Archive for the 'Ironía' Category

19
Ago
15

YO TÉ

C. Denueve 4Ya era mediodía cuando me senté alrededor de una pequeña mesa redonda para dos, de mantel a cuadros rojo y blanco y al aire libre, en la acera del Café Le Dome, de La Ciudad de la Luz: Paris, cercano a la plaza en donde se erguía la imponente Torre de Eiffel, en espera de la única amiga que tenía allí, a quién solo había conocido a través de un portal literario de las redes virtuales de internet. Ella, Marie Denueve, era la persona fundamental para mi corta estadía en esa gran y hermosa ciudad, ya que hablaba, además del obligado francés, el inglés y español; estas dos últimas las únicas lenguas que yo dominaba.

A decir verdad, desde que salí del aeropuerto internacional de París, Charles de Gaulle, me sentí perdido, ya que tenía dificultades para comunicarme con la gente con quienes ineludiblemente tenía que tratar. Al taxista solo le enseñé el tríptico de propaganda del hotel para hacerme entender que me llevara allá, aunque al querer pagarle por el servicio y no entender lo que me decía opté por enseñarle una baraja de billetes de Euros, equivalentes a $80 Dlls, para que él escogiera lo debido, y el taxista tomó todos y me agradeció con una amplia sonrisa. Realmente no me sentí mal con la actitud de este, ya que yo sabía de antemano que era la tarifa aproximada, incluyendo la propina.

En el hotel me fue más fácil ya que hablaban inglés y mi agente ya había hecho las reservaciones del caso. Solo tuve que mostrar mi pasaporte americano y mi tarjeta de crédito para que las muy amables francesas me atendieran como un rey. ¿Francesas? No, no lo eran. Luego me enteré que realmente eran españolas, pero solo me hablaron en inglés durante mi corta estadía.

Así transcurrieron mis primeras horas, acomodándome en mi suite del hotel Saint Dominique, ubicado en la calle del mismo nombre; en el lobby de este y luego aventurándome a caminar por los alrededores, sin alejarme mucho para no perderme. Y en la noche viendo la TV en cable.

“A cappuccino, please!” le dije al maître del café cuando este se acercó a atenderme. Luego, desplegué el diario, Los Ángeles Time, que gentilmente me habían obsequiado en el avión el día de ayer, y repasé las noticias ya obsoletas, mientras había dejado sobre la mesa los tres libros que pensaba obsequiar a mi amiga Marie: “Rayuelas” de Cortázar; “Los Heraldos Negros” de Vallejo; y “Te Veré en Sueños” la novela que iba a presentar el próximo viernes.

Pero Marie demoró más de lo que yo demoré en beber tres tazas de café, así que, como ya era hora del almuerzo, le pregunté al maître por el menú, y este me trajo una cartilla con todo lo que servían allí… escrita en francés por supuesto. Pero no tuve dificultad para elegir lo deseado, porque no iba a almorzar aun, sino matar el hambre y justificar mi larga espera en esa meza del concurrido Café. En la lista vi una foto a colores, entre muchas, con una descripción: “Crêpes gratinées à la mozzarella et jambon”.

“I want this, please!” le dije poniendo mi dedo en el grafico, adivinando que era un Crepé de mozarela y jamón. Y el maître me entendió… Pero agregó: “Et pour la boisson? Y me dejó en el limbo por tres segundos,  para remontarme a los años de mi llegada a gringolandia, cuando sin saber inglés adivinaba lo que me decían acertando casi al 100% de veces, cuando me hablaban. Entonces le respondí: “A cold Pepsy, please!”  Y el maître se fue.

El hojear el diario en mis manos solo cumplían una fachada a mi prolongada espera por Marie. Realmente no tenía ningún interés en releer las noticias ya pasadas y menos los abundantes avisos comerciales. Y de tanto en tanto, miraba a mí alrededor y observaba a la gente que ya iba llenando las mesas contiguas. Y una vez más pude comprobar que el mundo se había globalizado no solo económicamente, sino en razas y culturas, tan igual como sucedía en California desde ya muchos años atrás.

Y mientras paseaba mi mirada observando a la gente del café, mis ojos coincidieron con los de una linda joven, sentada a pocos metros de mí mesa, quien me sonrió amablemente. Yo, caballerosamente, respondí con una leve reverencia con la cabeza y una sonrisa en mis labios, y continué con mi observación, sin mostrar mucha importancia al hecho en particular. Aunque para mis adentros pensaba que quizás ella me conocía del portal literario o en Facebook. Intrigado, volví a buscar sus ojos y encontré su fresca sonrisa y alegre mirada sobre mi persona. Y yo solo atiné a responder de la misma manera, para luego refugiarme en el diario, simulando leerlo.

Mientras comía mi Crepé volví a mirarla, y volví a encontrar su dulce mirada y sonrisa. Entonces yo, cogiendo el vaso de hielo con soda, hice un ademán levantándolo, mientras decía con una sonrisa y sin palabras sonoras: “Salud!”

Ella se alegró e hizo lo mismo diciéndome algo que yo entendí como: “Yo té!”

Continué comiendo y bebiendo a sorbos mi soda, mientras pensaba que usualmente mal interpretamos los gestos, creyendo que ella había mal entendido el mío, cuando levante el vaso, como refiriéndome al contenido de mi vaso, por lo que ella me contestó con lo ella bebía: “Yo té!” sin palabras.

Yo ya había terminado de comer mi crepé y mi paciencia por la espera se había agotado también, así que estaba dispuesto a pedir la cuenta y regresar a mi hotel. Pero antes hice el último intento de comunicarme con Marie, solo para obtener la misma decepcionante respuesta de que sistema satelital de esa zona no registraba mi llamada.

Así, mientras tenía el celular pegado al oído, vi como la linda joven se acercó a mi mesa y me dijo: “Yo té!” y con toda naturalidad se sentó en la silla libre.

Yo, muy solicito, llamé al maître con un ademán de mano para que se acercara y ordenarle lo que ella pedía: Un té. Pero la linda muchacha, sonrojada y ofuscada, se levantó y se fue, sin antes decirme algo, en voz baja, como un susurro, que entendí como: “bla, bla, bla, la mierdé!”

Realmente yo no comprendí lo que había sucedido y menos aun el motivo del porqué esta bella joven me había mandado a la mierda.

Pero mi confusión fue breve ya que la tan esperada amiga Marie Denueve por fin llegó.

Nos abrazamos, besamos y sentamos, y sin dejarme decir una palabra empezó con un interminable tsunami de palabras.

“Querido Mich, que guapo eres, mejor de lo que aparentas en las fotos de tu portal literario y en Facebook, como me gustan los latinos-hispanos, dios mío, como me gustas Mich. Pero bueno, te pido disculpas por no haber ido ayer a esperarte al aeropuerto, estuve tan ocupada con lo de tu presentación para este viernes que recién hoy lo he finiquitado todo. Vamos a tener como invitados a un poeta español y a un peruano ayacuchano que toca lindo el charango, ambos residentes en París, además de la presencia del agregado cultural del Perú en Francia. Todo eso lo logré recién hoy, en esta mañana, por eso es que demoré tanto, además de que no contestabas tu celular. Te llamé mil veces y nada. ¿Está malogrado? Bueno no importa ya, porque por fin nos reunimos para hablar frente a frente y…” y Marie continuó hablando, asegurándome la presencia de los amigos del portal literario, la comunidad peruana y de países hermanos residentes en Paris, dándome todos los detalles del evento literario y los preparativos para los días siguientes, previos al evento. Mientras yo solo asentía con la cabeza a todas sus decisiones ya tomadas por Marie.

Luego de la andanada de palabras de mi amiga, cambiando de tema, recién pude contarle mi breve experiencia de las 24 horas que llevaba en Paris.

Así, tuve la oportunidad de preguntarle acerca del comportamiento de la bella joven, que de cierta manera podía decir que había conocido en ese Café.

Y le conté todo, con lujo de detalles acerca de lo ocurrido, de lo que me dijo, de lo que creí entender, de lo que pensé y también supuse.

Entonces, Marie me interrumpió con una carcajada interminable. Ella reía como una loca. Sí, realmente como loca, sin importarle que llamara la atención de la gente que estaba en las otras mesas. Al principio me sentí incomodo, pero su risa era tan franca que contagiaba a la risa. Así que yo también reí, aunque sin saber porqué realmente. Hasta la gente de otras mesas empezaron a sonreír y cuando el maître vino sonriendo a ver que sucedía, Marie le contó en breves palabra lo sucedido, y este, soltando una sonora carcajada, comenzó a reír como un loco también.

“Mich, mi querido Mich… Jajajaja oh dios, oh dios!” y no pudo continuar porque la risa se lo impedía. Y así entre risas y las lagrimas provocadas por esta, me siguió diciendo: “Esto tienes que contarlo en viernes, dios mío, no puedo más, me orino de la risa… Jajajajajaja!!!”

Los vecinos de otras mesas, hombres y mujeres, reían también, pero no me incomodé por eso.

Salimos del Café porque era imposible conversar allí sin que a Marie le de otro ataque de risa.

Caminamos un poco, bajo la guía de ella, y encontramos un parque y bancas vacías, en donde nos sentamos a conversar.

Allí pude pedirle que me explicara lo que pasó entre la bella joven y yo, sin percatarme realmente.

Entonces ella me explicó que cuando yo creía que ella me decía: “Yo té!” ella realmente me decía: “Je t’aime!” que suena parecido para tus oídos, pero significa: “Yo te amo!” y no se refería a la bebida de té que pensabas. Y cuando se sentó a tu lado en la mesa, volvió a decirte. “Je t’aime!” pero volviste a creer que te estaba pidiendo un Té. Y Marie soltó una vez más otra carcajada: “Jajajajajaj… oh dios, oh dios!”

“Y cuando llamaste al maître del Café, ella creyó que te ibas a quejar, por eso es que, ofuscada y avergonzada, se fue!” dijo Marie y añadió “Pero luego… Jajajajajaja… Oh dios!… Ella no te mandó a la mierda… Jajajajaja… Cuando ella se fue… Jajajajaja… te dijo: “Bienvenue à la Ville Lumière!” Jajajajaja… y no “bla, bla, bla a la mierdé! Jajajaja… Oh dios, me oriné otra vez!”

20
Jul
14

DEL CORAZÓN

corriendo3Siento que ya estoy cruzando un punto crucial en el camino de la vida, aunque en este recodo no me resigno a bajarme en la estación: “La Tercera Edad”, menos aun en la estación que viene: “Anciano”, y no por rebeldía, así digan que es mandatorio, sino simplemente porque me siento capaz de acometer cualquier cosa, física o intelectual, siempre que me lo proponga y midiendo mis propios límites.

Pero una cosa es la positiva actitud mental que tengo, frente a la inexorable ruma de años que voy apilando sobre mi espalda que ya parezco el jorobado de París, y otra, la cantidad de achaques que, quiéralo o no, se van reflejando en mi capacidad y salud física.

Por ejemplo, no hay día que me despierte sin dolores, y no me refiero a mi linda vecina, sino a lo que siento en la espalda, a la altura de la cintura. Pero ya me acostumbré a ello, al punto de que se han transformado en un indicador mañanero, no del de mi fogosa juventud, sino de que he despertado y estoy vivo.

Y lo bueno es que con unos suaves movimientos de gimnasia, por unos minutos, las benditas molestias desaparecen totalmente. Entonces es cuando salgo a correr, ja, ja, ja, ya quisiera; es decir, salgo a trotar tres kilómetros… y es cuando siento mi corazón decir “pum, pum, pum, como el cañón”. Igualito como cuando hago mis ejercicios maritales en el rin de las cuatro perillas.

Así, les cuento que hace un tiempo, en uno de los días que salí a dar mis trotes matinales por las calles de la Molina, mi barrio, me sucedió algo que llamó mucho mi atención.

Yo ya llevaba como 20 minutos jadeando y trotando por las calles, cuando vi venir corriendo a una linda mujer. Yo no sé si son los años los que me han podrido el cerebro o es la dieta de lechuga que como a diario lo que lo ha verdeado. El asunto es que disminuí la velocidad de mi trote para observarla, al punto de quedarme parado, sí, como un idiota, con la boca abierta. La vi venir en cámara lenta, con sus frescos senos revoloteando, como queriéndose salir del ceñido t-shirt de lycra negra, a la vez que cimbreaba sus caderas al ritmo de sus saltitos. Yo no sé si babeaba o no, pero la señorita sonrió cuando pasó velozmente a mi lado.

Y yo, como si fuera un inspector de culos, la seguí con la mirada y me di con una grata sorpresa.

No sé si la hermosa fulana era una exhibicionista, una vedette o bailarina del Tubo, o todas esas cosas, pero en la ruina, porque el apretado pantalón de lycra que vestía dejaba al descubierto las redondeces de sus nalgas, como si fuera un hilo dental.

La impresión hizo que el “pum, pum” de mi corazón “trastabillara” y, olvidándome de la suculenta pototitos, comencé a chequear los latidos de mi corazón poniendo dos dedos en mi muñeca y luego en mi cuello.

Lo que oí no me gustó, así que me olvidé del ejercicio y me dirigí directamente a casa. En el camino noté que suspiraba repetidas veces y mi mal pulso no disminuía.

Una vez en casa llamé al doctor, y este, usando su estetoscopio, descubrió y nombró al desorden como: Una Arritmia y ordenó una serie de chequeos empezando con el más simple: un Electrocardiograma.

Luego de una semana que chequeos, los resultados fueron negativos a que estuviera mal del corazón. Pero yo ya había sido picado con el temor de padecer un mal cardíaco, ya que mi esposa, en todo este drama, me había dicho que en las noches, durante el sueño, ella había sentido que yo dejaba de respirar un largo rato, para finalmente dar una sacudida de cuerpo y empezar a respirar profundamente.

Lógicamente, yo le conté al doctor, pero él se remitió a los resultados gráficos que tenía en mano y restó importancia a lo dicho.

Luego pasaron varias semanas y yo volví a mi rutina física. Solo que ahora hacía gimnasia y caminaba un tanto rápido y nada más. Y en las noches dormía apaciblemente, aunque mi esposa me decía, cuando se daba cuenta, que había temblado varias veces.

Hasta que una noche, me contaron, dejé de respirar del todo y mi esposa hizo un alboroto de los mil demonios. Como si ya me hubiera muerto… y yo sin despertar o reaccionar. Como sea, llamaron a Emergencia y estos prometieron enviar una ambulancia, pero cuando llegaron yo ya había reaccionado y fui parte del coro de disculpas por la falsa alarma.

Solo ahora, y entre nos, les contaré algo que pueden tomarlo como quieran, total, solo yo sé que fue así.

Tengo un extraño recuerdo de que la noche que llamaron a la ambulancia, yo ya estaba en una sala de emergencia. Allí vi como en tinieblas, un tanto deslumbrado por la intensa luz del quirófano, a dos doctores, rodeados de enfermeras, que se acercaron a mí y me dieron un par de choques eléctricos sobre mi pecho, que sacudió todo mi cuerpo en la camilla, y fue cuando creí despertar. Yo miré agradecido a los doctores y estos me sonrieron también. Entonces dieron media vuelta y salieron del quirófano, fue cuando vi el par de alas que poseían en sus espaldas. Traté de mirarlos mejor a través del vidrio de la ventana y vi una mujer conversando con ellos, era mi difunta madre.

“No se preocupe señora, su hijo está bien!” le dijo uno de los… ¿doctores?

Y una luz más brillante me deslumbró y desperté en medio de la algarabía de mi familia… luego llegaron los de la ambulancia.

 

15
Mar
13

Derrame Cerebral

porsche

John era un hombre relativamente joven, de 58 años, de excelente estado físico debido a que era deportista y mantenía una actitud jovial y despreocupada, quizás por ser un exitoso empresario en el campo del Arte y Espectáculo.

Pero la imagen que reflejaba en su círculo amical y mundano, de hombre feliz y exitoso, no correspondía con la de su vida amatoria. Hacía ya varios años que había terminado muy discretamente su vida conyugal con su esposa, Brigitte, aunque vivían juntos en la misma residencia. Los hijos ya habían dejado el seno familiar y se habían alejado de sus padres debido a la agria relación que estos mantenían últimamente, además de ser absorbidos por las que ellos mismos desarrollaban en sus nuevas familias y el magnífico ambiente de cordialidad del de los de sus parejas.

No es muy difícil adivinar que para una pareja en crisis, como la de ellos, tanto John y Brigitte, mantenían respectivas relaciones extramaritales, aunque eran muy discretos. Pero, ¿Por qué no se habían divorciado? Aparentemente hubiera sido una solución a la doble vida que llevaban ambos.

“Mira, John, las acciones de la compañía las has obtenido debido al matrimonio con Brigitte. Su padre te admiraba, pero era muy precavido y antes de morir puso como condición, en su testamento, que serías el presidente del directorio, como accionista mayoritario, mientras perdurase el matrimonio y si, como afirmas, ella sabe de tu otra relación y lo tolera, entonces sigue así, es lo que más te conviene”.  Le dijo muy claramente su abogado al ser consultado acerca de la posibilidad de un divorcio.

“Brigitte, no solo soy tu abogada sino también tu mejor amiga y te advierto que un divorcio sería la peor opción de tu vida. El lio que se armaría en el proceso de división de bienes los arruinaría económicamente a ambos, y estoy segura que tu marido lo sabe. Lo que si te recomiendo es que te vayas de viaje por el mundo y disfrutes de la vida con tu amante.” Le aconsejó la abogada, amiga y confidente ante la inquietud de Brigitte.

Pero ya había pasado más de un año, desde la coincidente consulta legal, y aun seguían conviviendo en el mismo lugar. Inclusive, habían hecho un intento de reconciliación en la noche del aniversario de bodas, pero resultó un fiasco total para ambos. Hasta que una noche, Brigitte no soportó más y quiso solucionar el problema de manera radical… y espero a su marido en el lobby de la casa…con una calibre 38 en mano.

Esa noche John estacionó su Porsche deportivo de color amarillo al frente de su mansión, donde solo él podía hacerlo, entre la fuente de agua y los escalones de la casa. Al entrar a ella encontró a Brigitte parada en medio del lobby, vestida de negro y sosteniendo un arma en la mano, al lado de su muslo, sin apuntarle, aunque sin intenciones de ocultarlo. A John le subió una fuerte corriente de calor hacia la cabeza, a la vez que se figuraba lo que iba a ocurrir, porque a él mismo se le había ocurrido la misma idea hacía un tiempo atrás, aunque la había desechado como algo totalmente descabellado.

John vio como Brigitte levantó el arma y esta se detuvo apuntándole a la cara, y quedó paralizado a escasos dos metros de distancia. Pudo ver el negro agujero de la 38 y detrás el duro rostro de su mujer. Estuvo a punto de implora calma, pero el destello de una potente luz lo encegueció y cayó pesadamente al suelo.

Cuando llegó la policía y la ambulancia encontraron a John en un charco de sangre en medio del lobby. Brigitte, ya sin el arma y cubierta de una bata de dormir, lloraba desconsoladamente mientras respondía las preguntas de estos.

A John lo llevaron de emergencia al hospital y los doctores diagnosticaron que él había sufrido un derrame cerebral, aunque su caída al suelo con la consecuente hemorragia lo había liberado de la fatal presión craneana que ocasionaría tal derrame, y así, salvado su vida… pero eso no lo libraba de las fatales consecuencias que le acarrearía.

Brigitte, aunque triste y asustada por los acontecimientos, se sentía liberada de toda culpa por no haber llegado a disparar. Tristeza y susto que duró muy poco, ya que a los quince días John regresó a casa aún convaleciente y con un largo proceso, prescrito por los doctores, de una terapia para su recuperación. Si en un principio se sintió culpable del estado de John, este sentimiento se transformó en compasión, pero, semanas más tarde, en fastidio e intolerancia ante el “imbécil” que tenía delante, que babeada constantemente, arrastraba los pies y, por si esto no fuera suficiente, se cagaba y orinaba en los pantalones.  Claro está que Brigitte no atendió a su esposo en ningún momento. Simplemente contrató a una enfermera para que se encargara de todo y luego se lo llevó a Miami para internarlo en una clínica de rehabilitación y desentenderse totalmente del problema, humanitariamente, dinero había y de sobra. Luego se fue a pasear por el mundo con su adorado y juvenil amante, no sin antes dejar expresas ordenes al vicepresidente del directorio de la empresa que todo continuaba igual que antes.

“Amor mío, han sido los dos meses más terribles de mi vida. No sabes que ya se me habían acabado las babas, mierdas y orines fingiendo que no me recuperaba, pero al fin estoy libre. La muy estúpida de Brigitte ni siquiera se percató que las cámaras de vigilancia habían grabado todo lo sucedido esa noche en el lobby, y si no disparó, por lo menos hubo un intento de asesinato, y ya tengo el video a buen recaudo. Regresaré a casa y viviremos allí y si la bruja reclama algo más de lo que le voy a dar para que se divierta y no joda, la denunciaré… Llego a la media noche, en el vuelo 756, desde Miami, espérame en el aeropuerto”. Y John apagó su celular y se dispuso a transponer la puerta de abordaje del avión que lo llevaría a la tan ansiada felicidad con su nueva pareja.  

22
Nov
12

DÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS… THANKSGIVINGS

Este cuento ha estado rodando durante algún tiempo, contado de muy diversas maneras. Y como el día de “Acción de gracias” o “Thanksgivings”, está a la vuelta de la esquina, creo que merece la pena contarlo una vez más. Al Cesar: Versión traducida, corregida y aumentada por Michaelangelo Barnez, de la oral, en Inglés y anónima…

John, un hombre joven, recibió un loro llamado “Jefe” como regalo.

El loro tenía muy mala actitud, y peor aun era su vocabulario.

Cada frase que salía del pico del pajarraco era ruda, odiosa y llena de groserías.
John intentó e intentó, hasta el cansancio, en cambiar la actitud del pájaro con el ejemplo, diciéndole sólo palabras corteses de manera consistente, a la vez que tocaba sólo música suave.

Además, pensaba y era capaz de hacer cualquier cosa con tal de limpiar el vocabulario del bendito pájaro.

Finalmente, un día John se exasperó y le gritó al loro.

El loro, sin intimidarse, abrió el pico y le gritó también.

John, lleno de rabia, sacudió al loro, pero éste, verdeyrojo de la ira y aleteando y picando, se puso más enfadado y rudo aun.

John, en la impotencia y ciego por la desesperación, agarró al pájaro y lo puso en el congelador.

Durante unos minutos, desde adentro, el loro gritó groserías, insultó y dio de aletazos y puntapiés.

Entonces, de repente todo calló. Ni un pío más se oyó durante un minuto.
John, temiendo haberle hecho daño al loro, abrió rápidamente la puerta del congelador.

El loro, serenamente, salió hacia los brazos extendidos de John, y se le acurrucó mientras le decía con voz muy triste:

“Señor, creo que puedo haberlo ofendido con mis groserías y acciones. Yo estoy profundamente arrepentido de mis faltas y pienso hacer todo lo posible para corregir mi imperdonable mala conducta”

A John le llamó poderosamente la atención el radical cambio de actitud del loro.

Él estaba a punto de preguntarle, qué había hecho posible tan dramático cambio en su conducta, pero el loro, antes que le diga algo, añadió:

“¿John, puedo preguntarte qué hizo el pavo?”

Feliz día de Acción de Gracias… Happy Thanksgiving…

08
Mar
12

Una Segunda Oportunidad

Mi alegría fue creciendo al límite del paroxismo cuando vi aparecer, en la pantalla de mi televisor, uno a uno los números ganadores del Super Lotto de la lotería de California del ticket que tenía en la mano. La sala de mi casa se volvió un loquerío por los gritos y abrazos de mi familia. Sí, allí estábamos mi esposa, mis tres hijas y yo… ah, y mi perro también, el que no dejaba de correr y saltar por los sofás. No exagero si digo que faltó poco para que, por la emoción y el forcejeo de los abrazos que nos dimos, rompiéramos el bendito ticket ganador. Realmente estábamos fuera de sí, o al menos yo, porque por un poco pierdo el conocimiento ya que no podía respirar bien. Felizmente me recuperé y no alarmé a nadie, aunque cuando nos retiramos a descansar no pude dormir hasta muy entrada la madrugada.

Al día siguiente, tan pronto desperté, mi esposa me esperaba con el suculento Brunch dominical (comida muy tarde para ser un Breakfast y muy temprano para ser un Lunch). Antes de sentarme en la mesa para dar curso a lo que mi esposa pondría delante mío, quise librarme de la preocupación que me perseguía desde que puse un pie fuera de la cama, y este era el confirmar los números ganadores de la lotería, así que abrí la puerta principal de la casa, recogí el diario y de vuelta a la mesa del comedor busqué la noticia. Aun así no estuve conforme y lo busqué nuevamente en internet. Sí, no había dudas, habíamos ganado el premio mayor de la lotería de California… Entonces dije por primera vez:

“TENEMOS UNOS JODIDOS CIENTO VEINTE MILLONES DE DÓLARES EN EL BOLSILLO, MALDITA SEA!!!”

Y por primera vez mi esposa no se enojó por haber maldecido en casa y, peor aún, en la mesa. Sólo atinó a decirme con tranquilidad:

“No nos van a dar esa suma, cariño. ¡No olvides que el tío Sam es el primero en cobrar!”

“Oh sí. Creo que los gobiernos Federal y del Estado se llevarán un poco más de treinta millones juntos… aún así, noventa millones es mucho dinero”, dije.

“Tampoco nos lo darán todo de una sola vez, cariño, sino en veinte años, creo…” replicó mi esposa, mientras me acercaba las tortillas de maíz calientitas para iniciar a comer el Brunch mexicoamericano que había preparado.

“Sí, sí, tienes razón… Serán unos cuarenta los que depositarán a nuestra cuenta. De todos modos, mañana ni nunca más vuelvo a trabajar.” Dije tomando una bocanada de aire porque volví a sentir la sofocante emoción de haber ganado el premio.

Lo que nos sucedió ese año fue abrumador. Compramos casas… en la playa de Malibú y en la montaña del Big Bear, en California, a orillas del lago. Compramos TV digitales con pantallas gigantes con su respectivo sistema de audio estéreo, y otras de tamaño normales para cada cuarto. Compramos refrigeradoras, congeladoras, lavadoras, secadoras, aire acondicionado y ya no sé que más, porque nos llenamos de cosas que no necesitábamos pero salían en los anuncios por la TV, que fueron almacenados sin uso en el garaje; aunque los viejos artefactos que teníamos antes se quedaron arrumados en la casa vieja. Compramos autos, vans, camionetas 4×4, un yate y un inmenso camper… Sí, el verbo “Comprar” era el que más se conjugaba por todos en casa, sin la preocupación del mañana o de una posible escases. No. ¿Por qué preocuparse, si teníamos cuarenta millones inacabables? Y si se agotaban tendríamos dos más a fin de año, al siguiente y al otro… y así, por veinte años más.

La familia entera hicimos una lista de familiares y amigos cercanos, que llegó a la cantidad de mil integrantes, con mucho esfuerzo, a los que les enviamos mil dólares a cada uno, sí, un millón de dólares en total. Y otro tanto a las instituciones de niños con cáncer y a los abandonados… Luego nos largamos sin fecha de regreso a recorrer América en nuestro Camper, como un escape de un lugar que ya nos asfixiaba por la cantidad de gente que, sin conocernos, hacía una fila y tocaba nuestra puerta, pidiendo dinero o queriendo vendernos algo.

Así, partimos con dirección al Gran Cañón del Colorado y otros tantos lugares de los cientos que ya habíamos seleccionado en nuestra Guía-Mapa.

Pero, al único lugar que no habíamos planeado ir, en nuestra euforia… fue a un profundo barranco, al que caímos por haberme quedado dormido mientras manejaba en la penumbra de la noche.

Aunque malherido fui el único que sobrevivió a la fatal caída, para mi mala suerte, porque tuve que ver y constatar que mi esposa y mis hijas estaban muertas… y el dolor que embargó mi alma fue mayor que el de mis heridas. En esos momentos sentí que iba a enloquecer, porque no me resignaba a tal perdida, y maldije mi suerte. Entonces, así como un día pedí que mi vida cambiara, pedí ahora:

“Por favor, dame una segunda oportunidad, por favor”.

Entonces desperté abruptamente. Allí, tendido en mi cama, a lado de mi esposa, quien dormía profundamente porque aun no amanecía. Me levanté presuroso y miré por la ventana. Allí estaba mi auto y la camioneta pick-up de trabajo, parqueados frente al porche de la casa. Sí, mi linda casa viejita. Entonces salí de mi dormitorio y caminé por el hall para ir al de los de mis hijas. Ellas estaban allí, dormidas plácidamente. Luego fui al comedor y, por la puerta pequeña de la puerta grande que daba al jardín, apareció mi perro, más feliz que nunca, moviendo la cola y gimiendo por vernos de regreso.

24
Ene
12

Una noche lluviosa de concepción…

Hola, mi nombre es Albert y les quiero contar una increíble historia…

Eran las 08.15 del viernes de una noche lluviosa. Me había detenido en una estación 7-Eleven de gas, en mi camino a la ciudad de Brentwood desde Long Beach, antes de entrar al Freeway. Allí, además de llenar el tanque, compré unas golosinas, chips, dips, vino y cervezas. Una vez de regreso al volante enrrumbé con dirección al norte, a ver a mi amada, Brenda.

Cirujana Plástica.

Con Brenda, una cirujana plástica de 35 años, alta, de cuerpo bien formado por la cultura de la dieta y los ejercicios matutinos; de rostro sensual, fino y simétrico, acorde con su profesión; de cabellos marrones y ojos verdes; y con una piel ligeramente bronceada y bien cuidada, habíamos empezado una relación hacía ya un poco más de un año, luego de haberme solucionado un terrible problema de pequeñez viril, que lamentablemente no pudo salvar mi primer matrimonio, porque amor y respeto ya habían desaparecido de esa relación. Brenda también era divorciada, de su marido y socio de la clínica plástica que ambos dirigían; porque él, definitivamente, no quería tener hijos, y ella sentía que pronto sería físicamente incapaz de tenerlos… y los quería, al extremo de llegar al divorcio.

De esa manera, ambos confluimos en el mismo mar de la soledad desde diferentes vertientes del fracaso amatorio, factor que no hubiera sido suficiente para que empezáramos una relación, si no nos hubiéramos gustado desde un principio, cuando nos vimos en su consultorio, restringidos por un compromiso conyugal que , aunque colapsando, debíamos respetar. Gusto que se desbordó cuando ya nada se interpuso entre nosotros. Así nació, poco a poco, este sentimiento compartido.

Las fiestas y las celebraciones de los “viernes de corrupción” ya habían quedado atrás en la relación que estábamos construyendo, y si no vivíamos junto aún era porque simplemente queríamos conservar nuestra independencia hasta el momento definitivo, y además porque Brenda quería esperar la boda para inaugurar la casa que ya teníamos lista. ¿Y el sexo, también esperó? No, en absoluto. Eso lo hicimos desde el primer momento que estuvimos informalmente libres y después de unos abrazos y besos, ya sea en su departamento, en el mío o en algún hotel cuando salíamos fuera de la ciudad los fines de semana… Sin embargo, ella se cuidó de no concebir todo ese tiempo, hasta estar segura de que yo sería su hombre de toda la vida y un buen padre de sus genes, heredados y compartidos en un nuevo ser. Por eso, sexo, boda, matrimonio no eran prerrequisitos para una vida familiar compartida… y ella lo sabía. Por eso, esa mañana me había llamado a mi oficina.

“Sí, Albert. Estoy lista, quiero concebirlo esta noche”.

Mientras conducía por la vía libre, muchos recuerdos vinieron a mi mente. Recordé mis fallidos esfuerzos por embarazar a la mujer de mi primer matrimonio, y la subsiguiente secuela de pleitos y frustraciones por mí pequeñez física y, consecuentemente, la depresión extrema de perder toda posibilidad de erección ante ella. Trauma sicológico que ni el Viagra lo solucionó, porque el problema ya no era físico sino mental. “Tiene que operarse… -me dijo el psicoterapeuta que me trató, y añadió-… es la raíz de todos sus males. Con un órgano de tres pulgadas serás muy infeliz el resto de tu vida, pero, afortunadamente, ahora existe la cura.” Y me envió a ver un cirujano plástico: Brenda. Ella, gracias a su pericia quirúrgica, solucionó el detalle físico añadiendo 6 más de los pocos que tenía. “¿No será demasiado, Doctora?” Le dije cuando hablamos en la consulta previa a la operación. “No. Nunca es demasiado, pero te aconsejo prudencia y cuidado en tus relaciones. El tamaño es importante para la fecundación, pero no es todo, porque para el goce existen muchas otras formas de lograrlo”.  Luego, meses más tarde, ella me arregló el corazón y mi orgullo propio también con una ternura que devino en amor verdadero.

También vino a mi mente la responsabilidad que iba a asumir. Un matrimonio en sí, lo podía romper cuando me viniera en gana, es un decir, repartir los bienes adquiridos y luego marcharme. Pero el procrear a un nuevo ser de mi propia sangre y carne era algo abismalmente diferente. Que, una vez creado, pensaba, jamás podría retirar mis genes de él o ella, y, consecuentemente, la responsabilidad de su crianza, educación… y el amor, en ese proceso. Claro está que esto se cumple si es que, como padre, era un ser humano… o animal, porque ni estos abandonan a sus crías.

Sin embargo, esta responsabilidad no me abrumó en absoluto, sino muy por el contrario, me hizo ver la vida en una perspectiva de un futuro mejor. Sí, realmente nunca había hecho el amor de una manera racional; es decir, consciente y deliberadamente para procrear, a excepción del traumático momento que ya les conté, sino simplemente llevado por la pasión del momento y el puro placer… al menos, el mío. ¿Y los orgasmos de mi pareja de turno? Mmm… No me cabe la menor duda que muchos fueron fingidos, sin contar los que conseguí por otras mañas y artilugios, si es que me lo permitían, porque de duro y durar no era de menguar.

Luego pensé en Brenda, y la imaginé como la pareja que completaba mi vida. La vi perdiendo su delicada figura en unos meses debido al embarazo. Y la valoré en otra dimensión, algo que nunca había hecho con nadie, y era por la manera tan especial de decirme: “Te amo”, al estar dispuesta a crear algo mío muy dentro de ella. Sí, la amaba y estaba seguro que ella también me correspondía.  

El letrero verde con letras blancas de: “Salida a Brentwood… a 1/2 milla”, me hizo ser más consciente de la conducción de mi camioneta. Giré a la derecha para salir del Freeway, pero la pista mojada estaba muy resbalosa por la primera intensa lluvia de la estación de invierno  e hizo que mi vehículo patinara como un trompo, chocara contra el borde del alcantarillado y saliera del camino, para ir dando tumbos sobre el gramado de la rampa de salida, hasta que se detuvo.

“Oh, dios. Felizmente no me volqué, hubiera sido fatal.” Dije, intentando encender el motor nuevamente… y feliz de la vida me fui a hacer el amor… y procrear a mi hijo.

Nueve meses después sucedió lo previsto: “Un hombrecito, es un hombrecito…!!!” dijo la Dra. arropando al recién nacido, entregándoselo a la sufrida madre, mientras yo observaba en silencio desde un rincón de la sala de partos.

“Te llamarás como tu padre, Albert… -le dijo Brenda a su pequeño, y con lagrimas en los ojos añadió-… A él le hubiera gustado estar aquí y  verte nacer y tenerte entre sus manos…”.

14
Ene
12

Miguel Ángel Burronotty

Hola, mi nombre es Miguel Ángel Burronotty y por una estúpida razón, que creo que Uds. adivinarán, me puse a pintar. Dibujé muchas cosas siguiendo las escuelas que marcaron los grandes maestros, especialmente mi homónimo, pero que llegaron a ser nada porque siempre quise, como ellos, decir algo muy obvio.

Luego de un corto entrenamiento empecé a dibujar de verdad. Por eso hice el dibujo de un caballo a puro puntitos de colores que me gustó mucho, porque obviamente se veía como un caballo y no otra cosa.

Mi agente artístico lo miró y me dijo:

“Mmm… No sirve, esto ya lo hizo Paul Sinac… y un millón de veces mejor.”

“Damned…” murmuré como respuesta.

Días después, sin desanimarme, traté de inspirarme y hacer algo nuevo, pero el puntillismo, como un pájaro carpintero, seguía apuntillándome el cerebro. Así que, para variar, busqué un pincel más grueso y una espátula delgada, y dibujé, con trazos más grandes, un burro esta vez. Al borrico lo iba a plasmar en su máxima expresión artística XXX, pero mi falso pudor pudo más y no me lo permitió. Como sea, al terminar me limpié las manos, los pinceles y las espátulas con un trapo del sobrante de un lienzo, y contemplé mi obra de arte: el bendito Burro.

Cuando llegó mi agente lo miró de orejas al rabo, y me dijo tímidamente, rascándose la barbilla:

“¿Autorretrato…?”

“Fuck you!!!” le respondí.

“Mira, Miguel Ángel… -empezó a decirme el agente, haciendo un gran esfuerzo en pronunciar mi nombre sin insultar al Maestro-… Tienes que crear algo con estilo propio y no imitar a… -y, mirando al pobre burro, balbuceó el nombre de mi mentor de turno-… Monet… u otros”.

Cuando el agente se marchó, cerré mi taller de pintura DE ARTE, y escribo “de arte” en mayúscula para que no se confundan y piensen que allí arreglo y pinto autos viejos o chocados, no, no, no. Bien, pero les decía que cuando se fue el H de P, quedé sumido en una tristeza muy brava. Cerré mis ventanas y corrí las cortinas porque la luz del día me mortificaba, y así dormí cerca de tres días con sus noches sin poder diferenciarlas, hasta que me despercudí de la modorra y busqué otra solución a mi tristeza artística. Por eso salí a la calle y me fui directamente al bar de la esquina, cuyo rotulo a las justas decía: “Contra…tura” en donde se había borrado la silaba “cul”, que nunca arreglaron porque así comenzaron a traer más clientes. Este era un antro etílico en donde se reúnen poetas, pintores, escultores y otras alimañas subversivas al aseo y parámetros de la urbanidad, para ahogarse mancomunadamente con el licor más barato y mortal, de sus desventuras creativas. Por una fuerza instintiva, que no comprendía ni me esforzaba en hacerlo, tenía el deseo de ahogarme con ellos también, a pesar de que el lugar en sí me repugnaba. Eso sí, antes de entrar a esta pocilga de artistas ajusté bien la hebilla de mi pantalón y el cierre de mi bragueta, porque allí, luego de unas copas, algunos susodichos se ponían muy afectuosos y, cambiando de arte, quería practicar el sodómico arte culinario o lingüístico… fuchi!!!

Al día siguiente desperté en mi cama sin saber cómo demonios había regresado, con un dolor de cabeza, la de arriba, y una fuerte presión en la de abajo. Entonces la conciencia me vino como un rayo y abrí los ojos pensando lo peor, y descubrí un bello rostro de mujer frente a mí, dormida, quien me tenía aun atrapado de mi brochita en su intento de devorarme, antes de quedarse dormida. ¿Dije mujer? Sí, pero no me constaba. Así que, con sospecha y cierta repulsión, me liberé de… ¿ella? y fui a constatarlo para salir de la duda, antes de bañarme con gasolina.  Uf, pero lo que vi me agradó. No tanto por lo explicito y exquisito del panorama, sino porque la bella era realmente bellA.

Contento de haber despejado la repentina incógnita, me levanté y fui darme un baño de ducha fría, luego preparé café y huevos revueltos con papas fritas y chorizos.

Cuando estuvo todo listo, mi hermosa fémina se hizo presente en el comedor con el cabello aun húmedo del baño y totalmente desnuda, en un ambiente muy natural, que a mí me produjeron muchas ideas ¿pecaminosas? No, sino artística. Sí, allí, frente a mí estaba no solo la fuente de mi inspiración, sino mi modelo también.

Tan pronto terminamos el Brunch, dos vasos de vino y unos cigarros, yo estaba listo y ella adoptó todas las poses que le pedí, no, no en mi cama sino en el taller de pintura, desnuda y vestida, sumisamente a mis órdenes. Y yo, paleta y pincel en mano, rodeado de múltiples embases de pinturas oleo con los colores primarios, me puse mezclarlas en mi paleta y a pintar muchos lienzos de diversos tamaños y texturas.

Pinté como un loco, limpiando mis manos, mis brazos y mi cara manchados con los oleos, además de los pinceles y espátulas de diversos tamaños cada vez que quería mezclarlas para lograr un nuevo color y tonalidades, con el mismo trapo que resistía tales embates de limpieza. Así, extasiado por el licor de la adrenalina de la creatividad, pinté una mujer desnuda tendida sobre en un cómodo sofá que reposaba sus manos detrás de su cabeza. Hice otra a cubitos de colores acompañada de tres músicos. A otra la retorcí al lado de un reloj doblado colgando de la rama de un árbol. Otra más, la dibujé con el rostro asustado, con sus manos en ambas mejillas, cuando cruzaba un puente; muy parecida a la imagen distorsionada de un espejo malogrado. Finalmente, vestí a la modelo, le puse un collar de perlas y al dibujarla como un retrato, alargué su cuello.

No sé cuándo terminé de pintar, solo recuerdo que mi paroxismo creativo terminó en el vientre de ella… y quedé dormido.

Al día siguiente, mi adorable modelo se había marchado, no sin antes haber arreglado todo con un meticuloso aseo. Los embases de pinturas estaban en orden. Mis cuadros, iban de acuerdo al tamaño del lienzo, colocados del más grande al menor, mis pinceles y paletas muy limpios, e incluso, hasta el trapo de limpieza estaba en un caballete.

Cuando mi agente llegó, se paseó por el taller parándose frente a cada cuadro de pintura para observarlo detenidamente, mientras yo aguardaba como araña colgada de la cúpula de la Sixtina.

“Este no sirve… Goya ya lo hizo. Este tampoco… Picasso ya lo hizo. Este, menos… Dalí ya lo hizo. Este… luce como una extraterrestre asustada… Mmm, ya lo hizo Munch”.

El bendito agente sabía bien su trabajo o mis trabajos era más obvio que perra en celo. Pero aun quedaba lo que yo consideraba mi obra monumental: la mujer del collar y el cuello largo.

“Mmm… -le escuché susurrar al agente, y pensé que era el sonido del aprecio, pero cruelmente dijo-… Este, este… es un Modigliani, Miguel Ángel, por favor…”

El agente iba a continuar hablando, despotricando de mi creación artística, haciendo trizas del poco orgullo que me quedaba, pero se quedó callado, mudo, y con los ojos muy abierto. Este había dado unos pasos hasta llegar al frente del caballete en donde pendía el trapo de limpieza de mis manos y pinceles. Y allí, con los ojos desorbitados al punto de caer, se hincó de rodillas, me miró con la boca abierta y balbuceó:

“Maestro, maestro Miguel Ángel, con esta pintura superas a Jackson Pollock… -y mirando al cielo levantó los brazos para decir fervorosamente-… Dios mío, te agradezco que me enviaras a un genio y sea yo quien lo descubriera”.

Así, después, busqué quién era este bendito Jackson Pollock y sus pinturas, porque mi rudimentario y superficial conocimiento del arte empezaba y moría en los maestros clásicos, y encontré lo que jamás podré entender, pero sí respetar.

Uds. no van a creerlo, pero me dieron varios millones de dólares por el trapo sucio. Así, seguí pintando lo que me gustaba y expresaba algo para mi entender, pero con un máximo cuidado de guardar los lienzos de limpieza; los que periódicamente mi agente recogía para exponerlos y venderlos.

Era muy obvio que este Miguel Ángel de marras se aprovechaba del mercado que le ofrecía una moda, y pertenecía a esa gran masa de la población que no lograba percibir el universo subjetivo que nos rodea. Del que solo unos pocos, relativamente, pueden acceder y, por lo tanto, disfrutar verdaderamente. Algo así como lo eternizó Modigliani, mucho antes del boom de lo que hoy vemos en el arte plástico: “Cuando conozca tu alma pintaré tus ojos” o “¡Pinta lo que nadie ve!”.

Para entender a Pollock les recomiendo ver…




“TE VERÉ EN SUEÑOS”

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