22
May
11

De pescados y mariscos

Ese día, un sábado cualquiera de verano, me levanté muy temprano porque tenía que comprar pescados y mariscos para la gran cebichada que íbamos a tener en casa de mi amigo Hugo.

“Aló Hugo, soy Miguel Ángel”

“Hey, Miguelito ¿A qué horas vas a venir?”

“Estoy por salir, demoraré 45 minutos en llegar, voy a tomar los “chino-chino”, me encanta ir en ómnibus cuando llego a Lima.”

“Claro, esos son los que te traen más rápido. Te espero en la puerta del Terminal Pesquero de Villa María.”

“Okey”

Así fue como empezó este día que prometía ser muy bueno. La reunión no iba a ser una fiesta sino un día de comida y charla entre familiares y buenos amigos, a quienes no veía desde hacía mucho tiempo.

Desde la Molina, una ciudad en los suburbios de Lima, lugar donde vivo cuando vengo al Perú, tengo que tomar un ómnibus, previo al mentado “chino-chino”, para llegar al trébol de Javier Prado y de allí al Terminal Pesquero. El viaje en total no es muy largo, pero si muy peculiar para cualquiera que no conozca Lima o se haya ausentado por mucho tiempo.

“Ojos azules… no llores… ” Escucho cantar a un dúo de niños menores de 10 años acompañándose de una zampoña y un tambor. Luego pedirían una… ¿limosna? No, sino una colaboración voluntaria a cambio de lo cantado, como un trabajo. La actitud de los niños, más allá de considerar al hecho en sí, como un abuso del sistema de desigualdades que promueve o permite, me gustó. Los niños no estiraban las manos y mendigaban, sino que trabajaban y a cambio pedían una moneda. A regañadientes conmigo mismo, porque intuía que detrás del cándido rostro de estos niños existían otros, de adultos que los explotaban, busqué una moneda en mi bolsillo y luego se los entregué. Les di un “Sol de Oro”, moneda peruana, que equivalía aproximadamente a 30 centavos de dólar. Los niños en medio de juegos y chanzas a ver quien había recolectado más colaboraciones se bajaron en la siguiente parada para, ¿ir a casa? No, sino para seguir trabajando hasta la media noche.

No bien bajaron los menores, subió otra persona con un bebe en los brazos y una bolsa de caramelos. Este habló de su desdichada vida y me rompió el alma. Le di un sol y le dije que guardase los caramelos que yo solo estaba colaborando con él. El hombre hacía malabares para avanzar entre la gente cogido del pasamano, recoger el dinero, además de cargar a la bebe y la bolsa de golosina. Y antes de que este baje ya había subido otro.

Este señor, de unos 35 años, tenía un aspecto temible y no llevaba nada en las manos. Dijo en voz alta que recién había salido de la cárcel, que no tenía ningún centavo para comer ni donde descansar, y pidió a los pasajeros que por favor le ayuden, que él no quería cometer otro crimen, como arranchar carteras o celulares, ni amenazar con un cuchillo a nadie para que le entreguen todo lo que llevaba de valor. No, él no quería hacer eso porque no quería regresar a la cárcel. Que había conocido la palabra del señor y quería enmendarse. Este fue el que más recibió ¿Por compasión? No. Lo que hacía él era estirar la mano frente a una persona y no se retiraba hasta que le diera algo. Yo le di un Sol, que ya tenía en la mano desde antes que se acercara a mí. Aun así, no pude evitar que me mirase de pies a cabeza, como escaneándome con una mirada de rayos x para hacer un balance de lo que llevaba encima.

Luego subieron otros, en otros paraderos, con otras historias. Así, desfiló toda una gama de gente que por mil motivos mendigaba o trabajaba de esa manera. Gente que necesitaba dinero para una medicina, urgentemente, para su pequeña hija, quien moriría si no se lo llevaba en una hora. Drogadictos regenerados; drogadictos en actividad; Testigos de Jehová anunciando el fin del mundo y vendiendo una revista con un rezo especial para salvarse. Adivinos, brujos y chamanes que por una monedita te daría los números de la suerte de la lotería y seas mañana un millonario, o una consulta privada para conquistar a la mujer imposible, en el mejor de los casos, porque también te ofrecían muñecos con alfileres para hacer conjuros a quienes más odiábamos. Y hasta prostitutas arrepentidas, que al estirar la mano para recibir la mísera limosna tenían que cuidarse de los lascivos colaboradores que querían robarle una caricia… Y a todos les di un Sol.

Así, gasté como 40 monedas, cuando pude gastar s/ 20.00 si hubiera llamado un taxi, además de agotar mi compasión, porque sentí que, a pesar de la obvia miseria, era engañado por la mayoría de ellos con historias extremas para lograr conmover al público. Aunque conservé mi buen ánimo para colaborar con aquellos que no mendigaban sino que daban algo a cambio de las monedas que recogían sin la necesidad de inventar desgarradoras historias. “Señores, este es mi único trabajo, lo que pueda vender de estas golosinas en 16 horas de trabajo, es lo único que llevaré a mi casa, colaboren por favor” dijo un señor, despedido de su empleo en la última huelga de la fabrica en donde laboraba.

Por unos minutos me entretuve pensando en las noticias, avisos y comentarios de la TV acerca del milagro económico peruano que había visto en casa, como, “El Perú Avanza”, “El Perú progresa”, “El Perú ha logrado el mayor crecimiento económico de su historia”… y lo que veía en este corto recorrido desde un barrio de clase media a uno popular.

De pronto grité: “Bajan, bajan”, imitando a quienes me antecedieron, porque estaba a punto de pasarme del paradero, sino devendría en un extravió de mi parte porque ya no conocía las calles de la gran Lima y sus suburbios.

“¿El Terminal Pequero de Villa María?” le pregunté al chofer del ómnibus, con temor de bajarme en el lugar equivocado.

“¡Sí, señor!” me contestó con amabilidad y abrió la puerta del bus.

Una vez abajo, he ido el bus, me vi rodeado de vendedores ambulante que había formado un mercado callejero al frente del Terminal que inclusive ocupaba la berma central, entre las dos vías del trafico además de las veredas aledañas. ¿Por dónde caminar? Por donde se pueda. Miré cien veces a ambos lados de la pista antes de cruzarla para evitar cualquier accidente. Y cuando ya estaba frente al la puerta del Terminal, vi a mi amigo Hugo, parado, esperándome, con una bolsa vacía bajo el brazo… y una gran sonrisa al verme llegar.

“Aquí están mis amigos, este es mi Perú, y nada me hará cambiar mi cariño por ellos” Pensé, pisando el barro que antecedía la anegada entrada.

“¡Miguelitooo!” me dijo con cariño mi amigo de toda una vida, al verme después de haber inmigrado a una ciudad del primer mundo y haber estado ausenté casi treinta años. “Te voy a preparar el mejor ceviche del mundo, que ni Onassis lo ha comido” me prometió, con un brillo de cariño en sus ojos. Y yo me olvidé de todas las diferencias que pude ver en el camino.

“Oiga, oiga, aquí está la solución a sus problemas… -Vociferaba un vendedor ambulante de cuchillos de todo tamaño, y añadió-… El famoso “matasuegras” con filo en ambos lados… ¡Barato, barato, más barato y efectivo que el veneno!”

Y entramos al terminal.

“Miguelito, aquí estamos en el mismísimo centro de distribución del pescado y los mariscos. De aquí sale todo lo que puedes comer en cualquier restaurante de lujo o comedor del mejor hotel en Lima” Comentó mi buen amigo, como guía del tour que daríamos por el terminal.

Escogimos los mejores pescados y mariscos, y los hicimos limpiar allí mismo. Luego, en su casa, los preparó como él solo sabe hacerlo. Y en el entretiempo de la preparación llegó mi amigo del alma, Eduardo, acompañado de su linda familia. Minutos más tarde lo hicieron mis hijos, a quienes había traído a Lima para que vean que lo que les contaba en las cenas acerca del Perú, allá en Long Beach, no eran puros cuentos.

Comimos una variedad de platos y de todo un poco, como “Choritos a la Chalaca”, “Chicharrón de pescado y mariscos”, “Almejas al horno en su concha a la parmesana”, “Coctel de langostinos en salsa de erizos”, “Arroz con mariscos”, “Tallarín saltado con mariscos” y el plato rey: “El Ceviche de lenguado”. Todo ello acompañado de un buen vino Merlot-Cabernet y mejor pisco de uva quebranta, ambos del valle de Pisco, Ica… Ya en la tarde nos regresamos todos juntos en un agradable servicio de taxi privado, puerta a puerta.

Aunque quiero ser sincero y confesarles, que si la comida estuvo deliciosa esta fue solo un buen pretexto, a fin de cuentas, para compartir un momento, que luego se perennizaría en el recuerdo para contarlo… como acabo de hacerlo.    

Sí, el Perú había mejorado su economía, pero esta riqueza no llegaba a los más pobres.


3 Responses to “De pescados y mariscos”


  1. 1 Anónimo
    18 septiembre, 2011 en 1:08

    tienes razon miguelito pero exageras algo como muñecos con alfileres, prostitutas arrepentidas y chamanes….
    yo hasta ahora no he visto y yo q viajo casi todos los dias en los chinos y otros buses, bueno espero q sigas disfrutando de lo bueno k te ofrece este pais y el cariño de la gente mas q nada…..suerte!!!!

    • 2 Michaelangelo Barnez
      18 septiembre, 2011 en 7:59

      Ja, ja, ja… Estimado Anónimo… ¿Mi imaginación fue más allá de la realidad? Mmm… No lo creo, porque en nuestro querido Perú la realidad la supera, uh, y de lejos. Pero en esta breve narración he tenido que hacer subir al ómnibus de la ficción para hacerlos desfilar en las experiencias, vividas o contadas, de años que viví allí o que encuentro aun en mis visitas. Ah, sí, también me olvidé de los populares “Plomos”, a decir de los cobradores del bus, que suben en el primer paradero y bajan en el ultimo, que se la pasan durmiendo todo el trayecto.
      Saludos

      • 3 Anónimo
        19 septiembre, 2011 en 2:47

        La miseria en el Peru es muy grande. La gente vende de todo por las calles. Una persona en el Peru me dijo que él ya no da limosnas o “colaboraciones” a nadie porque no tiene el presupuesto para tanto gasto. Y efectivamente se explota a los jovenes y crios para sustentar a alguno que tiene una “escuela” de niños que viven en las calles y que sin ese explotador no tendrían a nadie que se ocupe de ellos. En el Peru los servicios sociales no existen. Las entidades de proteccion infantil no existen “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”. No he visto gitanas subidas en los omnibus pero si paseando por cafes de tanta reputacion como el Haiti.


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