09
Sep
10

Un Pobre Hombre

George era un tipo… Mmm, digamos… repugnante. ¿Por qué? ¿Acaso era extremadamente sucio o desagradable? No, él tenía otro tipo de detalle que lo hacía repugnante para la mayoría de gente. Era el típico fascista adinerado, quien creía que no existía nadie en el mundo a quien su dignidad no pueda comprar o pisotear. Decía además, mientras bebía cerveza chorreando por las comisuras de sus labios, en medio de sus amigotes, que el honor y la honestidad de cualquiera tenía un precio, sea la de un hombre o una mujer. Comía con los dedos de las manos y se los relamía, no por el placer de comer, sino con descarada arrogancia para demostrar que podía hacer lo que le venía en gana en cualquier lugar por el poder que tenía. Despreciaba a los mendigos y presos en las cárceles, a quienes según él deberían ser eliminados de la sociedad. Y a los pobres los aceptaba a regañadientes, como un mal necesario, ya que en sus dogmas de fe, patrió-religiosa, sostenían que fueron creados por dios para que lo sirvan a él y a sus iguales. Ah, y por supuesto, era un fervoroso devoto religioso, quien sólo en la misa dominical, a la que asistía con toda la familia, mostraba santa pasividad y generosidad en su limosna.

Por supuesto que nadie nace así, sino se hace bajo la vigilante e impositiva tutela del padre, aplaudida por el entorno amical y, lamentablemente, secundada por una sumisa madre; quien aplastada por la bestia que la violó, preñó y llevó al altar, aceptó el ultraje, para beneplácito de la intachable alcurnia social del padre; este era el mejor ejemplo para el “niño” George del papel que debía tener toda mujer en el matrimonio y la sociedad.

Su padre estaba orgullosísimo de tener un hijo como George, porque creía que él no sólo conduciría sus empresas sino además los destinos de la nación. Para eso lo educó en los más sublimes, pero fanáticos y trastornados, dogmas de Patria, Familia y libertad, y en la absoluta convicción de que la fuerza de la severa ley era para todos por igual, pero como toda regla tiene su exclusión, menos para él y sus amigos.

Su madre estaba preocupada por el futuro de George pero poco podía hacer, en cambio su padre sí, “El ejercito le hará bien”, creía con toda convicción; y antes de llegar a la universidad fue obligado a estudiar en una escuela militar ¿Para formar su carácter? No. Sino para moldear su conducta cívico-militar, además de sus grotescas maneras. Y a pesar de que no lo logró, lo premiaron con todos los honores como el más destacado que alguna vez tuvieron.

Una vez en la universidad amplió su círculo de amistades con sólo los “niños” de su clase social. Un sector de ellos lo convirtió en el líder indiscutible para la defensa de los principios ortodoxos de la moral y la familia. Aunque otros se alejaron de él porque lo veían como un matón fascista no acorde con los tiempos de renovación liberal. No obstante, estos no tenían reparos para aliarse con él y su grupo de matones cuando había que enfrentar a la gran mayoría de estudiantes progresistas, humildes o provenientes de familias ricas, que según el “niño George” eran simplemente: Agentes o mercenarios Comunistas infiltrados en la universidad. ¿Participaba en debates políticos de estudiantes? Sí. Los que siempre terminaban cuando la banda, “Orden, disciplina y Estudios”, irrumpía a golpes para rescatarlo del apaleamiento de ideas que siempre sufría. Nunca pudo tener la satisfacción de “ganar” en las polémicas universitarias, de misma manera como nunca entendió porqué sus mentores, Franco, Pinochet y el Opus Dei, era tan repudiado por la mayoría; entonces culpaba su propia limitación mental a la incomprensión de los otros.

Estudió leyes y descubrió que no había que cambiar la Constitución ni las normas vigentes de su país para construir el tan deseado Estado disciplinado que su padre le enseñó. Bastaba con hacerla cumplir, a sangre y fuego, para que la paz social con desarrollo llegara.

¿Acaso George era feo? No, él era el prototipo del apuesto varón. Cualquier mujer, por más rigurosa que fuera su ideal de hombre, se enamoraría de él… con la condición de que no hablara ni lo conociera en la intimidad… Si no… era un desastre.

Hasta que llegó una candidata que no tuvo reparos en acostarse con él sin cobrarle, aparentemente, y la boda-pacto-familiar de la más rancia alcurnia de la sociedad se realizó; boda bendita por su mejor amigo y consejero: el Arzobispo de la ciudad.

“¿Derechos de la mujer?”, se preguntaba con voz de payaso en reuniones intimas. “Mi Pinga!!!”, respondía con soberbia para el deleite de sus amigotes.

“¿Y los Derechos Humanos?” le preguntó una vez la prensa, cuando intervino por primera vez en política.

“Son puras cojudeces!!!” respondió aullando y haciendo gestos del hombre lobo.

“¿Y qué opina del aborto?” le preguntó una reportera.

“Es un crimen. Madre que mata un hijo, debe morir!!!” le respondió mirándola amenazadoramente.

“¿Así fuese producto de una violación?” le repreguntó sin intimidarse.

“Para eso está el matrimonio… hija!!!” dijo mordiendo la última palabra.

A lo que un reportero le preguntó: “Y qué opina de la Pena de Muerte”.

Y George, muy serio, respondió como diciendo un axioma “Es la solución para librarnos de tantos indeseables en esta nación, además es económico… Muerto el perro muerta la rabia ¿No?”

“¿Liberta de prensa?” se preguntó George mentalmente al día siguiente después de que su partido: “Dios, Patria y Libertad” le prohibiera dar conferencias de prensa. “Mi culo!!!” se respondió despectivamente.

Su esposa le dio dos hijos. Según él, el varoncito, Georgito júnior, fue una bendición, y la mujercita, María, una desgracia. Hasta allí aguantó su mujer el desprecio, los engaños y las palizas. El divorcio fue un escándalo judicial, en donde su ahora ex-esposa sólo pudo lograr obtener una magra compensación por los gasto de los alimentos de su pequeña hija, María, con quien se fue de casa. Sin embargo, la pequeña María tuvo que regresar cada mes por el óbolo hasta que…

“Papá, Hoy cumplo 21 años”, le dijo su hija María, alegre y respetuosa como siempre, cuando fue a recoger su ultimo cheque de la pensión por alimentos.

“Hija, quiero que le entregues este cheque a tu madre y que le digas… -Y parándose le grito en la cara-… Que este es el último maldito puto cheque que va recibir de mí en lo que resta de su maldita vida!… –y luego calmado como si no hubiese sucedido nada añadió- …Ah, y quiero que regreses mañana y me cuentes la cara que pone”.

María, aunque ofendida por las palabras de su padre no dijo nada y fue a entregar el cheque, con el consuelo de que sólo lo vería una vez más.

George se regocijaba imaginando el efecto de sus palabras en su mujer y esperó ansioso la respuesta.

Al día siguiente cuando María regresó donde George entró sonriente, feliz.

“¿Y qué te dijo tu madre?” le preguntó George directamente, sin saludar.

Y María con inmensa alegría le contestó:

“¡Me dijo que justamente estaba esperando este día para decirte que no eres mi papá!”.

Y María cantando se fue.

A George le dolió en el alma la burla de madre e hija; entonces recordó que hacía aproximadamente 21 años sucedió que…

George siempre molestaba a su mujer con bromas machistas sin ningún reparo de quien las pueda oír. Un día fue al aeropuerto a despedir a su esposa que viajaba a París. A la salida del chequeo de pasaportes y boleto de vuelo, frente a todo el mundo, George le deseó buen viaje y en tono burlón le gritó: “Amor, no te olvides de traerme una hermosa francesita Ja ja ja”. Ella bajó la cabeza por la humillación pública y se embarcó muy molesta. Su mujer pasó quince días en Francia, y al regreso George otra vez fue al aeropuerto, ahora a recibirla. Al verla llegar, lo primero que le gritó a toda voz fue: “Y amor ¿me trajiste mi francesita?”

“Hice todo lo posible mi amor… -le contestó ella mostrando alegría, y luego murmuró-… ahora sólo tenemos que rezar para que nazca niña”… Y así nació María.

George, como abogado, tuvo que ver el último problema de violación-asesinato en que su padre se vio comprometido. Y tuvo que oír la declaración de una pobre mujer campesina, que trabajaba en su hacienda, explicando lo que sucedió:

“¿Julia, por qué mataste al Papá George?”, le preguntó el juez.

“Is como qui lo maté y no lo maté, tábanos jugando” dijo Julia en llantos.

“A ver Julia, tienes que explícame eso”, le exigió el juez e hizo una señal al secretario para que tome nota de la declaración.

“Is qui istaba lavando los calzonis di mi maredo y is qui llega il viejo yurch, agarra la cubeta dil agua y mi la avienta y mi dece: ‘Cómo qui ti llovizna’. Intoncis qui mi enojo y agarro ditirjente y se lo aviento en la cara y li dego: ‘como qui ti neva!’. Intoncis il agarra un puñu di piedras y mi dice: ‘como qui ti graniza!’. Y intoncis qui mi inojo más y agarru piedras y li dego: ‘como qui ti graniza tambén!’. Dispues il mi agarrú mi calzún y mi la bajú y qui me dece: ‘como qui ti la meto!’. Y me atacú, intoncis yo ben molista agarru cochello i li dego: ¡¡¡ZASSSSSS!!!… COMO QUI TI LA METO TAMBEN MALDETO CABRUN!!!!”

Y todo lo que pudo logar George hijo, como abogado, fue que le den cadena perpetua a la pobre la campesina, y enterrar a su padre.

George después del divorcio volvió a casarse, es un decir, esta vez con una mujer muy joven y bella, casi adolescente, y muy pobre, y trajo a vivir con ellos a la madre y hermana de su esposa. Luego de unos años de máxima felicidad para George se sintió muy mal…

George, en su lecho de muerte, llamó a su mujer. Con voz ronca y ya débil, le dijo:

“Muy bien, llegó mi hora, pero antes quiero hacerte una confesión”.

“No, no, tranquilo, tú no debes hacer ningún esfuerzo” Le dijo su joven esposa.

“Pero mujer, es preciso… -insistió George-… Es preciso que muera en paz. Te quiero confesar algo.”

“Está bien, está bien. ¡Habla!”

“He tenido relaciones con tu hermana, tu mamá y tu mejor amiga.” Confesó George pronto a morir.

“Lo sé, lo sé… ¡¡¡Por eso te envenené, MALDITO!!!.”

Y así acabó George. Pobre hombre, aparte de su madre nadie lo amó. Gran mujer.

Después crecieron mujeres más libres que criaron mejores hijos, y así mejores hombres.


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