Archive for the 'cuento' Category

19
Ago
15

YO TÉ

C. Denueve 4Ya era mediodía cuando me senté alrededor de una pequeña mesa redonda para dos, de mantel a cuadros rojo y blanco y al aire libre, en la acera del Café Le Dome, de La Ciudad de la Luz: Paris, cercano a la plaza en donde se erguía la imponente Torre de Eiffel, en espera de la única amiga que tenía allí, a quién solo había conocido a través de un portal literario de las redes virtuales de internet. Ella, Marie Denueve, era la persona fundamental para mi corta estadía en esa gran y hermosa ciudad, ya que hablaba, además del obligado francés, el inglés y español; estas dos últimas las únicas lenguas que yo dominaba.

A decir verdad, desde que salí del aeropuerto internacional de París, Charles de Gaulle, me sentí perdido, ya que tenía dificultades para comunicarme con la gente con quienes ineludiblemente tenía que tratar. Al taxista solo le enseñé el tríptico de propaganda del hotel para hacerme entender que me llevara allá, aunque al querer pagarle por el servicio y no entender lo que me decía opté por enseñarle una baraja de billetes de Euros, equivalentes a $80 Dlls, para que él escogiera lo debido, y el taxista tomó todos y me agradeció con una amplia sonrisa. Realmente no me sentí mal con la actitud de este, ya que yo sabía de antemano que era la tarifa aproximada, incluyendo la propina.

En el hotel me fue más fácil ya que hablaban inglés y mi agente ya había hecho las reservaciones del caso. Solo tuve que mostrar mi pasaporte americano y mi tarjeta de crédito para que las muy amables francesas me atendieran como un rey. ¿Francesas? No, no lo eran. Luego me enteré que realmente eran españolas, pero solo me hablaron en inglés durante mi corta estadía.

Así transcurrieron mis primeras horas, acomodándome en mi suite del hotel Saint Dominique, ubicado en la calle del mismo nombre; en el lobby de este y luego aventurándome a caminar por los alrededores, sin alejarme mucho para no perderme. Y en la noche viendo la TV en cable.

“A cappuccino, please!” le dije al maître del café cuando este se acercó a atenderme. Luego, desplegué el diario, Los Ángeles Time, que gentilmente me habían obsequiado en el avión el día de ayer, y repasé las noticias ya obsoletas, mientras había dejado sobre la mesa los tres libros que pensaba obsequiar a mi amiga Marie: “Rayuelas” de Cortázar; “Los Heraldos Negros” de Vallejo; y “Te Veré en Sueños” la novela que iba a presentar el próximo viernes.

Pero Marie demoró más de lo que yo demoré en beber tres tazas de café, así que, como ya era hora del almuerzo, le pregunté al maître por el menú, y este me trajo una cartilla con todo lo que servían allí… escrita en francés por supuesto. Pero no tuve dificultad para elegir lo deseado, porque no iba a almorzar aun, sino matar el hambre y justificar mi larga espera en esa meza del concurrido Café. En la lista vi una foto a colores, entre muchas, con una descripción: “Crêpes gratinées à la mozzarella et jambon”.

“I want this, please!” le dije poniendo mi dedo en el grafico, adivinando que era un Crepé de mozarela y jamón. Y el maître me entendió… Pero agregó: “Et pour la boisson? Y me dejó en el limbo por tres segundos,  para remontarme a los años de mi llegada a gringolandia, cuando sin saber inglés adivinaba lo que me decían acertando casi al 100% de veces, cuando me hablaban. Entonces le respondí: “A cold Pepsy, please!”  Y el maître se fue.

El hojear el diario en mis manos solo cumplían una fachada a mi prolongada espera por Marie. Realmente no tenía ningún interés en releer las noticias ya pasadas y menos los abundantes avisos comerciales. Y de tanto en tanto, miraba a mí alrededor y observaba a la gente que ya iba llenando las mesas contiguas. Y una vez más pude comprobar que el mundo se había globalizado no solo económicamente, sino en razas y culturas, tan igual como sucedía en California desde ya muchos años atrás.

Y mientras paseaba mi mirada observando a la gente del café, mis ojos coincidieron con los de una linda joven, sentada a pocos metros de mí mesa, quien me sonrió amablemente. Yo, caballerosamente, respondí con una leve reverencia con la cabeza y una sonrisa en mis labios, y continué con mi observación, sin mostrar mucha importancia al hecho en particular. Aunque para mis adentros pensaba que quizás ella me conocía del portal literario o en Facebook. Intrigado, volví a buscar sus ojos y encontré su fresca sonrisa y alegre mirada sobre mi persona. Y yo solo atiné a responder de la misma manera, para luego refugiarme en el diario, simulando leerlo.

Mientras comía mi Crepé volví a mirarla, y volví a encontrar su dulce mirada y sonrisa. Entonces yo, cogiendo el vaso de hielo con soda, hice un ademán levantándolo, mientras decía con una sonrisa y sin palabras sonoras: “Salud!”

Ella se alegró e hizo lo mismo diciéndome algo que yo entendí como: “Yo té!”

Continué comiendo y bebiendo a sorbos mi soda, mientras pensaba que usualmente mal interpretamos los gestos, creyendo que ella había mal entendido el mío, cuando levante el vaso, como refiriéndome al contenido de mi vaso, por lo que ella me contestó con lo ella bebía: “Yo té!” sin palabras.

Yo ya había terminado de comer mi crepé y mi paciencia por la espera se había agotado también, así que estaba dispuesto a pedir la cuenta y regresar a mi hotel. Pero antes hice el último intento de comunicarme con Marie, solo para obtener la misma decepcionante respuesta de que sistema satelital de esa zona no registraba mi llamada.

Así, mientras tenía el celular pegado al oído, vi como la linda joven se acercó a mi mesa y me dijo: “Yo té!” y con toda naturalidad se sentó en la silla libre.

Yo, muy solicito, llamé al maître con un ademán de mano para que se acercara y ordenarle lo que ella pedía: Un té. Pero la linda muchacha, sonrojada y ofuscada, se levantó y se fue, sin antes decirme algo, en voz baja, como un susurro, que entendí como: “bla, bla, bla, la mierdé!”

Realmente yo no comprendí lo que había sucedido y menos aun el motivo del porqué esta bella joven me había mandado a la mierda.

Pero mi confusión fue breve ya que la tan esperada amiga Marie Denueve por fin llegó.

Nos abrazamos, besamos y sentamos, y sin dejarme decir una palabra empezó con un interminable tsunami de palabras.

“Querido Mich, que guapo eres, mejor de lo que aparentas en las fotos de tu portal literario y en Facebook, como me gustan los latinos-hispanos, dios mío, como me gustas Mich. Pero bueno, te pido disculpas por no haber ido ayer a esperarte al aeropuerto, estuve tan ocupada con lo de tu presentación para este viernes que recién hoy lo he finiquitado todo. Vamos a tener como invitados a un poeta español y a un peruano ayacuchano que toca lindo el charango, ambos residentes en París, además de la presencia del agregado cultural del Perú en Francia. Todo eso lo logré recién hoy, en esta mañana, por eso es que demoré tanto, además de que no contestabas tu celular. Te llamé mil veces y nada. ¿Está malogrado? Bueno no importa ya, porque por fin nos reunimos para hablar frente a frente y…” y Marie continuó hablando, asegurándome la presencia de los amigos del portal literario, la comunidad peruana y de países hermanos residentes en Paris, dándome todos los detalles del evento literario y los preparativos para los días siguientes, previos al evento. Mientras yo solo asentía con la cabeza a todas sus decisiones ya tomadas por Marie.

Luego de la andanada de palabras de mi amiga, cambiando de tema, recién pude contarle mi breve experiencia de las 24 horas que llevaba en Paris.

Así, tuve la oportunidad de preguntarle acerca del comportamiento de la bella joven, que de cierta manera podía decir que había conocido en ese Café.

Y le conté todo, con lujo de detalles acerca de lo ocurrido, de lo que me dijo, de lo que creí entender, de lo que pensé y también supuse.

