni necesitaba demasiada experiencia para saber que la mujer que estaba a mi lado era un ser especial, que en este momento de mi vida ya no iba a encontrar. Así que, fui cauteloso y condescendiente con ella. Por lo tanto, decidí dejarme llevar por la partitura amatoria de Liola.

Su hotel, “The Colonial Terrace” estaba muy cerca del otro extremo de la carretera donde estábamos aparcados. Nos llevó menos de cinco minutos en llegar a la zona de estacionamiento de la misma. De todos modos, caminamos unos 20 metros a lo largo de un camino pavimentado con ladrillos rojos e iluminado por postes encendidos de mediana altura, por donde Liola caminó descalza, agarrada de mi cintura y riendo sobre las ocurrencias que brotan de mi mente febril de amante. Así que la vi pequeña, sin usar sus tacones no llegaba mis hombros, y eso me dio una sensación de poder y a la vez de protección por ella.

Cuando llegamos a una especie de terraza, en la parte delantera de la entrada del hotel, nos sentamos en unos sillones y cojines, hechos para el aire libre; entonces, ella me dio un beso y me pidió que esperara allí durante unos minutos. Así, me quedé mirándola mientras se iba caminando sobre las puntitas de los pies, sosteniendo sus zapatos en una mano, iluminada por las lámparas de neón, que destacó el delineado de su figura. Y de repente, como un rayo, me vino a la mente la figura imaginaria de ella, totalmente desnuda, y me quedé embelesado por unos segundos.

La esperé casi 30 minutos. Durante ese tiempo, desde mi cómodo asiento, observé los detalles del ambiente que me rodeaba, y el lugar me pareció el paraíso, si es que allí había casas con lámparas y jardines, por supuesto. Entonces, me quedé divagando en mis pensamientos. De repente, una idea me sacudió, debido a mi inseguridad emocional y la extraordinaria personalidad y belleza de Liola.

“¿Y si ella no quiere? ¿Y si ella sólo pasa el tiempo conmigo?… No, no puede ser… Sus ojos, sus gestos, sus palabras casi incomprensibles para mí, y por último, la señal más importante, sus besos y su disposición a la intimidad me han demostrado que esto es serio… ¿En serio?” Me pregunté a mí mismo, y dicha palabra resonó como un eco en mi mente cerca del punto de romper el estado mágico que Liola había generado en mi alma, si no hubiera aparecido en ese momento.

De pronto ella surgió como una visión que duró sólo unos segundos, al verla venir como un fantasma angelical. Estaba vestida toda de blanco; un vestidos de algodón de una sola pieza, ajustado de cintura al busto, que cubría sus hombros y brazos, y con un escote horizontal que les presiona la base de los  senos para resaltarlos más, y por debajo de la cintura, una amplia falda que descendía hasta cubrir sus rodillas dejando al descubierto sus zapatillas de tenis y calcetines cortos del mismo color. Por otra parte, en sus hombros llevaba, como un chal, un suéter abierto.

Si las dudas habían atacado a mi mente mientras estaba esperando, sus besos fueron los que se encargaron de la renovación de la promesa de que íbamos a tener una gran noche.

“Vamos querido… ahora estoy lista!” y tomando mi mano me condujo otra vez por el camino pavimentado de ladrillos rojos e iluminado por faroles amarillos. Pasamos al lado de mi coche y caminando nos dirigimos a un lugar que ella ya sabía y lo había mencionado antes.

Tan pronto como nos alejamos de la vecindad de las casas, Liola se volvió contra mí, y nos besamos en la penumbra, con la misma pasión que habíamos de la última vez, sólo que ahora era la ropa que llevábamos todo lo que se interponía entre nosotros y nuestras intenciones.

Los besos encendieron de nuevo nuestras lujuriosas almas, nuestros labios jugaban a mojarse y acariciarse, mientras compartíamos nuestra respiración. Su cuerpo se puso tan presionado al mío que logró dibujar en mi mente, todas sus partes cóncavas y convexas de ella; sus grietas y mis protuberancias coincidieron, y mientras yo la sostenía con una mano alrededor de su cintura, la otra acariciaba suave y lentamente los contorno de sus glúteos y su ardiente hendidura.

Liola cesó de besar mis labios para encontrar mi cuello, y yo cerré mis dedos de una de sus bien formadas nalgas.

“Ah!!!” Ella suspiró, y yo temí haberla lastimado.

Yo estaba muy inclinado sobre ella, ahora sosteniéndola con ambas manos alrededor de su cintura, fue cuando ella se dejó ir libre. Dejó caer la cabeza hacia atrás y apretó aun más su vientre al mío, y me ofreció su delicado cuello, que besé apasionadamente mientras una sinfonía de gemidos se mezclaban con los de las olas del mar. Fue cuando sentí que sus dedos recorrían mi cabello, me acariciaba y me guiaba a donde ella quería que la besara, hasta que me detuvo con una presión casi imperceptible.
Los dos, jadeábamos con pasión, mirábamos nuestros ojos, y a mí, la luz de la luna me permitió observar su estado de embriaguez, del que yo compartía también; al que llegamos como producto de estar bebiendo a sorbos el lujurioso cóctel de hormonas del amor. Y nos calmamos, cada uno de nosotros con besos suaves, porque sabíamos que la noche era joven y esperábamos por más… Mucho más.

Así, caminamos de regreso por la carretera escénica en busca del lugar que Liola quería llegar, y en el camino se repitieron los besos y caricias, que nos convertían en fieras en celo, una y otra vez, porque ya éramos adictos el uno al otro.

De pronto su alegría iluminó su rostro y exclamó: “Allí está… Ese es el banco de madera que te dije. Allí te imaginé conmigo. No sabes cómo me sentí tan sola esta mañana. Pero ahora estás aquí, conmigo!” Y caminamos hacia el banco. CONTINUA…

LIOLA… PARTE II


6 Responses to “LIOLA… A LAS PUERTAS DEL CIELO, Parte 1”


  1. 26 abril, 2010 en 1:04

    Dear Michaelangelo, un encuentro fortuito preparado por el destino. Ahora leo la segunda parte que presumo será de lo más torrida!
    Un saludo,

    • 2 Michaelangelo Barnez
      27 abril, 2010 en 11:11

      Exactamente dear Anne… La pasión va in crescendo. Buena suerte con la segunda.
      Saludos

      • 3 Patricia Valladolid
        6 septiembre, 2013 en 19:57

        Precioso … Lo amé de principio a fin , espero con ansias la continuación … Besos!

    • 4 DANIEL
      7 septiembre, 2013 en 8:44

      ES UN ENCANTADOR ENCUENTRO CON EL DESTINO QUE POR LA CASUALIDAD FUE EL DESCANSAR
      EN EL LUGAR JUSTO Y ENCONTRAR LA BELLEZA CON ESTAMPA DE MUJER QUE CAUTIVO TODOS LOS SENTIDOS DE EL——– NOS VEMOS AL FINAL

  2. 5 Camaché
    28 abril, 2010 en 6:53

    Y si bien es cierto que no soy poeta, tuve el tino suficiente y dejé que Liola escribiera los detalles de las rimas de los versos que nos llevarían inexorablemente al paroxismo del amor.
    excelente!

    sigo con la segunda parte.
    Nos vemos al final.

    • 6 Michaelangelo Barnez
      28 abril, 2010 en 8:29

      Estimado David… Con una mujer como Liola es muy fácil ser poeta, pero los meritos son de ella y no de uno.
      Saludos


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


“TE VERÉ EN SUEÑOS”

ENCUENTRA LA NOVELA AQUÍ... HAZ CLICK
abril 2010
L M X J V S D
« Mar   May »
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
2627282930  

Blog Stats

  • 52,295 hits

Más Leídos

Goodreads


A %d blogueros les gusta esto: