13
Oct
10

El Camori… 2

El Camory

“Blue, blue, blue suede shoes…!!!”

Aullaba la Rocola la canción de Elvis Presley mientras comíamos sendas Leches Asadas mi hermanita y yo. Ese atardecer mi hermana menor, Rosita, le había llorado hasta el cansancio a mi madre por aquel dulce, a sabiendas que no se lo iba a preparar porque la del Camory era la mejor opción. Claro que si, la cargosa de Rosita de sólo 9 años de edad, me pedía que la llevara yo no iba acceder. Ni loco que estuviera para ir a roquear seguido de alguien a quien tendría que cuidar. Pero, no se dejen engañar por su edad, Rosita era una niña muy sagaz. Ella había escuchado mis comentarios, en silencio y como tercera interlocutora, acerca del Camory y estaba fascinada con lo que había escuchado. Ella ya había ido anteriormente con mis padres, o alguien más de la casa, a la Pastelería El Camory, pero había visto que el lugar no coincidía con el de mis aventuras, y se las ingenió para que yo la llevara.

Eran las 5 de la tarde y yo me acicalaba para salir. Mocasines negros, medias blancas, Blue jeans con las bastas dobladas. Solapa levantada de una camisa blanca de mangas cortas y arremangadas y el infaltable peinado a lo James Dean, todo esto completaban mi vanidosa apariencia de niño-adolescente, sí, estaba listo para salir, y Rosita lo sabía, por eso, bien cambiadita de ropas ella también, lloraba por el apreciado dulce.

“¡Bebe, lleva a Rosita a comer una Leche Asada!” me ordenó mi madre cuando ya me dirigía a la puerta dispuesto a salir.

“Pero mamá…” reclamé en vano girando sobre mis talones para decirle que justamente, en ese preciso momento, no podía, pero al ver el billete que me alcanzaba diciéndome: “El vuelto es una propina extra, ¿está bien?”

“Sí, mamá. ¡Está bien!” respondí mientras veía que mi problema económico para la fiesta del fin de semana en la Villa de San Roque, en los suburbios de Lima, se había resuelto. Y agregué: “Vamos Rosita”. Mi hermanita no espero oír la invitación dos veces, y enjugándose las lágrimas de cocodrilo me sonrió, de oreja a oreja, mostrándome sus torcidos dientes de niña flaca, con trencitas y listones.

En el camino a la pastelería no fui muy amable con ella, miré mi reloj, eran la 5:30, entonces aceleré el paso y Rosita tuvo que casi correr para estar a la par conmigo. No le hablé por estar ocupado en mis pensamientos, “Felizmente mis amigos llegan a las 6 p.m., a esa hora ya habré regresado de dejar a ésta cargosa”.

Cuando entramos al Camory la apariencia era la de una pastelería común y corriente, exactamente como Rosita la conocía. Claro que la acción juvenil empezaba a las 6 p.m. y la Rocola estaba aun en absoluto silencio. Nos sentamos lejos de la puerta para evitar que nos vean y empezamos a comer. La porción individual del dulce no era muy grande, un pírex equivalente a una taza de café, que entre mis amigos demorábamos como 10 ó 15 minutos en acabarla debido a la conversación y a que el dulce no era el motivo de nuestra reunión. Pero ahora, con mi hermanita, me bastó un minuto “para darle curso al expediente”, en cambio Rosita se demoraba una eternidad a sabiendas que en ese bendito lugar “había algo más” que aun no empezaba, algo que ella estaba dispuesta a descubrirlo esa tarde, conciente de que por un buen tiempo no tendría una nueva oportunidad.

“Blue, blue, blue suede shoes…!!!” Carraspeó la Rocola su primer rock, eran casi las 6 p.m. y la avalancha de adolescentes al Camory iba a empezar.

“Oye Mike, te invito una Leche Asada más ¿ya?” Me ofreció el pedacito de persona que tenía sentada delante de mí, y su atrevimiento me hizo gracia. Ella era la única persona en casa que no me llamaba: “Bebe”, le encantaba decirme: “Mike”.

“No… Acaba la que tienes y vaaamonos!!!” le contesté con impaciencia. Y en ese preciso instante vi como mi enamorada Melyssa, Federico, Cooky y sus enamoradas aparecían en la puerta.

“¡¡¡Puta Madre!!!, demasiado tarde” Maldije mentalmente, tal como aprendí en el colegio acerca de las hipócritas normas de una conducta aceptable en público. Y claro, allí estaba mi hermanita y no debería maldecir.

“¡¡¡Bebe!!!” exclamaron mis amigos al verme desde lejos y se acercaron a la mesa. De pronto mi personalidad cambió, dejé de ser el odioso “Bebe, de casa”, y me transformé en el “Bebe del barrio”: sonriente, amable… suave. Claro que sólo Rosita pudo darse cuenta de esto, porque ni siquiera yo era conciente de tal transformación.

Nos saludamos con un choque de manos y un abrazo, como si no nos hubiéramos visto en años, y con Melyssa, mi enamorada, nos dimos un beso típico de adolescentes, de esos que duraban una fracción de segundo, es decir lo necesario para tocar nuestros labios y ya.

Debo confesar que desde ese momento Rosita desapareció de mi atención. Era increíble, pero no habían transcurrido más de 24 horas que nos habíamos visto con mis amigos y sin embargo teníamos tantas cosas que contarnos. Hablábamos de las radios que propalaban música rock, como 1160 y Victoria, de discjockey como Enrique Llamosas y de los programas en vivo de Sergio Vergara en La Cabaña, de películas como “El Salvaje” con Marlon Brando y de cómo empezaba la música de “Semilla de Maldad” o “Blackboard jungla” con Vic Morrow, Sydney Portier y Glenn Ford, de la revista chilena “Ecran” y de las Estrellas del Rock and Roll.

Entonces, desde la Rocola, se escuchó los sonidos de un Contrabajo y nuestros cuerpos se empezaron a mover instantáneamente y nos paramos a bailar.

“One, two, three o’clock, four o’clock rock,

Five, six, seven o’clock, eight o’clock rock,

Nine, ten o’clock, eleven o’clock rock,

Twelve o’clock, we’re gonna rock around the clock tonight…”

Sonaba igualito como en la película “Semilla de maldad”. Y nosotros ya estábamos en el centro de la pista de baile, formando dos filas, chicos y chicas, frente a frente, moviendo nuestros cuerpos al compás del contrabajo, la melodía y la letra, todos nosotros con los mismos movimientos, sin equivocarnos, con una alegría inusitada. Avanzábamos unos pasos y las chicas retrocedían, mientras movíamos nuestros hombros y cabezas en sentido contrario. Definitivamente nadie podía fallar, y hacerlo… era fatal, era una auto-descalificación inmediata del grupo.

La Rocola no descansó ni nosotros tampoco por casi una hora. Cómo hacerlo si después de Bill Haley y sus Cometas siguió Elvis con “All Shoock Up”, Chuck Berry con “Johnny B. Good”, los Teen Tops con “La Plaga” y “Popotitos, y otros que no podíamos dejar de bailar. Cuando regresamos a nuestra mesa redescubrí que mi hermanita estaba allí, sonriendo, con sus trencitas y un rostro de niña feliz que jamás olvidaré.

“¡¡¡Rosita tenemos que irnos!!!” Le dije conciente de mi irresponsabilidad de habernos demorado más de la cuenta.

De camino a casa ella no cesó de bombardearme de preguntas.

“¿Mike, porqué te ríes así?”.

“¿Cómo…?”

“No sé… pero nunca te había visto sonreír así… Te queda muy bien…-me dijo, china de la risa, y agregó incansable, con su voz de niñita-… ¿Y porque hablas así?”

“¿Cóooooomo…?” le pregunte divertido por su impertinencia.

“Así… no sé… como… ¿Alain Delon?”

“Ja, ja, ja…” reí para cubrir el hecho de haber sido descubierto mi tan obvia e ilusoria impostación del francés por tan observadora niña.

“Te queda bien, muy bien Mike”, agregó Rosita abriendo una nueva época en nuestra relación de hermanos. Reconozco que hasta ese día yo no había sido un buen hermano para ella, la menospreciaba por ser niña y pequeña, con la clásica autosuficiencia del machismo arrogante, pero que a pesar de su corta edad me enseñó que era muy inteligente y observadora, y que sabía desenvolverse, inclusive en silencio, con mis amigos mayores. Claro está que había un abismo generacional y que no podía llevarla a donde quiera que fuera a divertirme, pero ella se contentaba con que, en las noches, le contara todas mis aventuras, lógicamente exageradas por mi egocentrismo adolescente. Así, desde ese día, fui conciente de que para ella yo era como una especie de héroe o ídolo, sentimiento de admiración que percibo hasta el día de hoy, después de haber recorrido tantas experiencias en nuestras vidas, con logros y fracasos, de que ella siempre espera lo más grande de mí… de su hermano mayor.

Una semana antes de terminar el mes de enero, mi relación de enamorados con Melyssa había terminado de manera amistosa. Yo ya había dejado de ser el “chico nuevo del barrio”, pero el haber sido el enamorado de la chica más popular y linda del grupo de amigos me situaba en una muy buena posición. No habíamos terminado por alguien más, sino porque el “amor de adolescentes era… -como el refrán decía-… flor de un día”, aunque nosotros duramos casi tres semanas. Por supuesto que el estar “libre” me ponía en una situación sin barreras, aunque en realidad, situación de la que los hombres no somos muy concientes, es de que quedaba expuesto para el ataque de cualquier hembra depredadora, sólo tenía que caer en las sutiles señas-trampas que enviaban y ya.

Una de las tantas tardes en el Camory, después de bailar hasta el cansancio, siguió la lentísima melodía de “I’m Sorry” de Brenda Lee, y para nosotros eso significaba descansar, porque nuestras testosteronas, y los andrógenos de la chicas, aun no nos pedía juntarnos para sentir nuestros cuerpos, pero los mayores sí. Al Camory podía entrar quien quiera que gustara hacerlo, pero a esas horas, de 6 p.m. a 9 p.m.  se llenaba de chicos y chicas de 14 a 18 años. Y eran los mayorcitos los que preferían bailar los románticos Rocks Lentos con sus enamoradas, dejándonos luego la pista libre para nuestros saltos y piruetas rocanroleras. Esos eran también los momentos que aprovechábamos para conversar y consumir los deliciosos dulces que preparaban allí, como la “Mazamorra Morada” y el “Arroz con Leche” o sino la “Chicha Morada” con un “Mil Hojas”, una “Empanada” o un “Pie de manzana o limón”.

Justo en un momento de relativa quietud como esos, logré escuchar que alguien decía a mis espaldas “En la noche del Día de los Enamorados asaltaremos el Tip Top”.

En el Camory habían mesas y sillas individuales, y a lo largo de las paredes estaban la otra clase de asientos y mesas, las que constaba de dos partes independientes, de una mesa y dos fila de asientos con espaldar compartidos, a ambos lados opuestos. De tal manera que cuando el local estaba lleno siempre había personas sentadas a mis espadas, en la fila de asientos de la otra mesa.

Yo miré por encima de mi hombro, curioso por saber quien hablaba de un robo, y vi a uno de los mellizos gitanos, el otro estaba a su lado, y frente a ellos estaban otros dos jóvenes que no eran del barrio. Uno de ellos me miró muy seriamente cuando descubrió mi curiosidad, y yo inmediatamente volteé a seguir conversando con mis amigos, olvidándome del tema.

“Para el Día de los Enamorados habrá un concurso de baile de Rock and Roll en la pista de patinaje… -anunció Melyssa, y añadió-… y Carlos me inscribió como su pareja”. En realidad su anuncio de participar en el concurso llevaba también el sobre entendido mensaje de que ya no éramos enamorados, y de que Carlos pronto sería del grupo. Las muchachas que se habían unido a nuestra mesa me miraron y me sentí incomodo. Habían pasado sólo unos días en que habíamos roto mi chica y yo, y ahora ella anunciaba a su ‘nuevo chico’ mientras yo lo había mantenido en reserva, eso me hizo sentir como que me habían dejado de lado por otro, lo que hería profundamente mi ego de adolescente vanidoso. Claro que nadie sabía que nuestra relación “de gustarnos” se había enfriado hasta el punto de congelación desde el día que visité la casa de Melyssa. A ella le desagradó mucho que yo entrara en su mundo gitano, y a mí, la repulsión que ella sentía por su propia identidad de gitana al límite de negar a sus padres.

“Allí Viena la Plaga…” aulló la Rocola y todos saltaron de sus asientos a baila, excepto yo. Para mí la canción había perdido su brillo inicial y preferí quedarme allí sentado, sólo. Comencé a preguntarme si estaba dolido por la ruptura con Melyssa o por el hecho de que ella había encontrado a otro y yo aun no. Si alguien desde lejos me miraba allí, sentado, solitario en la mesa, perdido en mis pensamientos mientras mis amigos bailaban, diría que era una escena patética.

Pero la verdad era otra. En un principio no quise bailar y preferí quedarme sentado. Pero fue en ese instante en que la conversación del grupo de la mesa a mi espalda volvió a llamar mi atención.

“Ya tenemos listo las pistolas y el auto” decía la misma voz que había escuchado anteriormente anunciar el asalto al “Tip Top”. Entonces mi curiosidad creció e hizo que prestara más atención.

“Aquí el concurso de Rock termina a la media noche… -le escuchaba decir al mellizo que fungía de jefe del grupo-… y en menos de media hora llegaremos mi hermano y yo a Lince, en donde uds. nos esperan en el auto que usaremos en el atraco.”

Esta vez no me atreví a voltear y curiosear, como lo había hecho hacía unos instantes, y me quedé quieto, sentado en la mesa, sólo, dando un triste espectáculo para quienes creían equivocadamente que estaba deprimido por el anuncio de Melyssa.

Cuando mis amigos regresaron a la mesa, Melyssa trajo a Carlos y lo presentó a todos. Fue cuando sentí una suave caricia en mi muslo de la chica de a lado, Alicia, por debajo de la mesa. Alicia era una linda morena que había tratado de acercarse a mí a través de innumerables invitaciones a mi hermana Rosita a saborear los pasteles del Camory durante el día. Yo volteé mi rostro y al mirarla le hice un guiño con los ojos para complacerla, pero en realidad lo hice para calmarla. Yo no estaba dispuesto a recibir conmiseraciones de nadie.

Claro que éramos imberbes, egocéntricos, vanidosos y superficiales, pero ya empezaban a aflorar los albores de nuestra madures de principios. Melyssa y yo habíamos sido enamorados exclusivos mientras fuimos el uno para el otro, pero hoy las cosas habían cambiado y yo no me sentía ni herido y menos aun engañado, así que, si no había aceptado las insinuaciones de Alicia antes, ahora tampoco aceptaría que me consolara. Muy posiblemente hubiera reaccionado diferente en unos años más, cuando la malicia y el placer de poseer íntimamente a cuanta mujer bonita se cruzara en nuestro camino y se nos insinuara fuera parte de mi personalidad, quien sabe, sólo el tiempo lo diría, pero hoy, la dulce inocencia de mi pubertad dominaba el presente.

De pronto sentí el repique de una serie de sonidos graves “Bom, bom, bom…” no, no era mi corazón sino el inicio de otra canción que la Rocola dejaba escapar: “Mi amor entero es de mi novia Popotitos…” gritaba Enrique Guzmán con los Teen Tops, y Alicia tomó mi mano para bailar antes que nadie se le adelantara, porque la noticia de mi soledad ya había corrido todos los rincones y ahora era carne para la jauría de chicas del Camory.

Bailé como siempre, con mucho compás y alegría, la música me gustaba y Alicia bailaba muy bien, y en los muchos giros de piernas, cintura, hombros y cabeza pude ver los ojos de las chicas a mi alrededor listas a depredarme si se les presentara la oportunidad. Fue en ese momento en que sin proponérmelo miré con dirección a la mesa en donde estaban los mellizos y su… ¿banda? y vi que se levantaban para marcharse. Y mi distracción hizo que al finalizar el baile tropezara con Alicia, dándole a ella una malinterpretada señal. Alicia tomó mi mano dispuesta a no dejarme y me susurró “Llévame afuera, quiero un poco de aire”.  Tampoco soy un patán, ni descortés, y descubro que desde entonces era muy amable y condescendiente con las… ¿Mujeres? Sí, chicas entonces, y hoy mujeres, amigas o casuales.

Al llegar a la puerta Alicia ya estaba enviando las consabidas señales de que yo le pertenecía, tal como lo hizo Melyssa con su primer beso en medio del salón de baile hacía sólo tres semanas. Pero esta noche ella se había atrevido más allá del límite que le permitía su candidez de niña enamorada, ¿más? No lo haría, así que se recostó en el umbral de la salida, levantó su rostro y espero que la besara. El no hacerlo hubiera sido una inmensa humillación para ella ya que estaba iluminada con todas las luces del Camory y como fondo quedaba la penumbra de la noche, y muchos ojos, sino todos, estaban observándonos. Yo me acerqué a ella. Ella cerró sus ojos y entreabrió sus labios ofreciéndomelos. Y besé, sólo como un rose, su cuello y sentí en mis labios el temblor causado en su virginal ser. Subí mis labios y le susurré al oído “Sólo amigos Alicia… Sólo amigos”, y me separé. Alicia era conciente de la situación, su inteligencia de mujer le aclaró instantáneamente mi proceder, pero no estaba dispuesta a quedarse allí parada ni regresar a la mesa. Y cuando casi me alejaba de su rostro, me atrajo hacia ella y nos besamos en los labios. Increíblemente, en ese momento, fue un beso incomparable, tal vez por lo inesperado o quizás por mi estado de lucidez y la manera que lo hizo, no sé, pero borró de mi mente los que me había dado con Melyssa. Esta vez había sentido en mis labios los sentimientos de una niña-adolescente apasionadamente enamorada.

No sé que más pudo haber sucedido entre Alicia y yo esa noche de no haber sido interrumpidos por un alboroto desde la calle, justo en la puerta del Camory. Alboroto que cambió el curso de todo.

Afuera estaban los mellizos forcejeando con dos tipos que habían llegado en un Cadillac convertible. Los recién llegados eran exactamente como ellos, que desde mis escuálidos 14 años los veía como jóvenes mayores, altos y fornidos, con la típica facha de los rocanrroleros de nuestros tiempos, de polo blanco, chaqueta de cuero negro y blue jeans. Nunca ante había visto a los mellizos-gitanos en esa faceta de una pelea callejera, sino sólo había escuchado que eran unos salvajes cuando lo hacían. Sus brazos estaban tensos agarrando los de sus rivales invasores, forcejeando y hablándose cara a cara, diciéndose groserías, sin hacer ningún otro movimiento más agresivo que desencadenara la andanada de golpes de una franca pelea. Las cosas sucedieron muy rápidamente. Los otros dos amigos de los mellizos fueron a sus motocicletas, unas hermosas y relucientes Harley Davinson, y desde sus bolsos de cuero, uno sacó una navaja y el otro una cadena. Y desde el asiento de atrás del Cadillac aparecieron dos chicas, que inmediatamente reconocí de la fiesta que habíamos estado la semana pasada en el barrio del Parque del Olivar.

“Mike, son mis primos, que no peleen por favor!!!” Exclamó una de ellas, Martha, a quien le había contado acerca de las asombrosas sesiones de rock en el Camory.

Yo, ¿meterme en medio de esos salvajes con chavetas y cadenas?, de ninguna manera, y sólo atiné a voltear mi rostro y llamar a la única persona que podía detener a los energúmenos de los mellizos y su pandilla, “Melyssa…!!! -grité, y haciendo un ademán con el brazo la llamé-… detén a los mellizos, le van a pegar a nuestros amigos!!!”.

Cuando Melyssa llegó a la salida del Camory los jodidos mellizos y los primos de Martha estaban brazados destornillándose de la risa. Todo había sido una jodida farsa de los mellizos como venganza por la manera de cómo que los del barrio de Miraflores los habían recibido la semana pasada. Claro que aquella noche Melyssa y yo habíamos estado dentro de la fiesta más preocupados en bailar y hacer nuevos amigos, y no nos habíamos enterado de lo que había sucedido afuera.

Todos volvimos a entrar, los mellizos y los primos por delante, riendo por la broma de quienes se consideraban los dueños del barrio y por lo tanto con el deber de protegerlo de la invasión de extraños. Todo esto eran cosas que iba descubriendo poco a poco y me dio los indicios de la existencia de un sub-mundo, que la experiencia de la vida me enseñó que existía en todo lugar, barrios o países, y en el que si uno se involucraba terminaba siendo parte de él. Mi interés de divertirme y mi ignorancia de ciertos códigos de conducta, de bandas, barrios, etnias o padres de familia, hacían que me acercara a todos, en donde sea que estuviera, con una actitud abierta, franca y amigable, atrevida para algunos… pero era bien recibido.

Habíamos juntado varias mesas para poder estar todos juntos, y debido a nuestra inocente participación en la farsa de gresca, Melyssa me tenía del brazo, algo de lo que recién me percaté cuando de manera casual me encontré con los sufridos ojos de Carlos, su ahora enamorado, quien nos miraba desconcertado, sin saber que hacer debido al fuerte temperamento de Melyssa.

Con un suave ademán me libré del brazo de ella sólo para caer en los de Martha, quien sin ningún reparo le pidió el asiento a Melyssa. Martha, ya a mi lado, me confesó que ella tampoco sabía nada acerca de la farsa y que todo había sido montado espontáneamente en el preciso momento en que sus primos y los mellizos se habían encontrado. Me dijo también que se había asustado mucho y de que estaba muy contenta de que yo (¿?) haya solucionado todo. Martha comenzó a bajar la voz para hacer más intima nuestra conversación, me dijo cosas, como que no tenía enamorado, que le agradaba mucho el lugar y algo más, pero que no llegué a oírla completamente debido a la bulla que imperaba. Entonces la Rocola interrumpió aquel momento que empezaba a tornar muy romántico, y desde sus entrañas empezó a salir un persistente zumbido cómo el de una mosca que llenó el salón del Camory y luego explotó en una mezcla de sonidos de pianos, órganos y baterías hasta que la voz de Chubby Checker gritó llamándonos: “Come on, come on, let´s do the fly with me!!!”. “Vamos, vamos, bailemos la mosca conmigo!!!”

Martha y yo salimos a bailar aquel ritmo que no era el clásico rock and roll sino una variante de este, baile que ya lo habíamos hecho en la fiesta pasada, pero para el Camory era algo nuevo, un debut recién llegado desde gringolandia… era el Twist.

“Hey, come on everybody… vamos todos…-seguía llamando Chubby Checker a bailar-… let´s do the fly with me… bailemos la mosca conmigo… And if you don’t know how to do it… Y si no sabes como hacerlo… Just watch and see… Sólo observa y mira…”.

Fuimos los único en el centro del salón, y dimos una lección de cómo se bailaba el Twist. En realidad, el baile era muy elemental y mucho más sencillo que el Rock clásico, sólo tenías que mover las caderas y los hombros en giros opuestos agregando algunos movimientos de pies, como quien apaga o aplasta una colilla de cigarro contra el piso. Y para facilitar la cosa, hacíamos lo que Chubby nos decía cantando “Tienes que sacudir tus manos dando vueltas y vueltas en lo alto del cielo… y luego volar muy bajo alrededor del suelo… y claro que puedes hacerlo si realmente lo tratas!!!”. Dudo que yo lo haya hecho perfectamente, pero Martha sí, ella bailó muy bien, lo que hizo que como pareja se viera espectacular en un lugar en donde se bailaba el Twist por primera vez.

Cuando regresamos a la mesa los ojos de Melyssa relampagueaban de celos, no de amor sino de no haber sido ella la atracción. “Cuando pongan The Twist bailamos todo, es muy fácil” dijo Martha con una sonrisa y de una manera tal que cautivo a todos. ¿Era Martha muy bonita? Sí, bellísima, en realidad… ¿Que niña-mujer no es hermosa? Martha, de cabello castaño, ojos negros, nariz pequeña y labios finos era una preciosura, pero era su personalidad desenvuelta y muy segura de si misma lo que más me atraía de ella. Pero ¿es que acaso existen hombres y mujeres feos? No, porque a esa edad primaba la inocencia de nuestros espíritus, más tarde la fealdad aparecería con la malicia, los vicios y los defectos de nuestras almas que luego aflorarían físicamente en gestos y maneras, marcando nuestra personalidad con aquel detestable sello. Podría afirmar que Melyssa era más bonita que Martha… en una foto, porque en persona Martha la arrollaba. ¿Y Alicia? No sé, ella no estaba allí, ni físicamente, ni en mi pensamiento.

“Son las 9:00 de la noche, se me ha hecho tarde, debo irme” dije, a sabiendas que ya debería estar en casa, y mirando a Martha me dispuse a despedirme. Los ojos de ella y los míos languidecieron porque no habíamos tenido la oportunidad de besarnos.

“Mañana vendremos aquí y luego nos vamos al Tip Top, en Lince, ¿Ok?” me dijo Martha con ansias en sus ojos.

“Sí, nos vemos mañana aquí a las 6:00” respondí a la vez que besábamos nuestras mejillas como despedida. Aunque en mi mente decía: “¿Al Tip top?”