Entonces, Marie me interrumpió con una carcajada interminable. Ella reía como una loca. Sí, realmente como loca, sin importarle que llamara la atención de la gente que estaba en las otras mesas. Al principio me sentí incomodo, pero su risa era tan franca que contagiaba a la risa. Así que yo también reí, aunque sin saber porqué realmente. Hasta la gente de otras mesas empezaron a sonreír y cuando el maître vino sonriendo a ver que sucedía, Marie le contó en breves palabra lo sucedido, y este, soltando una sonora carcajada, comenzó a reír como un loco también.

“Mich, mi querido Mich… Jajajaja oh dios, oh dios!” y no pudo continuar porque la risa se lo impedía. Y así entre risas y las lagrimas provocadas por esta, me siguió diciendo: “Esto tienes que contarlo en viernes, dios mío, no puedo más, me orino de la risa… Jajajajajaja!!!”

Los vecinos de otras mesas, hombres y mujeres, reían también, pero no me incomodé por eso.

Salimos del Café porque era imposible conversar allí sin que a Marie le de otro ataque de risa.

Caminamos un poco, bajo la guía de ella, y encontramos un parque y bancas vacías, en donde nos sentamos a conversar.

Allí pude pedirle que me explicara lo que pasó entre la bella joven y yo, sin percatarme realmente.

Entonces ella me explicó que cuando yo creía que ella me decía: “Yo té!” ella realmente me decía: “Je t’aime!” que suena parecido para tus oídos, pero significa: “Yo te amo!” y no se refería a la bebida de té que pensabas. Y cuando se sentó a tu lado en la mesa, volvió a decirte. “Je t’aime!” pero volviste a creer que te estaba pidiendo un Té. Y Marie soltó una vez más otra carcajada: “Jajajajajaj… oh dios, oh dios!”

“Y cuando llamaste al maître del Café, ella creyó que te ibas a quejar, por eso es que, ofuscada y avergonzada, se fue!” dijo Marie y añadió “Pero luego… Jajajajajaja… Oh dios!… Ella no te mandó a la mierda… Jajajajaja… Cuando ella se fue… Jajajajaja… te dijo: “Bienvenue à la Ville Lumière!” Jajajajaja… y no “bla, bla, bla a la mierdé! Jajajaja… Oh dios, me oriné otra vez!”

03
Nov
14

LILITH

Alice Cooper / 2010

Amigos, esta es mi horrible historia, tan verdadera como que existe dios y el diablo, y que hoy he decidido contarla para que alguien más aprenda de esta aterradora experiencia… y esté prevenido.

LilitHace un año conocí a Lilith en una fiesta de Halloween, a la que fui disfrazado como Alice Cooper, cantante de hard y heavy metal rock, con la cara pintada, las arrugas y serpiente enroscada en mi cuerpo. Y lo que yo creí que era algo totalmente ridículo y risible, acerca de mi apariencia, resultó absolutamente atractivo para una mujer de cuerpo exuberante y belleza intimidante, disfrazada de… no sé qué, creo que de una guerrera de la antigüedad, pero muy sexy, y como me miraba fijamente me atreví a preguntarle:

“¿Quién eres?”

“Lilith… la primera y verdadera esposa de Adán!” dijo ella con voz grave y sensual, pero que a mí su explicación me sonó a nada.

“¿Y sabes quién soy yo?” repliqué inmediatamente con la intención y la esperanza de que la conversación continuara, porque su extraña belleza me había cautivado.

“Claro, eres Alice, te estuve esperando toda la noche…!” y Lilith acercó su rostro a mí, como invitándome a besarla, y yo solo atiné a darle un beso en la mejilla, y así sentí el intenso calor de su piel. Al retroceder pude ver que ella sonreía y adiviné que era a causa de mi timidez de no haberla besado en los labios. Así, casi extasiado, me quedé mudo por unos segundos, contemplando la belleza de su rostro, pensando que ahora ella seguiría su camino a reunirse con otros amigos de la fiesta… Pero, no. Ella seguía parada frente a mí, esperando que haga o diga algo. Pero yo no dije nada y me quedé paralizado. Entonces vi que Lilith, sonriendo, alzó su mano hacia mí y levantó mi barbilla, porque sin saberlo yo estaba con la boca abierta.

Lilith muy dueña de sus actos se colocó a mi lado, lo suficientemente cerca como para sentir su cuerpo, y comenzó a menearse al ritmo de la música de la fiesta: “Hey, Stoopid!” del rockero demoniaco al que yo emulaba con mi disfraz.

“Esta es la que más me gusta de ti!” me dijo Lilith y yo, malinterpretándolo, tuve la sensación de que me tomaba el pelo. Entonces reaccioné. Me di cuenta que si yo quería llegar algún sitio con esa mujer, la cama por ejemplo, tendría que despercudirme de mi estúpida timidez. Al fin de cuentas, era ella la que se había acercado a mí, pero yo no haría nada para que rebotara, sino todo lo contrario.

“¿Deseas tomar algo, Lilith?”

“Sí, tráeme una Mimosa, cariño!”

Así que me dirigí al bar a traer los cocteles, alegre de haber tomado la iniciativa.

No sé cuánto cocteles, Mimosas ella y Tequila Sunrise yo, tomamos esa noche, pero recuerdo que estábamos bailando “Down by the River” de Neil Young, muy pegados, sobando nuestros cuerpos, embriagados en alcohol y el néctar del deseo. No estará demás decirles, para cerrar esta aventura de la noche de Halloween, que nos fuimos a la cama. Si hicimos sexo, no lo sé, porque no recuerdo nada. Solo desperté como al mediodía del sábado con Lilith desnuda a mi lado en un del cuarto de un motel de Hollywood, y con un dolor de cabeza producto del alcohol bebido.

“¿Aló, mamá?” dije sentado en la cama del motel mientras Lilith dormía. “Sí, me tomé una copas de más y preferí quedarme en casa de unos amigos… disculpa que no te haya llamado, mom… Llego más tarde, no te preocupes de nada, ok?” y colgué.

“¿Con quién hablabas, Alice? Me preguntó suavemente y entresueños la adorable mujer que yacía en la cama, sin mostrar ningún reparo de su desnudez… ni de lo embelesado de mi mirada. Al contrario, Lilith comenzó a estirar sus brazos y piernas, y luego a contorsionarse sobre las sabanas. Si anoche no habíamos fornicado ya no me importaba, porque lo que veía ahora era más que una descarada invitación a hacerlo.

No sé a qué horas me dormí, solo recuerdo que bebíamos una mezcla de whisky americano, Jean Beam, con jugo de fresas y hacíamos sexo, luego más alcohol y más sexo, hasta perderme en la oscuridad de la nada.

De pronto desperté, y tuve la impresión de que despertaba nuevamente de otro sueño, porque todo lo que veía a mí alrededor ya lo había visto anteriormente, era como un Déjà Vu. Mi somnolienta mirada se paseó lentamente por la habitación, constatando que allí estaba Lilith, impúdicamente desnuda sobre la cama, en una pose inverosímil, mostrándome el Agujero Negro del centro de la Vía láctea, además el mismo cuadro en la pared, el mismo teléfono, la misma mesa de noche y lámpara. Todo era igual, a excepción de la ruma de botellas vacías, servilletas sucias y huesos carcomidos de las docenas de alitas de pollo que habíamos tirado dentro de un embase de cartón del KFK sobre la mesa, lo que me demostraba que no había soñado sino haber despertado antes en el mismo lugar.

“Holy shit!” exclamé al percatarme que era el mediodía del domingo.

“Aló mamá…! -dije cuando oí su débil voz a otro lado de la línea-… discúlpame, se me hizo tarde otra vez y volví a quedarme con mis amigos… pero esta tarde regreso a casa, mamá, no te preocupes!” No era posible. Jamás antes me había ausentado de casa de esta manera, sin ni siquiera llamar anunciando que no iba a llegar. Pero la cautivante belleza y exótica personalidad de Lilith, además del sexo y alcohol, me hacía perder la noción del tiempo y de mis responsabilidades.

Un atisbo de lucidez llegó a mi mente, en esa habitación del motel, y me hizo pensar que lo mejor era alejarme de Lilith. Realmente no sabía nada de ella a excepción de su nombre, si este era verdadero, y tampoco puedo decir que estaba enamorado de ella. Aunque no puedo negar que me gustaba de sobremanera y el solo hecho de recordar su cuerpo desnudo y lo que hicimos hizo que una corriente eléctrica recorriera mi cuerpo. Pero sacudí mi cabeza para alejar la malsana idea.

Cuando entré al baño a darme una ducha, ya había tomado la firme resolución de irme tan pronto me vistiera, así Lilith estuviera dormida. El agua caliente de la ducha comenzó a despejar el malestar de la resaca que sentía y me relajé girando alrededor del chorro de agua… Lamentablemente no duró mucho la sensación de libertad que tenía, porque Lilith entró y se hizo dueña de la situación. Creo que es en vano dar los detalles de lo que sucedió allí, mientras el agua caía incesantemente. Solo diré que volví a sucumbir ante sus encantos y la habilidad amatoria que ella tenía.

Desperté en la oscuridad, vi la silueta de Lilith a mi lado, y sin pensarlo dos veces ni hacer ruido me vestí y salí de la habitación.

Afuera del motel, el frio de la noche terminó por despertarme, así que caminé al parqueadero, tomé mi auto y me marché rumbo a casa. La sensación de libertad había vuelto a mí otra vez.

“Mamá!… -exclamé al verla que despertaba, sentada en el sillón de la sala de la casa-… perdona por mi descuido de estos días!” le dije con sinceridad y ternura, abrazándola fuertemente.

“No te preocupes, Raulito. Lo importante es que estés en casa!” Me dijo al oído cuando la abrazaba, sin regañarme en absoluto.

Sí, tengo 22 años y aun soy lo que muchos dicen: “hijo de mamá”, cuando la mayoría de mis amigos de la universidad de medicina viven fuera de casa, solos, con amigos de la facultad o enamoradas. Pero creo que sería injusto que yo la dejara ahora, después de que ella eligió mantenerse sola, sin compromiso, luego de la muerte de mi padre en un accidente, para cuidar de mí con tanto esmero. Más aun si, a pesar de su juventud, 40 años, sufría del corazón de una manera irremediable y ya estaba en una lista de espera para un trasplante… que no llegaba. Yo era testigo de verla como su salud se iba deteriorando más y más, así como pasaba el tiempo, y temía que muriera antes de llegar a la meta del quirófano.

Esa noche me fui a la cama arrepentido de mi mal obrar y de haber puesto en riesgo la salud de mi madre, además del cargo de conciencia en el supuesto pero probable caso de que hubiera habido una emergencia y no haber estado allí para auxiliarla.

Sin embargo, mi subconsciente me despertó a las 3 de madrugada, sudando y anhelando tener a Lilith a mi lado. Por mis ojos o mi mente desfilaban escenas obscenas, pornográficas, del recuerdo de los breves días y noches compartidos con ella. Yo trataba de que esas ideas se fueran de mi mente. Me volteaba y re-volteaba en mi cama, tratando de distraerme y quedarme dormido, pero fue en vano, las imágenes no se iban. Miré el reloj de pared. “Las cuatro, mejor me levanto!” me dije a mí mismo y fui a darme una ducha.

En el camino a la universidad y durante las clases, el rostro y exuberante cuerpo de Lilith aparecían como destellos brevísimos, que no pude evitarlos.

A la salida, cuando iba acompañado de un grupo de amigos con dirección al parqueadero, pude ver desde lejos a Lilith recostada en mi auto, así que me despedí de mis amigos y fui hacia ella.

LucreciaEsta vez ella vestía recatadamente, con una especie de túnica negra de mangas largas, sujetada en la cintura por un cinturón de apariencia metálica y debajo unos pantalones cortos de lycra que le cubrían los muslos, además de las medias negras y botas del mismo color. Pero lo más impresionante era la belleza y serenidad de su rostro. Ninguna malsana idea vino a mi mente esta vez, sino pronunciar para mis adentros, mientras me acercaba: “Dios mío, parece una virgencita!”

Y no pude resistirme. Al contrario, mi ego se regocijó con su compañía.

Al poco tiempo de iniciada esta relación ya no supe distinguir entre el deseo sexual que sentía por Lilith o el amor. Todo lo que sabía era que no podía vivir sin verla. De esa manera descuidé mis estudios y, peor aún, mis ausencias de casa empeoraron la salud de mi madre… pero ya nada me importaba.

Perdí a la mayoría de mis amigos, porque Lilith se comportaba de manera muy arrogante con ellos, y cada vez fui alejándome de todo lo que representaba mi yo. Ahora solo asistía a los lugares preferidos de ella y con la gente de su entorno, quienes me miraban con desdén, como si fuera poco hombre para Lilith.  “Alice, te tienen envidia!” me decía cuando le reclamaba lo esnobistas que eran ellos… Y ella persistía en llamarme “Alice” a pesar de haberle remarcado mi nombre: “Raúl!!!”

Y así pasaron los meses y yo cada vez más sumiso a la voluntad de Lilith, aunque confieso que me sentía más feliz que nunca. Hasta que llegó el mes de aniversario de nuestro amor: Octubre.

“Alice, vamos a tener una reunión muy importante para los preparativos de Halloween… -me dijo Lilith entre sudores después de nuestro consabido e insaciable rito sexual-… y quiero que me acompañes porque el Maestro quiere conocerte!”

“Pero… creo que ya me lo presentaste una vez!”

“No. Este es el Maestro Mayor, el Maestro de maestros, y viene de Europa para los preparativos y la ceremonia principal! Él me tiene una especial consideración y, repito, quiere conocerte. No me defraudes!!!”

Y así, lo que ella dijo se hizo. Esa noche, unas semanas antes del 31 de Octubre asistí acompañando a Lilith a una casona a las afueras de Los Ángeles.

Estábamos en una espaciosa pero lúgubre sala que más parecía el de una Iglesia. Había mucha gente, sentados en unas bancas de madera, vestidos con una túnica negra que les cubría de pies a la cabeza, de esa manera no sabíamos quién era quién. Nosotros no éramos la excepción en nuestro vestir, aunque el color de nuestras túnicas nos diferenciaba del resto ya que eran de color rojo.

El sonido de un órgano llenaba la sala con una melodía que había oído en las películas de terror: “Dark Moon” de Paul Mottram. Así que yo pensé que todo esto era el montaje para una farsa y me preparé a disfrutarlo.

No puedo negar que la entrada del Gran Maestro fue espectacular. Primero, en total silencio la sala se llenó de una densa nube que apestaba a azufre. Luego se oyó la música estridente de un rock interpretada al revés que daba escalofríos. Entonces, de la penumbra apareció un inmenso… ¿Hombre? No. Este tenía facciones de hombre pero era del color rojo y tenía cuernos y cola. Y no se detuvo hasta llegar al pódium que le habían preparado.

De pronto me miró, y un escalofrío recorrió mi cuerpo y no deje de temblar.

Lilith tuvo que sostenerme de un brazo para no caer al suelo. “Animo, Alice, no me defraudes!”

diablo“Dios mío, es el mismísimo Diablo!!!” exclamé sin palabras. Y el Maestro de maestros gruño, como leyendo mis pensamientos, escandalizado de haber dicho “Dios” para mis adentros, y no dejé de temblar. Pero lo peor estaba por venir.

Lucifer habló con voz tétrica, aliento putrefacto y sin rodeos: “Lilith, tienes que traerme el corazón de la madre de tu pareja, sino no podrás renovar el contrato de la vida eterna!!!” Y dando media vuelta se marchó, en medio de gritos y llantos que los concurrentes lanzaban como alabanza al gran Maestro.

Yo ya no era consciente de lo que sucedía a mí alrededor. El pedido del demonio o la farsa de este me había aturdido totalmente.

Así, solo pude reaccionar cuando Lilith detuvo el auto, en un recodo del camino de regreso a Los Ángeles. Ella me miró en silencio, en la penumbra y soledad del camino.

“Alice, no me defraudes, seremos eternos y podrás poseerme cuando quieras y para siempre!”

“Lilith, mi madre es lo que más quiero, no puedes pedirme eso!”

“Tu madre ya no vivirá mucho, Alice, ella está muy enferma y a punto de morir. Por el contrario, si haces lo que te pido, tú… y yo… tendremos la vida eterna a cambio!”

Lilith me beso tan pronto dejó de hablar para no darme la oportunidad de replicar su pedido, mientras que con sus manos manoseaba mi miembro viril para lograr mi excitación. Así, una vez que lo logró cambió sus manos por sus labios y ardiente lengua, sin dar tregua a que el raciocinio llegara a mí, y al oírme gemir se posó sobre él para fornicar con violencia en el limitado espacio de auto. Debo confesar que el lado de mi instinto animal de mi ser se había apodera de mi conducta y en el momento culminante del éxtasis sexual sentí que mi alma ardía y vi fugazmente al demonio lanzando una carcajada por su triunfo.

Lilith me dejó en el parqueadero donde había dejado mi auto y se marchó en silencio.

Yo, como un verdadero zombi, es decir como un muerto sin alma ni pensamiento, tomé mi auto y conduje a casa sin ser consciente de cómo lo hacía. Solo me percaté del lugar en donde estaba cuando me detuve frente de mi casa. Allí me vino el alma al cuerpo y lloré, lloré por un largo rato. Avergonzado de lo bajo que había llegado. Hasta que oí que alguien tocaba débilmente las empañadas lunas de mi auto. Al abrir la puerta de mi auto vi a mi madre frente a mí… y no pude contener mis sentimientos.

Salí de auto tambaleándome y llorando abracé a mi viejita linda, llenándola de besos como nunca lo había hecho, diciéndole que la amaba más a que a mi vida y prometiendo, para mis adentros, que jamás volvería a ver a la demoniaca de Lilith. Mientras mi madre me consolaba diciéndome: “No debes tomar demasiado hijito!” creyendo que el desborde de mis emociones eran producto del alcohol.

Al día siguiente mi madre quiso servirme el desayuno pero no pudo, así que fui yo quien la atendió y luego me marché a la escuela preocupado de lo débil de ella estaba.

En el camino y durante las clase no pensé en Lilith, ni su imagen vino a mí como en otras veces, y me sentí libre de su malévola influencia. Cuando salí y me dirigí al parqueadero tampoco estaba ella. Así que me fui a casa, feliz de haberme librado de Lilith.

De regreso encontré a una ambulancia de los paramédicos parqueado en la acera, frente la puerta de mi casa. Adentro, en la sala, estaba mi madre reclinada en el sofá, siendo atendida por dos de ellos.

“Ya hemos estabilizado sus signos vitales, pero tiene que llevarla al doctor en la brevedad!” Me dijo uno de los paramédicos. Y así lo hice, esa misma noche llevé a mi madre al hospital para que el doctor la vea.

“El tiempo de tu madre se ha agotado, la próxima vez tendremos que usar las maquinas para mantenerla viva… su corazón ya no responderá!” me dijo su doctor con cruda sinceridad. Y agregó: “Tiene que quedarse. En el muy probable caso de un  próximo paro cardiaco, los paramédicos no llegarían a tiempo para auxiliarla!”

Pero yo repliqué firmemente: “Doctor, quiero a mi madre en casa, Ud. sabe que ya casi soy un medico y sé cómo cuidarla!”

Llevé a mamá de regreso a casa y allí la acosté lo más cómodamente posible. “Yo te cuidaré mamita linda, duerme tranquila!” le dije y le di un beso en la mejilla. Luego me fui a dormir.

Pero en la medianoche, en pleno sueño o despierto, no sé, escuché la voz del doctor del hospital que me decía repetidas veces: “El tiempo de tu madre se ha agotado, la próxima vez tendremos que usar las maquinas para mantenerla viva… su corazón ya no responderá!” Y de pronto, de la nada, apareció el virginal rostro de Lilith ante mis ojos, diciéndome: “Tu madre ya no vivirá mucho, Alice, ella está muy enferma y a punto de morir. Por el contrario, si haces lo que te pido, tú… y yo… tendremos la vida eterna a cambio!”. Lilith estaba arrodillada sobre mi cama, acariciándome mientras hablaba, y sin darme más oportunidad hizo lo mismo de la última vez, en el auto. Pero en esta oportunidad yo estaba decidido a no permitirlo, así que traté de alejarla empujando su rostro fuera de mi sexo, pero no pude desprenderla. Entonces la agarré de los cabellos y sin ningún miramiento la sacudí enérgicamente para que me soltara… y tampoco lo logré. Y en la desesperación grité, porque en mi alma sentía que la razón y mis valores sucumbían ante la sensación del instinto animal del placer… y no pensé más… solo gocé de la exquisita lujuria que me brindaba los ardientes labios de Lilith… toda la noche, suavemente y de manera interminable… pero sin llegar al éxtasis.

De pronto desperté y mi único pensamiento era ver a Lilith y de fornicar una eternidad. Salí de casa, desesperado, sin despedirme de mi madre, para buscar a Lilith.

Su teléfono no contestaba a mis llamadas y yo desesperaba cada vez más y más, porque ya había dejado decenas de mensajes pero ella no respondía. Así, rogué no sé a quién, poder encontrarla en su tienda, en la antesala de su casa, de suvenires satánicos que vendía de manera legal al público, en Santa Mónica.

Cuando llegué la encontré detrás de un escritorio, sentada en su sillón reclinable. Me acerqué y sin más me arrodillé ante ella y me hundí en su regazo, y entre sollozos le pedí perdón. Le dije que estaba dispuesto a hacer lo que me pedía, pero que no me dejara. Ella acarició mi cabello y lentamente se limitó a subirse la falda y separar sus rodillas para que yo alcanzara sus ya húmedos y ardientes labios. No sé cuánto tiempo estuvimos embriagados en el sexo, porque lo que empezó en el sillón reclinable de su escritorio, continuó en la bañera, en el piso del corredor, en la cocina, para finalmente despertarme en su cama.  Creo que esta vez mi conciencia moral había muerto definitivamente, porque no sentía ningún remordimiento, al contrario, estaba tranquilo, y se puede decir que hasta feliz, porque mi ansiedad había acabado. Ahora no solo sabía lo que tenía que hacer, sino que estaba dispuesto a llevarlo a cabo. Luego salimos a un Coffee Shop cercano.

Lilith, mientras tomábamos un café en la calle, me dijo: “Alice, te he preparado una lista de lo que tienes que tener preparado… -y lo leyó antes de entregármelo-… Una caja conservadora de tamaño apropiado y mucho hielo. Una solución anticongelante y una solución salina… todo eso lo consigues en una farmacia. Lo del alcohol yodado, guantes, bisturí y otras cosas ya lo sabes, tú eres ya un doctor…” y yo guardé la lista en el bolsillo de mi chaqueta. Luego del café volvimos a la cama y esta vez fue ella la que se paseó por todo mi cuerpo. Ya en la tarde me despedí de Lilith con un acuerdo de reunirnos más tarde para la ceremonia de esa noche.

De regreso a casa compré todo lo necesario en el camino porque sabía que no habría más tiempo. Y así fue, ya que encontré a mi madre totalmente inerte sobre el sofá. No me distraje en nada y fui directamente a donde ella. Chequeé su pulso y comprobé que los latidos de su corazón eran muy débiles y desacompasados, como el sonido del motor de una carcocha próxima a apagarse definitivamente. Juro que mis sentimientos habían desaparecido y ahora actuaba con la frialdad profesional de un medico. Acto seguido, a sabiendas que ya no había marcha atrás, descubrí el pecho de mi madre, limpié la zona de su corazón y alrededores con alcohol yodado y le inyecté una solución apropiada directo al corazón… ya no había vuelta atrás.

Antes de salir de casa e ir al encuentro de Lilith, revisé que todo esté en orden, y lo estaba, ahora ya no había más tiempo que perder. Entonces, tomé el teléfono, marqué 911 y llamé a los paramédicos, ellos comprenderían. Y salí raudo al encuentro del destino, cualquiera que fuera este.

“Alice, lo trajiste?” me dijo Lilith ansiosa.

Y yo, sonriendo, levante la caja conservadora.

“Wow, Alice, te adoro, nunca te vi tan seguro de ti mismo, me gustas!”

Y sin más dilación nos fuimos con rumbo al lugar en donde se llevaría a cabo la diabólica Ceremonia.

Por el camino, solo tuve un instante de debilidad cuando el cuento “El Ruiseñor y la Rosa” de Oscar Wilde y “Balada Catalana” de Vicente Balaget llegaron a mi mente, y una lagrima rodó por mi mejilla. Pero me repuse inmediatamente.

Ya era de noche y parecía que la carretera era solo para nosotros. Dentro del auto reinaba el silencio. Entonces en un recodo del camino me detuve y encendí la luz interior. Lilith estaba extrañada por haber detenido el auto y me miro directamente a los ojos. Yo no sé lo que vio en los míos, pero lanzó un grito descomunal.

De vuelta a la carretera conduje desenfrenadamente, casi como un loco, pero sabiendo perfectamente lo que hacía.

Freneé haciendo rechinar las llantas de mi auto, frente a la puerta de emergencia del hospital, y corriendo por el pasillo de este llegué al quirófano en donde estaba mi madre y grité:

“Doctor, ya puede operar a mi madre, aquí traigo un corazón!”

 

27
Jul
14

LA VIUDA NEGRA

Viuda negra1

MICHAELANGELO  BARNEZ

Nota del autor: Queridas amigas y amigos, hoy les traigo un cuento, repito, un cuento y no algo que me sucedió, por más que lo narre en primera persona. Claro que resulta todo un halago hacerles creer en mis cuentos que realmente me sucedió o fui testigo de esas historia que, quiéralo o no, le sucedió a alguien en el mundo de una u otra manera. Allí va, pues…

Hace unos meses celebramos el 50 aniversario de la promoción de la escuela secundaria en donde estudié. Allí, lamentablemente, no pudieron estar todos los que egresamos; unos por estar muy lejos y ocupados, y otros porque habían hecho el consabido viaje sin retorno. Como sea, la celebración fue muy amena, llena de alegría y cariño fraternal por el reencuentro.

De allí, luego de la algarabía de la Cena y Baile en un centro de celebraciones de un hotel de cinco estrellas, nos retiramos prometiendo reunirnos más a menudo. Aunque mis más cercanos amigos y sus esposas no querían irse a casa inmediatamente. Así que los invité a ir a la mía… a seguirla!!!, como decíamos y hacíamos antes, pero ya no en el mismo sentido de una juerga de esos tiempos, sino a hacer lo que no habíamos podido hacer durante la fiesta, y esto era conversar, intercambiar tantas experiencias acumuladas todos estos años y contarlos sin ninguna presión o compromisos.

En el camino a mi casa la mayoría de mis amigos compraron bebidas y botanas, a pesar de que ya les había dicho que tenía de todo en casa. Así, cuando fueron llegando comencé a apilar botellas de Whisky, Vodka y Tequila en mi bar y las botanas nacionales en el frio bar; y ellos encontraron una variedad de fuentes de botanas al estilo de california, vinos peruanos y nuestro infaltable pisco, es decir yo estaba preparado… por algo soy viejo en estas lides.

Todos teníamos mucho que contar de nuestras vidas, ya sea como profesionales u hombres de familia… y así lo hicimos una vez bien instalados alrededor de una gran mesa, bebiendo y comiendo con mucha moderación, prestando atención a las palabras de quien hablaba.

Todos contaron acerca de cómo conocieron a sus parejas, de sus logros y éxitos en la vida, de los hijos y también de nietos que ya llegaban.

Así las horas pasaron volando y ya en la madrugada comenzamos a rememorar nuestras travesuras de adolescencia. Y de todas ellas, una merece contar.

Fue durante el llamado viaje de promoción que hicimos al Cuzco, vía Arequipa y Puno, en donde a uno de los compañeros, el mas “vivo” de la clase, se le ocurrió debutar en el arte amatorio con una “obrera” del oficio más antiguo, lo cual no tiene nada de malo, pero sí hacerlo a más de 4,000 mts de altura sobre el nivel del mar, en Puno, lo que le costó a este costeño ir al hospital en emergencia porque se ahogaba, y así perderse el resto del viaje.

Bien con este antecedente contado y por todos nosotros festejado, el susodicho se animó a contar lo que le sucedió años más tarde, cuando ya era un profesional y gerente de una gran empresa importadora.

Resulta que en el proceso de la firma de un acuerdo muy importante con otra empresa de Hong Kong, tuvo que viajar con su asistente a esa gran ciudad del lejano oriente.

Una vez allí, desde su llegada, fueron atendidos en todas sus necesidades de alojamiento y transporte, así como asesorados con guías y traductores hasta que firmaron el pretendido contrato.

Una vez terminado los asuntos de negocio tuvieron un día más para ir de compras y la consabida diversión, antes de regresar, así que esa noche ambos decidieron darse “la vida loca”. Así, con eso en mente le preguntaron con toda confianza al guía que los había acompañado desde el primer día, por un lugar donde conseguirlo, y este, ni corto ni perezoso, no solo los iba a orientar con una información, sino que se incluyó en el paseo del placer.

Esa noche, no bien se ocultó el sol, empezaron a recorrer diversos lugares que ofrecían con sus brillantes luces de neón toda clase de pecados; desde las comidas y bebidas exóticas hasta el carnal en su variedad para mirar o “tocar”. Mi amigo, el mismo loco que se le ocurrió hacer el amor a 4,000 mts. en Puno, estaba eufórico por hacer lo mismo, pero ahora en Hong Kong, a nivel del mar… Y así fue.

De nada valió los consejos de su asistente y del guía para que tome las cosas con calma y no bebiera tanto, y de que era preferible escoger un solo lugar para todo lo que él quería, porque allí se lo ofrecían por unos buenos dólares. Pero el loco estaba eufórico y, ya bebido, incontrolable.

Los tres estaban en la barra del bar de un buen centro nocturno, bebiendo y charlando, a la espera de que las consabidas damas de compañía del lugar se acercaran; mientras a sus espaldas unas bellas mujeres se esmeraba en su baile exótico en la pista y en el tubo, mientras que el guía y el asistente se enfrascaron en una conversación de cómo abordarlas cuando se acercaran.

De pronto se percataron que el loco había desaparecido del lado de ellos; lo buscaron en el baño, en los cuartos privados y por los alrededores del centro nocturno y no lo encontraron. Así decidieron esperar unos minutos, en caso de que esté con alguna dama en los privados a puertas cerradas… pero, nada, no apareció. El loco les había arruinado la noche. El guía comentó que si andaba bebido, perdido por las calles a estas horas… nada garantizaba su vida.

El guía, más para librarse de responsabilidades que otra cosa, le pidió al asistente que denunciara la desaparición de su jefe… Pero en la estación de policía le contestaron entre carcajadas que seguro estaba “viviendo la vida loca” y que ya aparecería, y como sea, ellos no podían hacer nada antes de las 48 horas de su supuesta desaparición.

El asistente y el guía no podían hacer más; y se despidieron una vez que el primero ya estaba en el lobby de su hotel, con el compromiso de contactarse al día siguiente.

El asistente durmió a piernas sueltas a pesar de no haberse embriagado por el susto, sino de la cantidad de alcohol consumido. Pero fue despertado casi al medio día por la ruidosa llegada de su jefe y amigo… el loco había aparecido apestando a alcohol y con todo el cuerpo pintarrajeado de colorete por los besos recibidos.

El loco entró como un zombi, sin percatarse de nada, y se fue directamente al baño a darse una ducha. Allí pasó casi media hora y al salir le dijo a su asistente: “Hey, compadre, no entres al baño por un buen rato, porque lo he dejado, uyuyuiiii…!!!” y fue a sentarse en la otra cama vacía.

“Hay carajo, como me duele el culo, seguro que anoche me caí sentado al suelo de lo borracho que estaba!” añadió el loco. Luego el asistente le comentó de la preocupación que habían tenido por su desaparición, pero el loco no dejaba de vanagloriarse de la aventura sexual que había tenido esa noche, o de lo que recordaba de ella, con una mujer extremadamente linda, de talla y cuerpo espectacular y voluptuosa como ninguna, que le había dado el placer jamás conocido antes a pesar de su experiencia como don Juan, con mujeres casadas y mayores que él. “Sí, la Viuda Negra, así se hace llamar la bendita, rompió los límites de mi experiencia amatoria… oh, que placer dios mío!!!” decía el loco.

“Disculpe, jefe, debo llamar al guía, debe estar preocupado!” y sin esperar nada cogió el auricular y llamó.

“Sí, ya apareció mi jefe, no tienes por qué preocuparte!” le dijo al guía y este respondió algo siguiendo el diálogo.

“Sí, llegó bien, solo tiene un dolor en las sentaderas porque cree que se cayó al suelo de lo borracho que estaba!” le siguió contado el asistente.

“Ah, sí, no para de darme los detalles de su noche loca y de hablar de la Viuda Negra, creo que es una famosa vedette, ¿no?… Quééé?…” y el asistente fue interrumpido por el guía.

“Noooo, no puede ser!!!” el asistente casi gritó u luego lanzó una carcajada “Ja, ja, ja…!!! No, no puedo decírselo… dile tú!” y le alcanzó el auricular a su jefe.

El loco cogió el auricular con una mano, mientras con la otra se sobaba el culo. “¿Sí?” dijo y se quedó escuchando al guía, y luego de un largo minuto cayó desmayado sobre la cama.

El asistente volvió a coger el auricular caído y se despidió del guía. Luego mirando a su desmayado jefe, dijo: “Loco imbécil e ignorante, no sabías que la viuda negra es una araña que se come al macho luego de hacer el amor… Anoche estuviste con un travesti, borracho estúpido!”

20
Jul
14

DEL CORAZÓN

corriendo3Siento que ya estoy cruzando un punto crucial en el camino de la vida, aunque en este recodo no me resigno a bajarme en la estación: “La Tercera Edad”, menos aun en la estación que viene: “Anciano”, y no por rebeldía, así digan que es mandatorio, sino simplemente porque me siento capaz de acometer cualquier cosa, física o intelectual, siempre que me lo proponga y midiendo mis propios límites.

Pero una cosa es la positiva actitud mental que tengo, frente a la inexorable ruma de años que voy apilando sobre mi espalda que ya parezco el jorobado de París, y otra, la cantidad de achaques que, quiéralo o no, se van reflejando en mi capacidad y salud física.

Por ejemplo, no hay día que me despierte sin dolores, y no me refiero a mi linda vecina, sino a lo que siento en la espalda, a la altura de la cintura. Pero ya me acostumbré a ello, al punto de que se han transformado en un indicador mañanero, no del de mi fogosa juventud, sino de que he despertado y estoy vivo.

Y lo bueno es que con unos suaves movimientos de gimnasia, por unos minutos, las benditas molestias desaparecen totalmente. Entonces es cuando salgo a correr, ja, ja, ja, ya quisiera; es decir, salgo a trotar tres kilómetros… y es cuando siento mi corazón decir “pum, pum, pum, como el cañón”. Igualito como cuando hago mis ejercicios maritales en el rin de las cuatro perillas.

Así, les cuento que hace un tiempo, en uno de los días que salí a dar mis trotes matinales por las calles de la Molina, mi barrio, me sucedió algo que llamó mucho mi atención.

Yo ya llevaba como 20 minutos jadeando y trotando por las calles, cuando vi venir corriendo a una linda mujer. Yo no sé si son los años los que me han podrido el cerebro o es la dieta de lechuga que como a diario lo que lo ha verdeado. El asunto es que disminuí la velocidad de mi trote para observarla, al punto de quedarme parado, sí, como un idiota, con la boca abierta. La vi venir en cámara lenta, con sus frescos senos revoloteando, como queriéndose salir del ceñido t-shirt de lycra negra, a la vez que cimbreaba sus caderas al ritmo de sus saltitos. Yo no sé si babeaba o no, pero la señorita sonrió cuando pasó velozmente a mi lado.

Y yo, como si fuera un inspector de culos, la seguí con la mirada y me di con una grata sorpresa.

No sé si la hermosa fulana era una exhibicionista, una vedette o bailarina del Tubo, o todas esas cosas, pero en la ruina, porque el apretado pantalón de lycra que vestía dejaba al descubierto las redondeces de sus nalgas, como si fuera un hilo dental.

La impresión hizo que el “pum, pum” de mi corazón “trastabillara” y, olvidándome de la suculenta pototitos, comencé a chequear los latidos de mi corazón poniendo dos dedos en mi muñeca y luego en mi cuello.

Lo que oí no me gustó, así que me olvidé del ejercicio y me dirigí directamente a casa. En el camino noté que suspiraba repetidas veces y mi mal pulso no disminuía.

Una vez en casa llamé al doctor, y este, usando su estetoscopio, descubrió y nombró al desorden como: Una Arritmia y ordenó una serie de chequeos empezando con el más simple: un Electrocardiograma.

Luego de una semana que chequeos, los resultados fueron negativos a que estuviera mal del corazón. Pero yo ya había sido picado con el temor de padecer un mal cardíaco, ya que mi esposa, en todo este drama, me había dicho que en las noches, durante el sueño, ella había sentido que yo dejaba de respirar un largo rato, para finalmente dar una sacudida de cuerpo y empezar a respirar profundamente.

Lógicamente, yo le conté al doctor, pero él se remitió a los resultados gráficos que tenía en mano y restó importancia a lo dicho.

Luego pasaron varias semanas y yo volví a mi rutina física. Solo que ahora hacía gimnasia y caminaba un tanto rápido y nada más. Y en las noches dormía apaciblemente, aunque mi esposa me decía, cuando se daba cuenta, que había temblado varias veces.

Hasta que una noche, me contaron, dejé de respirar del todo y mi esposa hizo un alboroto de los mil demonios. Como si ya me hubiera muerto… y yo sin despertar o reaccionar. Como sea, llamaron a Emergencia y estos prometieron enviar una ambulancia, pero cuando llegaron yo ya había reaccionado y fui parte del coro de disculpas por la falsa alarma.

Solo ahora, y entre nos, les contaré algo que pueden tomarlo como quieran, total, solo yo sé que fue así.

Tengo un extraño recuerdo de que la noche que llamaron a la ambulancia, yo ya estaba en una sala de emergencia. Allí vi como en tinieblas, un tanto deslumbrado por la intensa luz del quirófano, a dos doctores, rodeados de enfermeras, que se acercaron a mí y me dieron un par de choques eléctricos sobre mi pecho, que sacudió todo mi cuerpo en la camilla, y fue cuando creí despertar. Yo miré agradecido a los doctores y estos me sonrieron también. Entonces dieron media vuelta y salieron del quirófano, fue cuando vi el par de alas que poseían en sus espaldas. Traté de mirarlos mejor a través del vidrio de la ventana y vi una mujer conversando con ellos, era mi difunta madre.

“No se preocupe señora, su hijo está bien!” le dijo uno de los… ¿doctores?

Y una luz más brillante me deslumbró y desperté en medio de la algarabía de mi familia… luego llegaron los de la ambulancia.

 

05
Feb
14

LA AMANTE Y LA ESPOSA

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Hola, debo confesar, para ser sincero y honesto (¿?) con Uds., que de joven fui un libertino, como bien dice un corrido mexicano: Borracho, mujeriego, pendenciero y jugador. Bueno, pero no tanto, eh!

¿Y esto me trajo problemas? Mmm… Déjenme decirles que creo que supe cuidarme y ver los límites de mis desvaríos, así que: No, no tuve problemas. Muy al contrario, a esta temprana edad y la espontánea explosión de mi personalidad me hizo muy popular en el barrio donde vivía y luego en la universidad, especialmente entre mis amigas, ji, ji, ji… Hasta que me casé. ¿Qué, me jodí? No, en absoluto.

Bueno, pero creo que Uds. quieren que hable de mi amante, así que iré directo al tema.

Creo coincidir con todos, o por lo menos con la mayoría que sabe, que la amante es una persona especial, que trae alegría, vitalidad, lozanía, gozo y principalmente placer sexual sin compromisos aparentes, amoralmente hablando. Y como los momentos compartidos son breves, relativamente, disfrutamos de ese tan ansiado extravío a plenitud. Con ella puedo hacer lo que quiera y plazca; ella siempre está a mis órdenes cuando la llamo para una cita y responde con tal alegría y ansiedad que llena mi egolatría de amante.

Con la esposa las cosas son diferentes. El matrimonio trae responsabilidades y compromisos, hijos y preocupaciones; las que están demás enumerarlas porque son tan conocidas que aburren y/o mortifican. Aunque no puedo negar que a través del matrimonio uno llega a alcanzar el desarrollo pleno, en lo personal y como pareja, y uno se siente realizado en la felicidad de los hijos y esposa. Creo firmemente que ellos son el aliciente del progreso económico del hogar, porque empezamos a desear tener una casa y auto más grande; ya no el depa de soltero ni el auto deportivo, solo para dos, de antes. Si realmente queremos a nuestros hijos, les daremos la mejor educación y seguro de salud que podamos… Amén de los caprichitos de siempre en la ropa y la moda… y todo eso cuesta. Por eso estudiamos, trabajamos y doctoramos; o arriesgamos nuestra salud mental invirtiendo hasta la camiseta en la empresa que dirigimos, y todo para poder pagar ese progreso económico, en el que mi esposa es una estricta administradora del gasto familiar.

Con la amante me relajo y voy al mejor hotel y restaurant de la ciudad o del lugar que decidimos escaparnos brevemente. Con la esposa la cena en casa es obligada y rodeados de los hijos y sus problemas. Aunque tengo que reconocer que ningún chef cocina más rico que mi esposa. A la amante no le importa cuánto gasto, a la esposa si, y si podemos ahorrar mejor, porque las vacaciones anuales con todos los hijos cuestan un ojo, o los dos, de la cara.

¿Pero… y la lealtad, la fidelidad, la felicidad…? Se preguntarán Uds.

Ah, sí, me olvidaba decirles que mi esposa es mi amante.

FELIZ DÍA DE SAN VALENTÍN!

21
Mar
13

Atrapada en una Pesadilla

Atrapada en una Pesadilla

“Hola doctora”.

“Adelante, por favor, siéntese lo más cómoda posible”.

“Gracias, doctora, gracias”.

“¿Y en que puedo ayudarla?”

 “Doctora, mi nombre es María Luz Cielo, tengo 35 años y mi marido 38. Tenemos tres hijos de 12, 11 y 6 años. El menor, Carlos Alberto,  fue nuestro último intento, luego de un lapso de cinco años que habíamos decidido no tener más hijos, por tener una mujercita en la familia. Pero igual, eso solo lo pensamos antes de tenerlo…” entonces María Luz hizo una pausa, tragó saliva o algo muy parecido al falso orgullo propio, debido a que sentía una gran vergüenza de hablar acerca de algo tan íntimo, aun cuando tenía al frente a una doctora en siquiatría y estar absolutamente solas. Pero, venciendo esa barrera interna, se animó a hablar, pues para eso había hecho la cita con anterioridad.

 “La razón por la que he venido, doctora, es que últimamente he tenido horribles pesadillas”.

“Las pesadillas son eso, María luz, sueños horribles, y muchas veces sin aparente sentido, ya que son temores disfrazados…” comentó la doctora amablemente, a manera de relajarla, para que a María le sea más fácil ser más especifica en explicar su problema.

“Doctora, sueño que, por alguna razón que desconozco, estoy recluida en un sanatorio para enfermos mentales… Es horrible, doctora, en mi sueño estoy en una sala rodeada de gente alterada con las que no puedo compartir las más mínima conversación, digo esto por solo mencionar lo básico entre otras actividades en las que me veo forzada a participar, si se puede llamar participar a estar totalmente quieta, sin hablar, ni moverme, como una muerta, como si mi mente no estuviera allí. Pero, además de esa tortura sicológica, recibo el constante maltrato por parte de los doctores y enfermaras, ya que me tratan como una paciente y yo me opongo, porque estoy totalmente cuerda. Pero ellos no me hacen caso, no me prestan atención, no escuchan mis explicaciones. Yo me enfrento a la terapia que me dan, no quiero los electroshocks, ni los baños con agua helada, pero no puedo luchar contra ellos y finalmente me vencen.  Solo tengo paz cuando, en mi pesadilla, me llevan o logro refugiarme en mi dormitorio y me duermo. Es en ese momento en que por fin logro despertar y ver a mi esposo a mi lado, dormido. Pero el sueño me deja muy alterada, nerviosa, asustada a que pueda verdaderamente perder la razón.”

“María Luz… -empezó a interrogarla la doctora-… ¿Acaso son siempre las mismas pesadillas, una secuencia de ellas con ese mismo tema o totalmente diferentes?”

“Doctora, ahora hasta tengo miedo irme a dormir, porque las pesadillas han sido repetitivas, sino diferentes, aunque relacionadas con el mismo tema… No obstante, tengo otras que empiezan muy lindo, pero se vuelven horribles, al extremo que me sacudo, muevo mis brazos y grito para lograr salir del mal sueño, pero no lo logro fácilmente.”

“¿Y cómo son esas pesadillas?” preguntó con avidez la doctora, adivinando que por allí podría encontrar la explicación del tormento onírico.

“Como le dije, doctora, empiezan muy lindas porque estamos en casa con mucha alegría, preparando nuestro equipaje ya que nos vamos de camping por tres días. Los niños se ven muy animados preparando sus mochilas con sus pertenencias personales. Mi marido se encarga de preparar el equipo de la tienda de campaña, los sacos de dormir y de la caja conservadora para los refrigerios, y empacar, además de todo lo que concierne al mantenimiento de la camioneta 4×4 en que viajaremos. Yo me encargo de los sándwiches y jugos que llevaremos para el camino, además de escoger toda la comida fresca y conservada para los tres días. Además de todo lo concerniente a Carlos Alberto.”

“Tienes mucha razón, María Luz, lo que me cuentas es muy lindo porque con mi familia también hemos hecho esos viajes, que son muy extenuantes pero maravillosos…-comentó la doctora, y añadió-…  Ahora dime, ¿cuándo o qué torna a ese sueño en una pesadilla?”.

“Doctora, trataré de ser breve y le diré directamente que sueño que estamos viajando al Cañón del Colorado por la carretera 66, admirando la belleza del paisaje, pero al oscurecer vamos por un atajo que va por el borde de este. Esta vía no está asfaltada y es muy agreste. Yo le digo, mejor dicho, le ruego a mi esposo a que regrese a la vía principal y que nos hospedemos en un motel, solo por esa noche. Pero él insiste que conoce la vía y que no me preocupe de nada, porque ya la recorrió con sus padres cuando era un adolecente. Doctora, allí es cuando empieza mi desesperación, presiento que algo muy malo nos va a pasar, especialmente cuando la camioneta empieza a dar tumbos por el mal estado del camino. Doctora, eso ya lo he soñado repetidas veces y sé lo que viene. Reconozco el lugar que transitamos y sé que un terrible accidente va a ocurrir. Le ruego a mi esposo que pare, que no continúe, pero él no me escucha y vamos a lo que ya sé, nuestro fatídico destino. Doctora, en un recodo de la carretera aparece un camioneta pick up de gran tamaño, creo que le llaman Big-Foot, que viene en sentido contrario, con las luces muy potentes encendidas, y mi esposo pierde el sentido de orientación. Doctora, dios mío, nos desbarrancamos. Lo he soñado ya tantas veces, sin embargo siempre sufro lo indecible, sino igual, peor. Veo como todo da vueltas dentro de la camioneta, cayendo por el precipicio, oigo los gritos de mi esposo y de mis hijos. Dios mío, mis hijos, mis hijos, cada vez que sueño esto los veo morir, pero me doy cuenta que estoy dentro de una pesadilla y hago lo posible por despertar… entonces todo oscurece y súbitamente lo logro. Doctora, ya se podrá imaginar Ud. lo alterada que me encuentro cuando despierto en la cama, a lado de mi esposo. A veces él se despierta y me abraza, protegiéndome, y me dice: “Mary, tuviste un mal sueño, te escuché gemir mientras te movías angustiada…”. Luego me levanto, voy a buscar a mis hijos en su dormitorio y los veo allí, sanos, durmiendo plácidamente, entonces los acaricio sin despertarlos, me siento feliz de encontrarlos en sus camas. Luego, mi rutina diaria me envuelve, me doy una ducha fría que logra disipar mi preocupación, y así, preparo el desayuno, despido a mi esposo cuando va al trabajo, llevo a mis hijos al colegio y me voy a la oficina legal en donde trabajo como secretaria ejecutiva… es decir ya no tengo tiempo para pensar nuevamente en la pesadilla, pero luego de un tiempo, dos o tres semanas, o a veces meses, la pesadilla regresa.”

María Luz mira fijamente a la doctora, angustiada, en espera de una respuesta, y esta le dice, sin mucha preocupación: “Querida, María Luz, te voy a prescribir unas pastillas para que puedas relajarte durante el sueño y puedas dormir bien, estas desaparecerán con el tiempo.”

María Luz regresa más tranquila a casa y esa noche, luego de acostar a sus hijos, sigue las recomendaciones de la doctora, tomando las patillas relajantes antes de ir a dormir en brazos de su amado esposo.

“Pobre mujer… -comenta un doctor en una junta de médicos de un hospital para enfermedades mentales-… no hemos logrado traerla a la realidad desde el accidente que tuvo, hace dos meses, en donde perecieron su esposo y sus tres hijos. Cuando abre los ojos no deja de gritar desesperadamente, hasta que la sedamos con tranquilizantes para hacerla dormir, entonces se calma y hasta sonríe constantemente como si viviera un lindo sueño.”

15
Mar
13

Derrame Cerebral

porsche

John era un hombre relativamente joven, de 58 años, de excelente estado físico debido a que era deportista y mantenía una actitud jovial y despreocupada, quizás por ser un exitoso empresario en el campo del Arte y Espectáculo.

Pero la imagen que reflejaba en su círculo amical y mundano, de hombre feliz y exitoso, no correspondía con la de su vida amatoria. Hacía ya varios años que había terminado muy discretamente su vida conyugal con su esposa, Brigitte, aunque vivían juntos en la misma residencia. Los hijos ya habían dejado el seno familiar y se habían alejado de sus padres debido a la agria relación que estos mantenían últimamente, además de ser absorbidos por las que ellos mismos desarrollaban en sus nuevas familias y el magnífico ambiente de cordialidad del de los de sus parejas.

No es muy difícil adivinar que para una pareja en crisis, como la de ellos, tanto John y Brigitte, mantenían respectivas relaciones extramaritales, aunque eran muy discretos. Pero, ¿Por qué no se habían divorciado? Aparentemente hubiera sido una solución a la doble vida que llevaban ambos.

“Mira, John, las acciones de la compañía las has obtenido debido al matrimonio con Brigitte. Su padre te admiraba, pero era muy precavido y antes de morir puso como condición, en su testamento, que serías el presidente del directorio, como accionista mayoritario, mientras perdurase el matrimonio y si, como afirmas, ella sabe de tu otra relación y lo tolera, entonces sigue así, es lo que más te conviene”.  Le dijo muy claramente su abogado al ser consultado acerca de la posibilidad de un divorcio.

“Brigitte, no solo soy tu abogada sino también tu mejor amiga y te advierto que un divorcio sería la peor opción de tu vida. El lio que se armaría en el proceso de división de bienes los arruinaría económicamente a ambos, y estoy segura que tu marido lo sabe. Lo que si te recomiendo es que te vayas de viaje por el mundo y disfrutes de la vida con tu amante.” Le aconsejó la abogada, amiga y confidente ante la inquietud de Brigitte.

Pero ya había pasado más de un año, desde la coincidente consulta legal, y aun seguían conviviendo en el mismo lugar. Inclusive, habían hecho un intento de reconciliación en la noche del aniversario de bodas, pero resultó un fiasco total para ambos. Hasta que una noche, Brigitte no soportó más y quiso solucionar el problema de manera radical… y espero a su marido en el lobby de la casa…con una calibre 38 en mano.

Esa noche John estacionó su Porsche deportivo de color amarillo al frente de su mansión, donde solo él podía hacerlo, entre la fuente de agua y los escalones de la casa. Al entrar a ella encontró a Brigitte parada en medio del lobby, vestida de negro y sosteniendo un arma en la mano, al lado de su muslo, sin apuntarle, aunque sin intenciones de ocultarlo. A John le subió una fuerte corriente de calor hacia la cabeza, a la vez que se figuraba lo que iba a ocurrir, porque a él mismo se le había ocurrido la misma idea hacía un tiempo atrás, aunque la había desechado como algo totalmente descabellado.

John vio como Brigitte levantó el arma y esta se detuvo apuntándole a la cara, y quedó paralizado a escasos dos metros de distancia. Pudo ver el negro agujero de la 38 y detrás el duro rostro de su mujer. Estuvo a punto de implora calma, pero el destello de una potente luz lo encegueció y cayó pesadamente al suelo.

Cuando llegó la policía y la ambulancia encontraron a John en un charco de sangre en medio del lobby. Brigitte, ya sin el arma y cubierta de una bata de dormir, lloraba desconsoladamente mientras respondía las preguntas de estos.

A John lo llevaron de emergencia al hospital y los doctores diagnosticaron que él había sufrido un derrame cerebral, aunque su caída al suelo con la consecuente hemorragia lo había liberado de la fatal presión craneana que ocasionaría tal derrame, y así, salvado su vida… pero eso no lo libraba de las fatales consecuencias que le acarrearía.

Brigitte, aunque triste y asustada por los acontecimientos, se sentía liberada de toda culpa por no haber llegado a disparar. Tristeza y susto que duró muy poco, ya que a los quince días John regresó a casa aún convaleciente y con un largo proceso, prescrito por los doctores, de una terapia para su recuperación. Si en un principio se sintió culpable del estado de John, este sentimiento se transformó en compasión, pero, semanas más tarde, en fastidio e intolerancia ante el “imbécil” que tenía delante, que babeada constantemente, arrastraba los pies y, por si esto no fuera suficiente, se cagaba y orinaba en los pantalones.  Claro está que Brigitte no atendió a su esposo en ningún momento. Simplemente contrató a una enfermera para que se encargara de todo y luego se lo llevó a Miami para internarlo en una clínica de rehabilitación y desentenderse totalmente del problema, humanitariamente, dinero había y de sobra. Luego se fue a pasear por el mundo con su adorado y juvenil amante, no sin antes dejar expresas ordenes al vicepresidente del directorio de la empresa que todo continuaba igual que antes.

“Amor mío, han sido los dos meses más terribles de mi vida. No sabes que ya se me habían acabado las babas, mierdas y orines fingiendo que no me recuperaba, pero al fin estoy libre. La muy estúpida de Brigitte ni siquiera se percató que las cámaras de vigilancia habían grabado todo lo sucedido esa noche en el lobby, y si no disparó, por lo menos hubo un intento de asesinato, y ya tengo el video a buen recaudo. Regresaré a casa y viviremos allí y si la bruja reclama algo más de lo que le voy a dar para que se divierta y no joda, la denunciaré… Llego a la media noche, en el vuelo 756, desde Miami, espérame en el aeropuerto”. Y John apagó su celular y se dispuso a transponer la puerta de abordaje del avión que lo llevaría a la tan ansiada felicidad con su nueva pareja.  




“TE VERÉ EN SUEÑOS”

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