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Secuestro y Violación

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“¡Abran la puerta en nombre de la ley o la derribamos!” Rugió el jefe del comando policial golpeando la reja metálica que protegía el frente de mi casa; detrás de él estaba un grupo de hombres con uniformes y otros de civil, sucios, mal vestidos y con palos y cadenas en las manos; además, uno de terno gris, flaco y encorvado, como un buitre, cargando un maletín negro.

Yo, desde mi sala, miraba por entre las cortinas de la ventana, con temor, a pesar de que ya había imaginado que iba a suceder. Entonces, respiré profundo varias veces y salí a enfrentar la situación.

Apenas aparecí en el porche, detrás de la puerta, de mi casa, una mujer de mediana edad me gritó:

“¡Violador, maldito, secuestraste a mi hija… una menor de solo 15 años!”

Yo no me perturbé, o al menos no lo demostré, porque desde que abrí la puerta sabía a lo que me iba a enfrentar. Así, sin dar marcha atrás, caminé el corto espacio que existía entre la puerta y la reja de hierro, en medio del griterío de insultos y amenazas. Y en el trayecto, vi dos hombres que portaban cámaras de televisión y otros dos más con micrófonos, mezclados con los policías, matones y el que fungía de juez o fiscal.

Yo no tenía la intensión de entregarme, sino defenderme y evitar que los policías derriben la reja metálica y entren a apresarme. Pero mi ilusión de maniobra se desvaneció cuando apareció Joseline detrás de mí, en el pórtico de la casa. Ahora no podría negarlo.

 

Joseline era una dulce adolescente llena de contrastes; era estudiante del último año de la secundaria en uno de los mejores colegios privados, ganadora del último Concurso Escolar de Matemáticas a nivel de Lima Metropolitana, aunque su pasión era ser escritora; confesión que hizo de boca propia cuando la conocí ocasionalmente, en la Feria del Libro de Miraflores, mientras le autografiaba una de mis novelas. No contenta con la breve y usual charla del instante, volvió a ponerse en la línea de espera con otra de mis novelas entre las manos para acercarse, hasta que la tuve a mi lado otra vez. En esta oportunidad presté más atención a su persona. Su rostro, otro contraste en ella, era el de una niña, pero su cuerpo el de una mujer. Ella vestía el uniforme escolar, en donde el botón de la blusa blanca que vestía parecía que iba a ser vencido por el volumen de sus senos redondos a punto de desbordarse y su recortada falda de pliegues dejaba ver sus torneadas y muy blancas pantorrillas, provocándome a mirar disimuladamente los demás detalles de su cuerpo, como su talle y tracero, que esta vez sí aprecié y que luego, en la soledad de mi casa, evoqué con cierto halo de erotismo, ya que había sentido la dureza del pezón de su carnoso seno al rozar mi brazo en el momento que estampaba mi firma en el libro. Lógicamente, yo lo asumí como un acercamiento natural y fortuito, pero no por eso dejó de perturbarme al punto de quedar grabado en mi mente. “¡Ah, viejo cochino!” me dije a mí mismo a modo de autocensura y despejar mi mente de tales malsanas ideas.

Todo hubiera quedado allí, como una de las tantas anécdotas que tenemos en la vida y que casi nunca contamos, pero no fue así.

A la semana siguiente, mientras divagaba acerca de uno de los capítulos de mi nueva novela, recibí una llamada telefónica, que me extraño al principio ya que era la voz desconocida de una niña la que escuché en el auricular.

“¿Señor escritor, se acuerda de mí, soy Joseline?”

Una serie de ideas se agolparon en mi mente de manera caótica tratando de recordar quien era, pero entre ellas, su voz, su nombre y los detalles físicos no se relacionaron.

“Ud. me autografió dos de sus novelas en la feria, ¿Me recuerda?”

“Mmm… Creo que sí.” Mentí para que no se sienta mal, especialmente si era una de mis lectoras.

“!Ud. prometió ayudarme con mi novela ¿Podría verlo, estoy cerca de su departamento?” Me dijo la voz de niña, y la insinuación logró encender en mi mente el recuerdo del cuerpo de mujer en el rostro de la hermosa niña que me había perturbado en la Feria. Sí, era la niña-mujer.

En esos eventos, por lo general, contesto con un “Sí!” o “Ya veremos!” de manera cortés y política a muchos pedidos de mis lectores; como responder los emails o invitaciones en FB que me enviarán, revisar sus trabajos literarios y comentarlos, participar en presentaciones o hasta asistir a cafecitos con el club de amigas y otros muchos más, que luego, de manera muy cortés y amable, a través de mi secretaria, declinaba participar.

Pero, como sea, yo estaba muy seguro que no había prometido a nadie a ayudarle a escribir su novela y menos aun haberle dado el número de mi teléfono e invitado a mi departamento… Pero una idea pecaminosa asociada a la niña-mujer se encendió dentro de mí, lo que motivó que dijera una mentira y una contradicción en una sola frase.

“Mmm, no creo recordarla, pero aceptaré su visita por unos minutos y única vez.”

“Oh, gracias, gracias, maestro, ah, ja, ja, ja!” dijo riendo coquetamente a través del auricular, suspirando como una niña y añadió: “¿Me deja entrar? estoy abajo, en el lobby del condominio!”

Yo me quedé perplejo por un segundo, pero no tuve más tiempo para pensar porque el zumbido del intercomunicador me sorprendió, y como un autómata presioné el botón de este, al colgar el teléfono.

“Hola, soy Joseline!” escuché su musical voz, y volví a actuar como un autómata, presionando el botón del seguro que abría la puerta del lobby.

Increíblemente, me bastaron los escasos minutos que uno demora en llegar desde la puerta del lobby, subir por el ascensor al último piso del condominio, en donde esta ubicado mi departamento o pent-house, para despejar mis ideas y pensar de la manera como suelo ser. Así, dos ideas muy claras quedaron en mi mente: Joseline es una linda admiradora y es una menor de edad.

Entonces escuché dos golpecitos a la puerta.

Mi departamento consta de un dormitorio con baño propio, una lavandería, y su mayor espacio está en el semicircular living, en donde está la cocina-comedor y baño de invitados, todo circundado por ventanas que permite una vista panorámica del mar y la Costa Verde de Miraflores. Ventanas cuyas cortinas plegué, antes de que llegue Joseline, como para que la sala perdiera toda intimidad. Entonces fue cuando escuché los débiles toques de Joseline a la puerta. Eran las cinco de la tarde y el sol brillaba en el horizonte.

Abrí la puerta con el automático y apareció la niña-mujer entrando como un huracán de juventud y fresca alegría.

Yo estaba parado en medio de la sala y Joseline se acercó sonriendo y me dio un beso en la mejilla. Yo me senté en el sillón individual y amablemente la invité a sentarse en los otros. Joseline escogió uno, exactamente frente a mí. Tiró su mochila escolar a un lado, sobre el piso alfombrado, y se dejó caer en los suaves almohadones del sofá. Yo seguía todos sus movimientos con la mirada y no pude evitar ver sus hermosas piernas bajo la minifalda escolar.

“Que lindo depa tienes!” Me dijo coquetamente, dejando la formalidad de lado para tutearme.

Yo me limité a sonreír, y guardé silencio para que ella me explicara lo que quería.

No lo hizo.

“¿Allí es donde escribes?” Dijo señalando mi escritorio y la PC.

Yo me mantuve en silencio, observándola.

Joseline, inquieta, se levantó y comenzó a caminar por toda la sala, esquivando muebles. Llegó a las ventanas y apreció el espectacular atardecer, jugó con las cortinas y sin detenerse llegó al bar.

“¿No me invitas algo?” me dijo agarrando una botella de Vodka.

“Claro, yo te sirvo!” le dije, levantándome del sofá.

Tomé una copa, otra botella y serví.

“¿Hielo?” le pregunté.

“Mmm, en las Rocas!” me contestó coquetamente con un tono musical. En realidad todo lo que hacia Joseline era pura coquetería de niña-mujer.

Joseline recibió la copa y bebió.

“Guácala!!!, me has dado agua!”

“Ja, ja, ja… y que creías, si eres una menor!” Sonreí sin muchas ganas, dejando entrever mi censura.

La niña traviesa se acercó a la reliquia de Rockola que tengo en un rincón del living, llena de música roquera de los años 50 y 60s, y presionó una del menú.

Entonces se escuchó los sonidos de un piano, baterías, guitarras eléctricas y el grito del vocalista diciendo a todo pulmón: “Ahí viene la plaga…”

Y la niña-mujer empezó a contorsionarse al ritmo de la música roquera clásica. Y lo hacía bien, muy bien. Hasta que, en uno de sus paso del baile, hizo el ademán de enlazarme y jalarme hacia ella a bailar.

Yo fui a la Rockola y detuve la música.

“Bailas muy bien el rock clásico, Joseline… -Le dije amablemente, y añadí-… pero estoy muy ocupado, y si no me dices el motivo de tu visita, creo que tu tiempo se ha terminado, querida amiga!” le dije lo mas amablemente posible mientras caminaba a mi asiento, ya que el mensaje era claro.

Ella volvió a su asiento sin mostrar ningún disgusto en su rostro, al contrario, se sentó y cruzó las piernas, igualita que Sharon Stone en Bajos Instintos, y me miró sonriendo.

Yo no pude reprimir mi sonrisa al verle el calzón blanco.

“Ah, y para que sepas, tengo 18. ¿Quieres que te enseñe mi DNI?” me dijo, bajando el rostro para solo mirarme maliciosamente.

“El mismo que enseñas para entrar a las discoteca y beber cerveza con tus amigas, ja, ja, ja!” le respondí, dejando claro que no solo no le creía, sino que estaba al tanto de las jugarretas de los adolescentes.

Y la mirada de malicia se fugó del rostro de Joseline.

Yo la miraba afablemente, en silencio, a la espera que se calmara y conversáramos.

Entonces, sin dejar su coquetería, me dijo:

“Quiero escribir una novela, pero primero quiero escribir una serie de cuentos, y realmente no sé cómo hacerlo, tengo las ideas y los diálogos fluyen por mi cabeza pero no puedo concretar nada. Ya tengo algunos casi terminados… déjame mostrártelos!”

Y de la posición sentada en que estaba hizo un giro sobre el brazo del sofá para alcanzar la mochila que estaba en el suelo alfombrado.

Dios mío, todo el culo de Joseline quedó a mi vista ya que el hilo dental que usaba era eso, un hilo que no cubría nada.

Cuando ella volteó y me entregó las notas de sus cuentos sin terminar, me miro fijamente a los ojos. Esta vez no había ninguna señal de picardía el los verdes iris de Joseline, y pude notar en su mirada que esta vez escudriñaba los míos.

No sé qué fue lo que ella vio en los míos, pero estaba seguro que todo lo que ella hizo desde que entró a mi departamento fue un jueguito muy inteligente, aunque peligroso, para probarme la clase de gente que era.

Su actitud cambió, se sosegó y dejó de lado la sonrisa coqueta. Yo la miré y no pude reprimir la idea de que era una hermosísima niña… en el umbral de ser una mujer, pero niña al fin.

Estuvimos en silencio por unos minutos. Yo leyendo los cuentos breves que me había alcanzado y cuando levantaba mi mirada, al terminar uno de ellos, encontraba los ojos de ella estudiando mis facciones para descubrir en ellos los signos de aprobación o rechazo.

Fueron casi 30 minutos de absoluto silencio, hasta que, devolviéndole las notas, le dije:

“Muy buenos cuentos, Joseline, todos, aunque el que más me encantó fue la historia del perro. Hay que pulir muchas cosas ligadas a la Corrección de Estilo pero lo principal con respecto a la calidad de textos es bueno. Escribes de manera clara y con un buen vocabulario, sin adornos superfluos, pero con un buen uso de las metáforas y del tono de la ironía… -le dije con toda sinceridad, y añadí-… y será un honor para mí ayudarte en lo que pueda!”

Joseline se cubrió el rostro y lloró, lloró como lo que era, una niña. Luego se levantó y se acercó hacia mí.

“Gracias maestro, gracias!” dijo y volvió a llorar. Esta vez se arrodilló y apoyó su cabeza en mis rodillas, y yo acaricié sus castaños cabellos consolándola.

Cuando se calmó se sentó a mi lado y conversamos, es un decir porque fue ella la que no dejaba de hablar de muchas cosas, de todo y de nada. Claro que Joseline seguía siendo la niña hiperactiva que gesticulaba de manera graciosa. Me dijo que su vida era muy triste y que no le atraía ninguno de sus compañeros de escuela y por eso no tenía enamorado, más aun, que nunca tendría uno.

Yo la escuchaba atentamente porque la personalidad de Joseline era desbordante, quizás por su dinamismo juvenil, pero ya se entreveía que iba a ser una mujer de carácter y simpatía inigualable… Sin embargo descubría que algo la atormentaba y empañaba la chispa de sus ojos y que, en cierta manera, buscaba mi aprobación… y amor. Sí, ella estaba sedienta de amor y comprensión.

“Las 8 pm, dios mío, me tengo que ir volando, maestro!” dijo Joseline, y esta vez se paró de una manera decente y al momento de recoger su mochila, dobló las rodillas y no me enseñó el poto.

Yo sonreí complacido de que se comportara como debía ser una niña.

Esa noche, en la soledad de mi cama, todos los detalles de la visita de Joseline se repitieron en mi mente, y me quedé pensando en ella. Era indudable que Joseline, su apariencia física, su inteligencia y su comportamiento me habían conmovido.

“Algo no está bien en Joseline… -cavilaba para mis adentros-… creo que está perturbada por algo… pero no soy yo el que pueda descubrirlo… Mañana hablaré con Cecilia, mi ex; nunca pensé que recurriría a ella por un motivo así, pero en fin, ya veremos.”

Cecilia era una psiquiatra de 40 años, 35 cuando la conocí, y habíamos compartido varios años en una relación sin futuro, por eso duró tanto ya que no hablábamos de matrimonio y menos de tener hijos, aunque ella decía que nunca habíamos terminado, y solo nos habíamos alejado para poder respirar mejor, por eso compartíamos algunos fines de semana ocasionalmente. Con ella, durante nuestra convivencia, se barrieron una serie de tabús y se hicieron realidad muchas de mis fantasías en la cama, hasta que nos aburrimos y decidimos vivir por separado y vernos solo si ella o yo la llamara. “Sí, estoy seguro que ella y Joseline congeniarán!” sonreí y me dormí.

Joseline vino la tarde siguiente, la siguiente y así sucesivamente por varios meses y cada vez nos hacíamos más íntimos. Le di la llave de mi pent-house, ahora ella podía entrar a la hora y cuando quiera, estuviera yo o no, aunque nunca le dejé pasar la noche conmigo, así me dijera que podía inventar una excusa respaldada por sus amigas. Así, con ese grado de intimidad, ella desnudó su alma y me contó todos sus secretos y yo solo algunos, y comprobé que maduraba de una manera prodigiosa en todo sentido en que puede ir la personalidad de una niña que va convirtiéndose en mujer bajo la batuta de un hombre maduro como yo. Hasta que sucedió lo inevitable.

“No voy a regresar mas a mi casa… -dijo Joseline al entrar a mi depa y llorando, se refugió en mis brazos, y añadió-… Odio a mis padres, jamás regresaré!” Yo sabía que hablaba en serio y a estas alturas ya no podía hablarle como a una niña.

“Me quedaré contigo!” Me dijo con toda seguridad.

Sí, ella confiaba en mí al 100% y daba por sentado que yo no me iba a negar. Aun así mi cordura se imponía. Ella era una menor de edad, y si decidía quedarse conmigo, así fuera por propia voluntad, sería considerado un secuestro. Peor aún, si pasaba la noche en mi compañía. Definitivamente, sus padres podían acusarme de secuestro y violación; y nada, ni el consentimiento de ella, ni el amor eran excusas validas legales.

“Joseline, puedes quedarte conmigo… pero tengo que llamar a tus padres y decirles que estás aquí, conmigo!” le dije muy seriamente.

“¿Acaso no te conté como son ellos?… -me respondió con una irónica sonrisa, por mi supuesta ingenuidad, y añadió con toda seguridad-… Mejor me voy a otra parte para no comprometerte!”

“De ninguna manera, Joseline. Te quedas aquí, conmigo, después de conocerte como te conozco, estoy dispuesto a correr todas las vicisitudes del caso contigo… -le dije casi como una orden, y añadí con la misma resolución-… Pero llamaré por teléfono a tus padres de todos modos y les diré que estás conmigo!”

Y así lo hice, bajo la atenta mirada de Joseline, quien a la vez iba a escuchar la conversación en el teléfono auxiliar.

“Eres un corruptor de menores y la pagaras muy caro, te voy a denunciar ahora mismo, ya verás!” me gritó la madre y el padre no se quedó atrás y añadió “Maldito violador, te voy a colgar de los huevos!!!”

Joseline se acercó a mí rápidamente y sin decir una palabra me quitó el teléfono de la mano y colgó.

“Le van a hacer mucho daño, Maestro, los conozco como son y temo por Ud.!” y me abrazó.

“No te preocupes por mí, querida, solo quiero decirte que tienes mucha razón, no puedes regresar donde ellos!”

“Vendrán aquí a buscarte con la policía y matones… -me advirtió y añadió-… desde que tengo uso de razón supe que son abogados malvados, y estafan a la gente más débil quitándoles sus pertenencias y propiedades… incluso creo que han causado la muerte de algunos, pero a ellos no les pasa nada porque forman parte de una mafia judicial!”

Yo miraba a los ojos de Joseline mientras me hablaba y comprobé una vez más en estos cortos meses de convivencia diaria, que ella ya no era una niña, sino una mujer de muy claro raciocinio.

“Tenemos que irnos, no tardarán mucho en llegar y si te encuentran te harán mucho daño!”

“Sí, vamos a mi casa de las playas del sur!” me limité en responder, mientras hacía una llamada con mi celular a Cecilia para ponerle al corriente de lo que sucedía.

 

“¡Abra la puerta en nombre de la ley!” Rugió el jefe del comando policial mirándome, al momento en que yo aparecía en el porche de mi casa de playa.

“¡Violador, maldito pervertido, secuestraste a mi hija y la has violado!” gritó la madre.

“No sabes con quien te has metido, maldito, te meteré a la cárcel, allí te violarán, hijo de puta, y me quedaré con tu casa!” gritó el padre.

No puedo decir que los insultos no me hacían mella, nunca me habían tratado así, pero viniendo de quienes venía, me tenía sin cuidado. Así que caminé hacía la reja de seguridad.

Entonces apareció Joseline detrás de mí. Yo no me hubiera dado cuenta de ello, porque mi atención estaba en sus padres y pude ver que estos ni se inmutaron ante la presencia de su hija. Fue por el alboroto de los reporteros que lo noté. Volví mi rostro y vi a Joseline muy serena y dueña de sí misma, sin ningún temor. Ella sonreía ligeramente al caminar hacia mí. Yo ya estaba a casi un metro de la reja metálica cuando me detuve, entonces ella me alcanzó, tomó mi mano e hizo que la abrasara.

“Oficial de policía, ¿puede enseñarme la orden de detención?” le dije mirándole a los ojos y con mucha calma, porque era lo que me transmitía Joseline; tratando de hacerme oír en medio del griterío de la jauría de desaforados.

El policía dudó, pero inmediatamente agregó gritando: “Ud. no tiene derechos, señor. Estamos ante un crimen en pleno desarrollo, así que puedo arrestarlo sin orden judicial.”

“¿Así, y cuál es el crimen?”

“Tiene secuestrada a una menor de edad!” volvió a gritar el uniformado, mientras los padres de Joseline no dejaban de vociferar insultos hacia mí, pero ninguna palabra de cariño o consuelo para Joseline.

“¿Así?” le contesté mientras sacaba un manojo de llaves, entre ellas la de la reja, y se las di a Joseline.

“Joseline, si quieres puedes irte!”

“No, no quiero irme y de aquí no me saca nadie!” contestó.

“¿Y cómo va a arrestarme, señor policía? ¿Acaso tiene la orden del allanamiento de mi morada para entra y proceder?” Esta vez los labios del policía quedaron más cerrados que el poto del gato; solo atinó a voltear su cabezota y mirar al gallinazo de terno y maletín. A quien tan pronto miré, se acomodó los lentes y agitó unos papeles. Los matones se sumaron a la bulla golpeando la reja metálica son sus palos y cadenas, sumándose a los insulto y amenazas.

“Es mejor que no se resista, señor, y se entregue a la autoridad; como sea, Ud. sabe, saldrá libre en 24 horas!” trató de distraerme el leguleyo.

“Por favor, enséñeme la orden!” lo conminé.

“Solo me basta dar una orden y derribaran la reja, señor. Entréguese, no se resista!” dijo sudando el torcido abogado. Mientras los camarógrafos y reporteros grababan todo.

Yo y Joseline sonreíamos, manteniéndonos tranquilos a un metro de la entrada.

Entonces el tinterillo se retiró maldiciendo a todos, así quedaron solo algunos policía, los matones y los denunciantes. Fue cuando todo indicaba que entrarían sin ninguna orden legal, a la fuerza y el supuesto arresto se transformaría en un linchamiento.

En eso, justo cuando estaban por derribar la reja, llegaron más policías en varios patrulleros. De uno de ellos bajó Cecilia acompañado de otro civil, de terno, corbata y con un maletín en la mano. Y se acercaron a la reja. La presencia de todos ellos, de alguna manera, detuvo el asalto a la casa.

“¿Señora Brigitte de la Romaña? ¿Señor Carlos Alberto Chelentano? ¿Son Uds. los padres de Joseline?” preguntó con amabilidad Cecilia.

“Sí… -respondieron en coro, y agregaron-… y le exigimos que capturen a ese depravado!” y la pareja me señaló.

“Señor fiscal, por favor!” dijo Cecilia para que el abogado del estado, que la acompañaba, proceda a la lectura de una orden judicial, mientras los policías recién llegados rodeaban a la pareja.

“Señores… -El fiscal comenzó a leer la orden llena citas y artículos de ley que los padres de Joseline entendían perfectamente, hasta que finalmente dijo-… Uds. quedan arrestados y serán procesados por abuso sexual reiterado en desmedro de su hija legitima, Joseline, con conocimiento y consentimiento de la madre… !”

Y la policía procedió a esposar a ambos, ante la andanada de insultos y amenazas… Los matones y lo policías a contrato, expertos en esas artes, ya se había largado.

Epilogo

Joseline se quedó a vivir conmigo, contra viento y marea de la opinión pública, ya que Cecilia no solo había logrado la denuncia y orden de arresto, sino que había conseguido liberar a Joseline de la Patria Potestad de sus padres, y transformarla legalmente en mayor de edad. Así, ella podía ejercer su libre albedrio.

El proceso judicial duró un año y la prensa explotó el morbo del la gente, con conjeturas sexuales propias de un verdadero depravado. Bastaba que usaran los condicionales como, “se cree que” “se dice que” “podría ser que” para decir cualquier cosa. Así la gente se polarizó a favor o en contra de Joseline y mía.

El Cardenal de la ciudad, apenas se enteró, por declaraciones mías, que era ateo y comunista, me sentenció como culpable mucho antes de terminar el juicio, y a Joseline la excomulgó, poniéndola como una clara señal de la corrupción previa al fin del mundo.

Yo no era un escritor de fama, pero el escándalo mediático me puso día y noche, los siete días de la semana, a lo largo del año, en las portadas de revistas y periódicos, como la persona más popular. No les importaba si era inocente o culpable, sino le bastaba que acepte las entrevistas y asista a los sets de TV. Podía decir lo que me viniera en gana, cierto o falso, no les importaba, con tal de generar polémicas y así vender sus periódicos, y con ellos, sus avisos comerciales.

Al final del juicio, la pareja de malos padres fueron sentenciados a prisión. Joseline y yo, a pesar de no tener o quedar cargos legales de ningún tipo en nuestra contra, en la gente de pensamiento ligero, quedamos como amantes.

Después, nuestra actitud de negarnos al juego mediático con la prensa y el paso del tiempo, hicieron que nuestros nombres desapareciera de sus portadas y noticias.

El rostro de Joseline había dejado sus facciones de niña. Ahora existía una perfecta relación de rostro-cuerpo que reflejaba su extraordinaria personalidad.

Una noche de Junio, después de haber padecido un proceso gripal pero ya repuesto, estaba descansando en mi cama, pero no dormía, fue cuando sentí que Joseline entró sin hacer ruido a mi dormitorio, y de la misma manera se acercó a mi cama. Yo me hacía el dormido, pero aun con los ojos entrecerrados podía verla en la penumbra.

Así, la vi pararse muy cerca de mí por unos segundos para mirarme. Luego se agachó y acercó su rostro al mío, me dio un beso en la mejía y murmuró a mi oído:

“Feliz día, Papá!!!”

Fue la primera vez, en mi larga vida, que celebré ese Día.

 


2 Responses to “Secuestro y Violación”


  1. 11 junio, 2014 en 8:20

    Querido Mitch, como te comenté en FB, tu lectura me atrapo, la volví a leer ahora desde una pantalla más adecuada y admiro tu capacidad narrativa e inventiva, siempre nos deleitas con tramas singulares. Que tu pluma no descanse nunca. Un abrazo fraterno para ti.

    • 12 junio, 2014 en 6:46

      Querida Patricia, amiga mía, compartimos muchas cosas, entre ellas la búsqueda de la realización espiritual y la compulsión por escribir, y me place de sobremanera que por un instante te haya llevado a ese universo paralelo de la ficción literaria.


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