En camino a casa pensé en Martha, me gustaba mucho, la había conocido en la fiesta anterior, habíamos bailado y conversado, y yo le había contado acerca del Camory, y nada más, por eso ella sólo había sido una posibilidad. Posibilidad que se iba concretando con su visita, ya que sentí cómo alegró mi espíritu apenas la vi aparecer, de la nada desde el Cadillac, a pesar del incidente. Aunque su invitación para ir al día siguiente al Tip Top había traído a mi mente lo que los mellizos y su banda estaban tramando.

En casa, en cama y antes que quedarme dormido, no pude evitar en pensar en Martha y Melyssa e instintivamente compararlas, sí, ellas eran muy diferentes. Los ojos de ambas aparecieron en la bruma de mi ensueño. Los oscuros de Martha eran alegres y firmes, en cambio los azules de Melyssa se enturbiaban, perdiendo brillo, parpadeando nerviosamente su inseguridad.

Mi llegada al Tip Top me impresionó de sobremanera, quedaba en un bonito barrio de Lince a la altura del block 24 de la Av. Arenales, su gran cartel luminoso, el diseño del centro de atención, las mesa al aire libre y rodeados de jardines, con una amplia zona de parqueo y atención en los vehículos me hizo sentir que estaba en los mismísimos lugares que las películas de rock and roll del país de norte me habían mostrado. El estilo del ambiente y la atención era muy diferente de lo que había conocido hasta ese momento en el barrio popular que crecí. Allí saboreé por primera vez las delicias de una Hamburger, French fried y Coca Cola, o los helados especiales de la casa con lluvia de coco rayado o almendras… Sólo que no había una Rocola, y la única música que podíamos disfrutar era la que provenía desde la radio de nuestro propio auto. ¿Acaso era mejor que El Camory? Mmm… No, sólo diferente.

A partir de esa noche el Camory dejó de ser el centro de mi atención y actividad. El ser el enamorado de una chica que vivía en otro barrio hacía que compartiera mi tiempo en los dos lugares. Unas veces iba a su casa usando los ómnibus y los Tranvías, que iban por donde hoy corre la Via Expresa; y en otras, la mayoría de veces, ella venía con sus primos y amigas a recogerme para irnos a pasear a otros lugares o a fiestas, muy cómodamente sentados en el Cadillac convertible. Así, de pronto, comencé a tener amigos en Miraflores, San Isidro, Barranco y Pueblo Libre, en donde además encontré a los amigos de mi escuela privada. De niño había conocido únicamente La Victoria y Barrios Altos, además del Centro de Lima, y hoy, a mis 14’s me paseaba desde la Playa de La Herradura hasta el balneario de Ancón. Claro que ir a las playas del Sur como Punta Negra, San Bartolo, Punta Hermosa o Pucusana era todo un viaje interprovincial.

“Mamá, me voy a Pucusana… -le decía a mi madre-… y me quedaré a dormir en casa de un amigo”, y mi madre condescendía sabiendo que era muy difícil mantenerme en casa con normas muy rígidas para un adolescente.

“Pero llamas por teléfono cuando llegues…” me recomendaba.

De esa manera yo desaparecía de casa los fines de semana sin mucha preocupación por mis padres y hermanos, no por gusto estaba ya habituado a estar alejado de ellos durante el año escolar. Tan pronto salía de mi hogar con Martha y sus amigos yo me olvidaba de todos, del barrio, de mis amigos y de mis familiares.

En realidad, no tenía un especial apego por un determinado lugar ni su entorno, y 16 años más tarde, debido al extremo deterioro político y económico del Perú, llevando cuestas una profesión, mujer e hijos, el inmigrara a otro país con todos ellos con las intenciones de no regresar por un buen tiempo no se me hizo un gran problema. Claro que pensé que iba a extrañar el barrio donde vivía, a mis amigos y familiares, pero apenas me acomodé en el avión con rumbo a California todos quedaron atrás, arrinconados en un lugar de mi mente llamado: “nostalgia”.


0 Responses to “El Camori… 2”



  1. Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


“TE VERÉ EN SUEÑOS”

ENCUENTRA LA NOVELA AQUÍ... HAZ CLICK
octubre 2010
L M X J V S D
« Sep   Nov »
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031

Blog Stats

  • 52,033 hits

Más Leídos

Goodreads


A %d blogueros les gusta esto: