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19
Ago
15

YO TÉ

C. Denueve 4Ya era mediodía cuando me senté alrededor de una pequeña mesa redonda para dos, de mantel a cuadros rojo y blanco y al aire libre, en la acera del Café Le Dome, de La Ciudad de la Luz: Paris, cercano a la plaza en donde se erguía la imponente Torre de Eiffel, en espera de la única amiga que tenía allí, a quién solo había conocido a través de un portal literario de las redes virtuales de internet. Ella, Marie Denueve, era la persona fundamental para mi corta estadía en esa gran y hermosa ciudad, ya que hablaba, además del obligado francés, el inglés y español; estas dos últimas las únicas lenguas que yo dominaba.

A decir verdad, desde que salí del aeropuerto internacional de París, Charles de Gaulle, me sentí perdido, ya que tenía dificultades para comunicarme con la gente con quienes ineludiblemente tenía que tratar. Al taxista solo le enseñé el tríptico de propaganda del hotel para hacerme entender que me llevara allá, aunque al querer pagarle por el servicio y no entender lo que me decía opté por enseñarle una baraja de billetes de Euros, equivalentes a $80 Dlls, para que él escogiera lo debido, y el taxista tomó todos y me agradeció con una amplia sonrisa. Realmente no me sentí mal con la actitud de este, ya que yo sabía de antemano que era la tarifa aproximada, incluyendo la propina.

En el hotel me fue más fácil ya que hablaban inglés y mi agente ya había hecho las reservaciones del caso. Solo tuve que mostrar mi pasaporte americano y mi tarjeta de crédito para que las muy amables francesas me atendieran como un rey. ¿Francesas? No, no lo eran. Luego me enteré que realmente eran españolas, pero solo me hablaron en inglés durante mi corta estadía.

Así transcurrieron mis primeras horas, acomodándome en mi suite del hotel Saint Dominique, ubicado en la calle del mismo nombre; en el lobby de este y luego aventurándome a caminar por los alrededores, sin alejarme mucho para no perderme. Y en la noche viendo la TV en cable.

“A cappuccino, please!” le dije al maître del café cuando este se acercó a atenderme. Luego, desplegué el diario, Los Ángeles Time, que gentilmente me habían obsequiado en el avión el día de ayer, y repasé las noticias ya obsoletas, mientras había dejado sobre la mesa los tres libros que pensaba obsequiar a mi amiga Marie: “Rayuelas” de Cortázar; “Los Heraldos Negros” de Vallejo; y “Te Veré en Sueños” la novela que iba a presentar el próximo viernes.

Pero Marie demoró más de lo que yo demoré en beber tres tazas de café, así que, como ya era hora del almuerzo, le pregunté al maître por el menú, y este me trajo una cartilla con todo lo que servían allí… escrita en francés por supuesto. Pero no tuve dificultad para elegir lo deseado, porque no iba a almorzar aun, sino matar el hambre y justificar mi larga espera en esa meza del concurrido Café. En la lista vi una foto a colores, entre muchas, con una descripción: “Crêpes gratinées à la mozzarella et jambon”.

“I want this, please!” le dije poniendo mi dedo en el grafico, adivinando que era un Crepé de mozarela y jamón. Y el maître me entendió… Pero agregó: “Et pour la boisson? Y me dejó en el limbo por tres segundos,  para remontarme a los años de mi llegada a gringolandia, cuando sin saber inglés adivinaba lo que me decían acertando casi al 100% de veces, cuando me hablaban. Entonces le respondí: “A cold Pepsy, please!”  Y el maître se fue.

El hojear el diario en mis manos solo cumplían una fachada a mi prolongada espera por Marie. Realmente no tenía ningún interés en releer las noticias ya pasadas y menos los abundantes avisos comerciales. Y de tanto en tanto, miraba a mí alrededor y observaba a la gente que ya iba llenando las mesas contiguas. Y una vez más pude comprobar que el mundo se había globalizado no solo económicamente, sino en razas y culturas, tan igual como sucedía en California desde ya muchos años atrás.

Y mientras paseaba mi mirada observando a la gente del café, mis ojos coincidieron con los de una linda joven, sentada a pocos metros de mí mesa, quien me sonrió amablemente. Yo, caballerosamente, respondí con una leve reverencia con la cabeza y una sonrisa en mis labios, y continué con mi observación, sin mostrar mucha importancia al hecho en particular. Aunque para mis adentros pensaba que quizás ella me conocía del portal literario o en Facebook. Intrigado, volví a buscar sus ojos y encontré su fresca sonrisa y alegre mirada sobre mi persona. Y yo solo atiné a responder de la misma manera, para luego refugiarme en el diario, simulando leerlo.

Mientras comía mi Crepé volví a mirarla, y volví a encontrar su dulce mirada y sonrisa. Entonces yo, cogiendo el vaso de hielo con soda, hice un ademán levantándolo, mientras decía con una sonrisa y sin palabras sonoras: “Salud!”

Ella se alegró e hizo lo mismo diciéndome algo que yo entendí como: “Yo té!”

Continué comiendo y bebiendo a sorbos mi soda, mientras pensaba que usualmente mal interpretamos los gestos, creyendo que ella había mal entendido el mío, cuando levante el vaso, como refiriéndome al contenido de mi vaso, por lo que ella me contestó con lo ella bebía: “Yo té!” sin palabras.

Yo ya había terminado de comer mi crepé y mi paciencia por la espera se había agotado también, así que estaba dispuesto a pedir la cuenta y regresar a mi hotel. Pero antes hice el último intento de comunicarme con Marie, solo para obtener la misma decepcionante respuesta de que sistema satelital de esa zona no registraba mi llamada.

Así, mientras tenía el celular pegado al oído, vi como la linda joven se acercó a mi mesa y me dijo: “Yo té!” y con toda naturalidad se sentó en la silla libre.

Yo, muy solicito, llamé al maître con un ademán de mano para que se acercara y ordenarle lo que ella pedía: Un té. Pero la linda muchacha, sonrojada y ofuscada, se levantó y se fue, sin antes decirme algo, en voz baja, como un susurro, que entendí como: “bla, bla, bla, la mierdé!”

Realmente yo no comprendí lo que había sucedido y menos aun el motivo del porqué esta bella joven me había mandado a la mierda.

Pero mi confusión fue breve ya que la tan esperada amiga Marie Denueve por fin llegó.

Nos abrazamos, besamos y sentamos, y sin dejarme decir una palabra empezó con un interminable tsunami de palabras.

“Querido Mich, que guapo eres, mejor de lo que aparentas en las fotos de tu portal literario y en Facebook, como me gustan los latinos-hispanos, dios mío, como me gustas Mich. Pero bueno, te pido disculpas por no haber ido ayer a esperarte al aeropuerto, estuve tan ocupada con lo de tu presentación para este viernes que recién hoy lo he finiquitado todo. Vamos a tener como invitados a un poeta español y a un peruano ayacuchano que toca lindo el charango, ambos residentes en París, además de la presencia del agregado cultural del Perú en Francia. Todo eso lo logré recién hoy, en esta mañana, por eso es que demoré tanto, además de que no contestabas tu celular. Te llamé mil veces y nada. ¿Está malogrado? Bueno no importa ya, porque por fin nos reunimos para hablar frente a frente y…” y Marie continuó hablando, asegurándome la presencia de los amigos del portal literario, la comunidad peruana y de países hermanos residentes en Paris, dándome todos los detalles del evento literario y los preparativos para los días siguientes, previos al evento. Mientras yo solo asentía con la cabeza a todas sus decisiones ya tomadas por Marie.

Luego de la andanada de palabras de mi amiga, cambiando de tema, recién pude contarle mi breve experiencia de las 24 horas que llevaba en Paris.

Así, tuve la oportunidad de preguntarle acerca del comportamiento de la bella joven, que de cierta manera podía decir que había conocido en ese Café.

Y le conté todo, con lujo de detalles acerca de lo ocurrido, de lo que me dijo, de lo que creí entender, de lo que pensé y también supuse.

Entonces, Marie me interrumpió con una carcajada interminable. Ella reía como una loca. Sí, realmente como loca, sin importarle que llamara la atención de la gente que estaba en las otras mesas. Al principio me sentí incomodo, pero su risa era tan franca que contagiaba a la risa. Así que yo también reí, aunque sin saber porqué realmente. Hasta la gente de otras mesas empezaron a sonreír y cuando el maître vino sonriendo a ver que sucedía, Marie le contó en breves palabra lo sucedido, y este, soltando una sonora carcajada, comenzó a reír como un loco también.

“Mich, mi querido Mich… Jajajaja oh dios, oh dios!” y no pudo continuar porque la risa se lo impedía. Y así entre risas y las lagrimas provocadas por esta, me siguió diciendo: “Esto tienes que contarlo en viernes, dios mío, no puedo más, me orino de la risa… Jajajajajaja!!!”

Los vecinos de otras mesas, hombres y mujeres, reían también, pero no me incomodé por eso.

Salimos del Café porque era imposible conversar allí sin que a Marie le de otro ataque de risa.

Caminamos un poco, bajo la guía de ella, y encontramos un parque y bancas vacías, en donde nos sentamos a conversar.

Allí pude pedirle que me explicara lo que pasó entre la bella joven y yo, sin percatarme realmente.

Entonces ella me explicó que cuando yo creía que ella me decía: “Yo té!” ella realmente me decía: “Je t’aime!” que suena parecido para tus oídos, pero significa: “Yo te amo!” y no se refería a la bebida de té que pensabas. Y cuando se sentó a tu lado en la mesa, volvió a decirte. “Je t’aime!” pero volviste a creer que te estaba pidiendo un Té. Y Marie soltó una vez más otra carcajada: “Jajajajajaj… oh dios, oh dios!”

“Y cuando llamaste al maître del Café, ella creyó que te ibas a quejar, por eso es que, ofuscada y avergonzada, se fue!” dijo Marie y añadió “Pero luego… Jajajajajaja… Oh dios!… Ella no te mandó a la mierda… Jajajajaja… Cuando ella se fue… Jajajajaja… te dijo: “Bienvenue à la Ville Lumière!” Jajajajaja… y no “bla, bla, bla a la mierdé! Jajajaja… Oh dios, me oriné otra vez!”

10
Jun
14

Secuestro y Violación

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“¡Abran la puerta en nombre de la ley o la derribamos!” Rugió el jefe del comando policial golpeando la reja metálica que protegía el frente de mi casa; detrás de él estaba un grupo de hombres con uniformes y otros de civil, sucios, mal vestidos y con palos y cadenas en las manos; además, uno de terno gris, flaco y encorvado, como un buitre, cargando un maletín negro.

Yo, desde mi sala, miraba por entre las cortinas de la ventana, con temor, a pesar de que ya había imaginado que iba a suceder. Entonces, respiré profundo varias veces y salí a enfrentar la situación.

Apenas aparecí en el porche, detrás de la puerta, de mi casa, una mujer de mediana edad me gritó:

“¡Violador, maldito, secuestraste a mi hija… una menor de solo 15 años!”

Yo no me perturbé, o al menos no lo demostré, porque desde que abrí la puerta sabía a lo que me iba a enfrentar. Así, sin dar marcha atrás, caminé el corto espacio que existía entre la puerta y la reja de hierro, en medio del griterío de insultos y amenazas. Y en el trayecto, vi dos hombres que portaban cámaras de televisión y otros dos más con micrófonos, mezclados con los policías, matones y el que fungía de juez o fiscal.

Yo no tenía la intensión de entregarme, sino defenderme y evitar que los policías derriben la reja metálica y entren a apresarme. Pero mi ilusión de maniobra se desvaneció cuando apareció Joseline detrás de mí, en el pórtico de la casa. Ahora no podría negarlo.

 

Joseline era una dulce adolescente llena de contrastes; era estudiante del último año de la secundaria en uno de los mejores colegios privados, ganadora del último Concurso Escolar de Matemáticas a nivel de Lima Metropolitana, aunque su pasión era ser escritora; confesión que hizo de boca propia cuando la conocí ocasionalmente, en la Feria del Libro de Miraflores, mientras le autografiaba una de mis novelas. No contenta con la breve y usual charla del instante, volvió a ponerse en la línea de espera con otra de mis novelas entre las manos para acercarse, hasta que la tuve a mi lado otra vez. En esta oportunidad presté más atención a su persona. Su rostro, otro contraste en ella, era el de una niña, pero su cuerpo el de una mujer. Ella vestía el uniforme escolar, en donde el botón de la blusa blanca que vestía parecía que iba a ser vencido por el volumen de sus senos redondos a punto de desbordarse y su recortada falda de pliegues dejaba ver sus torneadas y muy blancas pantorrillas, provocándome a mirar disimuladamente los demás detalles de su cuerpo, como su talle y tracero, que esta vez sí aprecié y que luego, en la soledad de mi casa, evoqué con cierto halo de erotismo, ya que había sentido la dureza del pezón de su carnoso seno al rozar mi brazo en el momento que estampaba mi firma en el libro. Lógicamente, yo lo asumí como un acercamiento natural y fortuito, pero no por eso dejó de perturbarme al punto de quedar grabado en mi mente. “¡Ah, viejo cochino!” me dije a mí mismo a modo de autocensura y despejar mi mente de tales malsanas ideas.

Todo hubiera quedado allí, como una de las tantas anécdotas que tenemos en la vida y que casi nunca contamos, pero no fue así.

A la semana siguiente, mientras divagaba acerca de uno de los capítulos de mi nueva novela, recibí una llamada telefónica, que me extraño al principio ya que era la voz desconocida de una niña la que escuché en el auricular.

“¿Señor escritor, se acuerda de mí, soy Joseline?”

Una serie de ideas se agolparon en mi mente de manera caótica tratando de recordar quien era, pero entre ellas, su voz, su nombre y los detalles físicos no se relacionaron.

“Ud. me autografió dos de sus novelas en la feria, ¿Me recuerda?”

“Mmm… Creo que sí.” Mentí para que no se sienta mal, especialmente si era una de mis lectoras.

“!Ud. prometió ayudarme con mi novela ¿Podría verlo, estoy cerca de su departamento?” Me dijo la voz de niña, y la insinuación logró encender en mi mente el recuerdo del cuerpo de mujer en el rostro de la hermosa niña que me había perturbado en la Feria. Sí, era la niña-mujer.

En esos eventos, por lo general, contesto con un “Sí!” o “Ya veremos!” de manera cortés y política a muchos pedidos de mis lectores; como responder los emails o invitaciones en FB que me enviarán, revisar sus trabajos literarios y comentarlos, participar en presentaciones o hasta asistir a cafecitos con el club de amigas y otros muchos más, que luego, de manera muy cortés y amable, a través de mi secretaria, declinaba participar.

Pero, como sea, yo estaba muy seguro que no había prometido a nadie a ayudarle a escribir su novela y menos aun haberle dado el número de mi teléfono e invitado a mi departamento… Pero una idea pecaminosa asociada a la niña-mujer se encendió dentro de mí, lo que motivó que dijera una mentira y una contradicción en una sola frase.

“Mmm, no creo recordarla, pero aceptaré su visita por unos minutos y única vez.”

“Oh, gracias, gracias, maestro, ah, ja, ja, ja!” dijo riendo coquetamente a través del auricular, suspirando como una niña y añadió: “¿Me deja entrar? estoy abajo, en el lobby del condominio!”

Yo me quedé perplejo por un segundo, pero no tuve más tiempo para pensar porque el zumbido del intercomunicador me sorprendió, y como un autómata presioné el botón de este, al colgar el teléfono.

“Hola, soy Joseline!” escuché su musical voz, y volví a actuar como un autómata, presionando el botón del seguro que abría la puerta del lobby.

Increíblemente, me bastaron los escasos minutos que uno demora en llegar desde la puerta del lobby, subir por el ascensor al último piso del condominio, en donde esta ubicado mi departamento o pent-house, para despejar mis ideas y pensar de la manera como suelo ser. Así, dos ideas muy claras quedaron en mi mente: Joseline es una linda admiradora y es una menor de edad.

Entonces escuché dos golpecitos a la puerta.

Mi departamento consta de un dormitorio con baño propio, una lavandería, y su mayor espacio está en el semicircular living, en donde está la cocina-comedor y baño de invitados, todo circundado por ventanas que permite una vista panorámica del mar y la Costa Verde de Miraflores. Ventanas cuyas cortinas plegué, antes de que llegue Joseline, como para que la sala perdiera toda intimidad. Entonces fue cuando escuché los débiles toques de Joseline a la puerta. Eran las cinco de la tarde y el sol brillaba en el horizonte.

Abrí la puerta con el automático y apareció la niña-mujer entrando como un huracán de juventud y fresca alegría.

Yo estaba parado en medio de la sala y Joseline se acercó sonriendo y me dio un beso en la mejilla. Yo me senté en el sillón individual y amablemente la invité a sentarse en los otros. Joseline escogió uno, exactamente frente a mí. Tiró su mochila escolar a un lado, sobre el piso alfombrado, y se dejó caer en los suaves almohadones del sofá. Yo seguía todos sus movimientos con la mirada y no pude evitar ver sus hermosas piernas bajo la minifalda escolar.

“Que lindo depa tienes!” Me dijo coquetamente, dejando la formalidad de lado para tutearme.

Yo me limité a sonreír, y guardé silencio para que ella me explicara lo que quería.

No lo hizo.

“¿Allí es donde escribes?” Dijo señalando mi escritorio y la PC.

Yo me mantuve en silencio, observándola.

Joseline, inquieta, se levantó y comenzó a caminar por toda la sala, esquivando muebles. Llegó a las ventanas y apreció el espectacular atardecer, jugó con las cortinas y sin detenerse llegó al bar.

“¿No me invitas algo?” me dijo agarrando una botella de Vodka.

“Claro, yo te sirvo!” le dije, levantándome del sofá.

Tomé una copa, otra botella y serví.

“¿Hielo?” le pregunté.

“Mmm, en las Rocas!” me contestó coquetamente con un tono musical. En realidad todo lo que hacia Joseline era pura coquetería de niña-mujer.

Joseline recibió la copa y bebió.

“Guácala!!!, me has dado agua!”

“Ja, ja, ja… y que creías, si eres una menor!” Sonreí sin muchas ganas, dejando entrever mi censura.

La niña traviesa se acercó a la reliquia de Rockola que tengo en un rincón del living, llena de música roquera de los años 50 y 60s, y presionó una del menú.

Entonces se escuchó los sonidos de un piano, baterías, guitarras eléctricas y el grito del vocalista diciendo a todo pulmón: “Ahí viene la plaga…”

Y la niña-mujer empezó a contorsionarse al ritmo de la música roquera clásica. Y lo hacía bien, muy bien. Hasta que, en uno de sus paso del baile, hizo el ademán de enlazarme y jalarme hacia ella a bailar.

Yo fui a la Rockola y detuve la música.

“Bailas muy bien el rock clásico, Joseline… -Le dije amablemente, y añadí-… pero estoy muy ocupado, y si no me dices el motivo de tu visita, creo que tu tiempo se ha terminado, querida amiga!” le dije lo mas amablemente posible mientras caminaba a mi asiento, ya que el mensaje era claro.

Ella volvió a su asiento sin mostrar ningún disgusto en su rostro, al contrario, se sentó y cruzó las piernas, igualita que Sharon Stone en Bajos Instintos, y me miró sonriendo.

Yo no pude reprimir mi sonrisa al verle el calzón blanco.

“Ah, y para que sepas, tengo 18. ¿Quieres que te enseñe mi DNI?” me dijo, bajando el rostro para solo mirarme maliciosamente.

“El mismo que enseñas para entrar a las discoteca y beber cerveza con tus amigas, ja, ja, ja!” le respondí, dejando claro que no solo no le creía, sino que estaba al tanto de las jugarretas de los adolescentes.

Y la mirada de malicia se fugó del rostro de Joseline.

Yo la miraba afablemente, en silencio, a la espera que se calmara y conversáramos.

Entonces, sin dejar su coquetería, me dijo:

“Quiero escribir una novela, pero primero quiero escribir una serie de cuentos, y realmente no sé cómo hacerlo, tengo las ideas y los diálogos fluyen por mi cabeza pero no puedo concretar nada. Ya tengo algunos casi terminados… déjame mostrártelos!”

Y de la posición sentada en que estaba hizo un giro sobre el brazo del sofá para alcanzar la mochila que estaba en el suelo alfombrado.

Dios mío, todo el culo de Joseline quedó a mi vista ya que el hilo dental que usaba era eso, un hilo que no cubría nada.

Cuando ella volteó y me entregó las notas de sus cuentos sin terminar, me miro fijamente a los ojos. Esta vez no había ninguna señal de picardía el los verdes iris de Joseline, y pude notar en su mirada que esta vez escudriñaba los míos.

No sé qué fue lo que ella vio en los míos, pero estaba seguro que todo lo que ella hizo desde que entró a mi departamento fue un jueguito muy inteligente, aunque peligroso, para probarme la clase de gente que era.

Su actitud cambió, se sosegó y dejó de lado la sonrisa coqueta. Yo la miré y no pude reprimir la idea de que era una hermosísima niña… en el umbral de ser una mujer, pero niña al fin.

Estuvimos en silencio por unos minutos. Yo leyendo los cuentos breves que me había alcanzado y cuando levantaba mi mirada, al terminar uno de ellos, encontraba los ojos de ella estudiando mis facciones para descubrir en ellos los signos de aprobación o rechazo.

Fueron casi 30 minutos de absoluto silencio, hasta que, devolviéndole las notas, le dije:

“Muy buenos cuentos, Joseline, todos, aunque el que más me encantó fue la historia del perro. Hay que pulir muchas cosas ligadas a la Corrección de Estilo pero lo principal con respecto a la calidad de textos es bueno. Escribes de manera clara y con un buen vocabulario, sin adornos superfluos, pero con un buen uso de las metáforas y del tono de la ironía… -le dije con toda sinceridad, y añadí-… y será un honor para mí ayudarte en lo que pueda!”

Joseline se cubrió el rostro y lloró, lloró como lo que era, una niña. Luego se levantó y se acercó hacia mí.

“Gracias maestro, gracias!” dijo y volvió a llorar. Esta vez se arrodilló y apoyó su cabeza en mis rodillas, y yo acaricié sus castaños cabellos consolándola.

Cuando se calmó se sentó a mi lado y conversamos, es un decir porque fue ella la que no dejaba de hablar de muchas cosas, de todo y de nada. Claro que Joseline seguía siendo la niña hiperactiva que gesticulaba de manera graciosa. Me dijo que su vida era muy triste y que no le atraía ninguno de sus compañeros de escuela y por eso no tenía enamorado, más aun, que nunca tendría uno.

Yo la escuchaba atentamente porque la personalidad de Joseline era desbordante, quizás por su dinamismo juvenil, pero ya se entreveía que iba a ser una mujer de carácter y simpatía inigualable… Sin embargo descubría que algo la atormentaba y empañaba la chispa de sus ojos y que, en cierta manera, buscaba mi aprobación… y amor. Sí, ella estaba sedienta de amor y comprensión.

“Las 8 pm, dios mío, me tengo que ir volando, maestro!” dijo Joseline, y esta vez se paró de una manera decente y al momento de recoger su mochila, dobló las rodillas y no me enseñó el poto.

Yo sonreí complacido de que se comportara como debía ser una niña.

Esa noche, en la soledad de mi cama, todos los detalles de la visita de Joseline se repitieron en mi mente, y me quedé pensando en ella. Era indudable que Joseline, su apariencia física, su inteligencia y su comportamiento me habían conmovido.

“Algo no está bien en Joseline… -cavilaba para mis adentros-… creo que está perturbada por algo… pero no soy yo el que pueda descubrirlo… Mañana hablaré con Cecilia, mi ex; nunca pensé que recurriría a ella por un motivo así, pero en fin, ya veremos.”

Cecilia era una psiquiatra de 40 años, 35 cuando la conocí, y habíamos compartido varios años en una relación sin futuro, por eso duró tanto ya que no hablábamos de matrimonio y menos de tener hijos, aunque ella decía que nunca habíamos terminado, y solo nos habíamos alejado para poder respirar mejor, por eso compartíamos algunos fines de semana ocasionalmente. Con ella, durante nuestra convivencia, se barrieron una serie de tabús y se hicieron realidad muchas de mis fantasías en la cama, hasta que nos aburrimos y decidimos vivir por separado y vernos solo si ella o yo la llamara. “Sí, estoy seguro que ella y Joseline congeniarán!” sonreí y me dormí.

Joseline vino la tarde siguiente, la siguiente y así sucesivamente por varios meses y cada vez nos hacíamos más íntimos. Le di la llave de mi pent-house, ahora ella podía entrar a la hora y cuando quiera, estuviera yo o no, aunque nunca le dejé pasar la noche conmigo, así me dijera que podía inventar una excusa respaldada por sus amigas. Así, con ese grado de intimidad, ella desnudó su alma y me contó todos sus secretos y yo solo algunos, y comprobé que maduraba de una manera prodigiosa en todo sentido en que puede ir la personalidad de una niña que va convirtiéndose en mujer bajo la batuta de un hombre maduro como yo. Hasta que sucedió lo inevitable.

“No voy a regresar mas a mi casa… -dijo Joseline al entrar a mi depa y llorando, se refugió en mis brazos, y añadió-… Odio a mis padres, jamás regresaré!” Yo sabía que hablaba en serio y a estas alturas ya no podía hablarle como a una niña.

“Me quedaré contigo!” Me dijo con toda seguridad.

Sí, ella confiaba en mí al 100% y daba por sentado que yo no me iba a negar. Aun así mi cordura se imponía. Ella era una menor de edad, y si decidía quedarse conmigo, así fuera por propia voluntad, sería considerado un secuestro. Peor aún, si pasaba la noche en mi compañía. Definitivamente, sus padres podían acusarme de secuestro y violación; y nada, ni el consentimiento de ella, ni el amor eran excusas validas legales.

“Joseline, puedes quedarte conmigo… pero tengo que llamar a tus padres y decirles que estás aquí, conmigo!” le dije muy seriamente.

“¿Acaso no te conté como son ellos?… -me respondió con una irónica sonrisa, por mi supuesta ingenuidad, y añadió con toda seguridad-… Mejor me voy a otra parte para no comprometerte!”

“De ninguna manera, Joseline. Te quedas aquí, conmigo, después de conocerte como te conozco, estoy dispuesto a correr todas las vicisitudes del caso contigo… -le dije casi como una orden, y añadí con la misma resolución-… Pero llamaré por teléfono a tus padres de todos modos y les diré que estás conmigo!”

Y así lo hice, bajo la atenta mirada de Joseline, quien a la vez iba a escuchar la conversación en el teléfono auxiliar.

“Eres un corruptor de menores y la pagaras muy caro, te voy a denunciar ahora mismo, ya verás!” me gritó la madre y el padre no se quedó atrás y añadió “Maldito violador, te voy a colgar de los huevos!!!”

Joseline se acercó a mí rápidamente y sin decir una palabra me quitó el teléfono de la mano y colgó.

“Le van a hacer mucho daño, Maestro, los conozco como son y temo por Ud.!” y me abrazó.

“No te preocupes por mí, querida, solo quiero decirte que tienes mucha razón, no puedes regresar donde ellos!”

“Vendrán aquí a buscarte con la policía y matones… -me advirtió y añadió-… desde que tengo uso de razón supe que son abogados malvados, y estafan a la gente más débil quitándoles sus pertenencias y propiedades… incluso creo que han causado la muerte de algunos, pero a ellos no les pasa nada porque forman parte de una mafia judicial!”

Yo miraba a los ojos de Joseline mientras me hablaba y comprobé una vez más en estos cortos meses de convivencia diaria, que ella ya no era una niña, sino una mujer de muy claro raciocinio.

“Tenemos que irnos, no tardarán mucho en llegar y si te encuentran te harán mucho daño!”

“Sí, vamos a mi casa de las playas del sur!” me limité en responder, mientras hacía una llamada con mi celular a Cecilia para ponerle al corriente de lo que sucedía.

 

“¡Abra la puerta en nombre de la ley!” Rugió el jefe del comando policial mirándome, al momento en que yo aparecía en el porche de mi casa de playa.

“¡Violador, maldito pervertido, secuestraste a mi hija y la has violado!” gritó la madre.

“No sabes con quien te has metido, maldito, te meteré a la cárcel, allí te violarán, hijo de puta, y me quedaré con tu casa!” gritó el padre.

No puedo decir que los insultos no me hacían mella, nunca me habían tratado así, pero viniendo de quienes venía, me tenía sin cuidado. Así que caminé hacía la reja de seguridad.

Entonces apareció Joseline detrás de mí. Yo no me hubiera dado cuenta de ello, porque mi atención estaba en sus padres y pude ver que estos ni se inmutaron ante la presencia de su hija. Fue por el alboroto de los reporteros que lo noté. Volví mi rostro y vi a Joseline muy serena y dueña de sí misma, sin ningún temor. Ella sonreía ligeramente al caminar hacia mí. Yo ya estaba a casi un metro de la reja metálica cuando me detuve, entonces ella me alcanzó, tomó mi mano e hizo que la abrasara.

“Oficial de policía, ¿puede enseñarme la orden de detención?” le dije mirándole a los ojos y con mucha calma, porque era lo que me transmitía Joseline; tratando de hacerme oír en medio del griterío de la jauría de desaforados.

El policía dudó, pero inmediatamente agregó gritando: “Ud. no tiene derechos, señor. Estamos ante un crimen en pleno desarrollo, así que puedo arrestarlo sin orden judicial.”

“¿Así, y cuál es el crimen?”

“Tiene secuestrada a una menor de edad!” volvió a gritar el uniformado, mientras los padres de Joseline no dejaban de vociferar insultos hacia mí, pero ninguna palabra de cariño o consuelo para Joseline.

“¿Así?” le contesté mientras sacaba un manojo de llaves, entre ellas la de la reja, y se las di a Joseline.

“Joseline, si quieres puedes irte!”

“No, no quiero irme y de aquí no me saca nadie!” contestó.

“¿Y cómo va a arrestarme, señor policía? ¿Acaso tiene la orden del allanamiento de mi morada para entra y proceder?” Esta vez los labios del policía quedaron más cerrados que el poto del gato; solo atinó a voltear su cabezota y mirar al gallinazo de terno y maletín. A quien tan pronto miré, se acomodó los lentes y agitó unos papeles. Los matones se sumaron a la bulla golpeando la reja metálica son sus palos y cadenas, sumándose a los insulto y amenazas.

“Es mejor que no se resista, señor, y se entregue a la autoridad; como sea, Ud. sabe, saldrá libre en 24 horas!” trató de distraerme el leguleyo.

“Por favor, enséñeme la orden!” lo conminé.

“Solo me basta dar una orden y derribaran la reja, señor. Entréguese, no se resista!” dijo sudando el torcido abogado. Mientras los camarógrafos y reporteros grababan todo.

Yo y Joseline sonreíamos, manteniéndonos tranquilos a un metro de la entrada.

Entonces el tinterillo se retiró maldiciendo a todos, así quedaron solo algunos policía, los matones y los denunciantes. Fue cuando todo indicaba que entrarían sin ninguna orden legal, a la fuerza y el supuesto arresto se transformaría en un linchamiento.

En eso, justo cuando estaban por derribar la reja, llegaron más policías en varios patrulleros. De uno de ellos bajó Cecilia acompañado de otro civil, de terno, corbata y con un maletín en la mano. Y se acercaron a la reja. La presencia de todos ellos, de alguna manera, detuvo el asalto a la casa.

“¿Señora Brigitte de la Romaña? ¿Señor Carlos Alberto Chelentano? ¿Son Uds. los padres de Joseline?” preguntó con amabilidad Cecilia.

“Sí… -respondieron en coro, y agregaron-… y le exigimos que capturen a ese depravado!” y la pareja me señaló.

“Señor fiscal, por favor!” dijo Cecilia para que el abogado del estado, que la acompañaba, proceda a la lectura de una orden judicial, mientras los policías recién llegados rodeaban a la pareja.

“Señores… -El fiscal comenzó a leer la orden llena citas y artículos de ley que los padres de Joseline entendían perfectamente, hasta que finalmente dijo-… Uds. quedan arrestados y serán procesados por abuso sexual reiterado en desmedro de su hija legitima, Joseline, con conocimiento y consentimiento de la madre… !”

Y la policía procedió a esposar a ambos, ante la andanada de insultos y amenazas… Los matones y lo policías a contrato, expertos en esas artes, ya se había largado.

Epilogo

Joseline se quedó a vivir conmigo, contra viento y marea de la opinión pública, ya que Cecilia no solo había logrado la denuncia y orden de arresto, sino que había conseguido liberar a Joseline de la Patria Potestad de sus padres, y transformarla legalmente en mayor de edad. Así, ella podía ejercer su libre albedrio.

El proceso judicial duró un año y la prensa explotó el morbo del la gente, con conjeturas sexuales propias de un verdadero depravado. Bastaba que usaran los condicionales como, “se cree que” “se dice que” “podría ser que” para decir cualquier cosa. Así la gente se polarizó a favor o en contra de Joseline y mía.

El Cardenal de la ciudad, apenas se enteró, por declaraciones mías, que era ateo y comunista, me sentenció como culpable mucho antes de terminar el juicio, y a Joseline la excomulgó, poniéndola como una clara señal de la corrupción previa al fin del mundo.

Yo no era un escritor de fama, pero el escándalo mediático me puso día y noche, los siete días de la semana, a lo largo del año, en las portadas de revistas y periódicos, como la persona más popular. No les importaba si era inocente o culpable, sino le bastaba que acepte las entrevistas y asista a los sets de TV. Podía decir lo que me viniera en gana, cierto o falso, no les importaba, con tal de generar polémicas y así vender sus periódicos, y con ellos, sus avisos comerciales.

Al final del juicio, la pareja de malos padres fueron sentenciados a prisión. Joseline y yo, a pesar de no tener o quedar cargos legales de ningún tipo en nuestra contra, en la gente de pensamiento ligero, quedamos como amantes.

Después, nuestra actitud de negarnos al juego mediático con la prensa y el paso del tiempo, hicieron que nuestros nombres desapareciera de sus portadas y noticias.

El rostro de Joseline había dejado sus facciones de niña. Ahora existía una perfecta relación de rostro-cuerpo que reflejaba su extraordinaria personalidad.

Una noche de Junio, después de haber padecido un proceso gripal pero ya repuesto, estaba descansando en mi cama, pero no dormía, fue cuando sentí que Joseline entró sin hacer ruido a mi dormitorio, y de la misma manera se acercó a mi cama. Yo me hacía el dormido, pero aun con los ojos entrecerrados podía verla en la penumbra.

Así, la vi pararse muy cerca de mí por unos segundos para mirarme. Luego se agachó y acercó su rostro al mío, me dio un beso en la mejía y murmuró a mi oído:

“Feliz día, Papá!!!”

Fue la primera vez, en mi larga vida, que celebré ese Día.

 

05
Feb
14

LA AMANTE Y LA ESPOSA

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Hola, debo confesar, para ser sincero y honesto (¿?) con Uds., que de joven fui un libertino, como bien dice un corrido mexicano: Borracho, mujeriego, pendenciero y jugador. Bueno, pero no tanto, eh!

¿Y esto me trajo problemas? Mmm… Déjenme decirles que creo que supe cuidarme y ver los límites de mis desvaríos, así que: No, no tuve problemas. Muy al contrario, a esta temprana edad y la espontánea explosión de mi personalidad me hizo muy popular en el barrio donde vivía y luego en la universidad, especialmente entre mis amigas, ji, ji, ji… Hasta que me casé. ¿Qué, me jodí? No, en absoluto.

Bueno, pero creo que Uds. quieren que hable de mi amante, así que iré directo al tema.

Creo coincidir con todos, o por lo menos con la mayoría que sabe, que la amante es una persona especial, que trae alegría, vitalidad, lozanía, gozo y principalmente placer sexual sin compromisos aparentes, amoralmente hablando. Y como los momentos compartidos son breves, relativamente, disfrutamos de ese tan ansiado extravío a plenitud. Con ella puedo hacer lo que quiera y plazca; ella siempre está a mis órdenes cuando la llamo para una cita y responde con tal alegría y ansiedad que llena mi egolatría de amante.

Con la esposa las cosas son diferentes. El matrimonio trae responsabilidades y compromisos, hijos y preocupaciones; las que están demás enumerarlas porque son tan conocidas que aburren y/o mortifican. Aunque no puedo negar que a través del matrimonio uno llega a alcanzar el desarrollo pleno, en lo personal y como pareja, y uno se siente realizado en la felicidad de los hijos y esposa. Creo firmemente que ellos son el aliciente del progreso económico del hogar, porque empezamos a desear tener una casa y auto más grande; ya no el depa de soltero ni el auto deportivo, solo para dos, de antes. Si realmente queremos a nuestros hijos, les daremos la mejor educación y seguro de salud que podamos… Amén de los caprichitos de siempre en la ropa y la moda… y todo eso cuesta. Por eso estudiamos, trabajamos y doctoramos; o arriesgamos nuestra salud mental invirtiendo hasta la camiseta en la empresa que dirigimos, y todo para poder pagar ese progreso económico, en el que mi esposa es una estricta administradora del gasto familiar.

Con la amante me relajo y voy al mejor hotel y restaurant de la ciudad o del lugar que decidimos escaparnos brevemente. Con la esposa la cena en casa es obligada y rodeados de los hijos y sus problemas. Aunque tengo que reconocer que ningún chef cocina más rico que mi esposa. A la amante no le importa cuánto gasto, a la esposa si, y si podemos ahorrar mejor, porque las vacaciones anuales con todos los hijos cuestan un ojo, o los dos, de la cara.

¿Pero… y la lealtad, la fidelidad, la felicidad…? Se preguntarán Uds.

Ah, sí, me olvidaba decirles que mi esposa es mi amante.

FELIZ DÍA DE SAN VALENTÍN!

21
Mar
13

Atrapada en una Pesadilla

Atrapada en una Pesadilla

“Hola doctora”.

“Adelante, por favor, siéntese lo más cómoda posible”.

“Gracias, doctora, gracias”.

“¿Y en que puedo ayudarla?”

 “Doctora, mi nombre es María Luz Cielo, tengo 35 años y mi marido 38. Tenemos tres hijos de 12, 11 y 6 años. El menor, Carlos Alberto,  fue nuestro último intento, luego de un lapso de cinco años que habíamos decidido no tener más hijos, por tener una mujercita en la familia. Pero igual, eso solo lo pensamos antes de tenerlo…” entonces María Luz hizo una pausa, tragó saliva o algo muy parecido al falso orgullo propio, debido a que sentía una gran vergüenza de hablar acerca de algo tan íntimo, aun cuando tenía al frente a una doctora en siquiatría y estar absolutamente solas. Pero, venciendo esa barrera interna, se animó a hablar, pues para eso había hecho la cita con anterioridad.

 “La razón por la que he venido, doctora, es que últimamente he tenido horribles pesadillas”.

“Las pesadillas son eso, María luz, sueños horribles, y muchas veces sin aparente sentido, ya que son temores disfrazados…” comentó la doctora amablemente, a manera de relajarla, para que a María le sea más fácil ser más especifica en explicar su problema.

“Doctora, sueño que, por alguna razón que desconozco, estoy recluida en un sanatorio para enfermos mentales… Es horrible, doctora, en mi sueño estoy en una sala rodeada de gente alterada con las que no puedo compartir las más mínima conversación, digo esto por solo mencionar lo básico entre otras actividades en las que me veo forzada a participar, si se puede llamar participar a estar totalmente quieta, sin hablar, ni moverme, como una muerta, como si mi mente no estuviera allí. Pero, además de esa tortura sicológica, recibo el constante maltrato por parte de los doctores y enfermaras, ya que me tratan como una paciente y yo me opongo, porque estoy totalmente cuerda. Pero ellos no me hacen caso, no me prestan atención, no escuchan mis explicaciones. Yo me enfrento a la terapia que me dan, no quiero los electroshocks, ni los baños con agua helada, pero no puedo luchar contra ellos y finalmente me vencen.  Solo tengo paz cuando, en mi pesadilla, me llevan o logro refugiarme en mi dormitorio y me duermo. Es en ese momento en que por fin logro despertar y ver a mi esposo a mi lado, dormido. Pero el sueño me deja muy alterada, nerviosa, asustada a que pueda verdaderamente perder la razón.”

“María Luz… -empezó a interrogarla la doctora-… ¿Acaso son siempre las mismas pesadillas, una secuencia de ellas con ese mismo tema o totalmente diferentes?”

“Doctora, ahora hasta tengo miedo irme a dormir, porque las pesadillas han sido repetitivas, sino diferentes, aunque relacionadas con el mismo tema… No obstante, tengo otras que empiezan muy lindo, pero se vuelven horribles, al extremo que me sacudo, muevo mis brazos y grito para lograr salir del mal sueño, pero no lo logro fácilmente.”

“¿Y cómo son esas pesadillas?” preguntó con avidez la doctora, adivinando que por allí podría encontrar la explicación del tormento onírico.

“Como le dije, doctora, empiezan muy lindas porque estamos en casa con mucha alegría, preparando nuestro equipaje ya que nos vamos de camping por tres días. Los niños se ven muy animados preparando sus mochilas con sus pertenencias personales. Mi marido se encarga de preparar el equipo de la tienda de campaña, los sacos de dormir y de la caja conservadora para los refrigerios, y empacar, además de todo lo que concierne al mantenimiento de la camioneta 4×4 en que viajaremos. Yo me encargo de los sándwiches y jugos que llevaremos para el camino, además de escoger toda la comida fresca y conservada para los tres días. Además de todo lo concerniente a Carlos Alberto.”

“Tienes mucha razón, María Luz, lo que me cuentas es muy lindo porque con mi familia también hemos hecho esos viajes, que son muy extenuantes pero maravillosos…-comentó la doctora, y añadió-…  Ahora dime, ¿cuándo o qué torna a ese sueño en una pesadilla?”.

“Doctora, trataré de ser breve y le diré directamente que sueño que estamos viajando al Cañón del Colorado por la carretera 66, admirando la belleza del paisaje, pero al oscurecer vamos por un atajo que va por el borde de este. Esta vía no está asfaltada y es muy agreste. Yo le digo, mejor dicho, le ruego a mi esposo a que regrese a la vía principal y que nos hospedemos en un motel, solo por esa noche. Pero él insiste que conoce la vía y que no me preocupe de nada, porque ya la recorrió con sus padres cuando era un adolecente. Doctora, allí es cuando empieza mi desesperación, presiento que algo muy malo nos va a pasar, especialmente cuando la camioneta empieza a dar tumbos por el mal estado del camino. Doctora, eso ya lo he soñado repetidas veces y sé lo que viene. Reconozco el lugar que transitamos y sé que un terrible accidente va a ocurrir. Le ruego a mi esposo que pare, que no continúe, pero él no me escucha y vamos a lo que ya sé, nuestro fatídico destino. Doctora, en un recodo de la carretera aparece un camioneta pick up de gran tamaño, creo que le llaman Big-Foot, que viene en sentido contrario, con las luces muy potentes encendidas, y mi esposo pierde el sentido de orientación. Doctora, dios mío, nos desbarrancamos. Lo he soñado ya tantas veces, sin embargo siempre sufro lo indecible, sino igual, peor. Veo como todo da vueltas dentro de la camioneta, cayendo por el precipicio, oigo los gritos de mi esposo y de mis hijos. Dios mío, mis hijos, mis hijos, cada vez que sueño esto los veo morir, pero me doy cuenta que estoy dentro de una pesadilla y hago lo posible por despertar… entonces todo oscurece y súbitamente lo logro. Doctora, ya se podrá imaginar Ud. lo alterada que me encuentro cuando despierto en la cama, a lado de mi esposo. A veces él se despierta y me abraza, protegiéndome, y me dice: “Mary, tuviste un mal sueño, te escuché gemir mientras te movías angustiada…”. Luego me levanto, voy a buscar a mis hijos en su dormitorio y los veo allí, sanos, durmiendo plácidamente, entonces los acaricio sin despertarlos, me siento feliz de encontrarlos en sus camas. Luego, mi rutina diaria me envuelve, me doy una ducha fría que logra disipar mi preocupación, y así, preparo el desayuno, despido a mi esposo cuando va al trabajo, llevo a mis hijos al colegio y me voy a la oficina legal en donde trabajo como secretaria ejecutiva… es decir ya no tengo tiempo para pensar nuevamente en la pesadilla, pero luego de un tiempo, dos o tres semanas, o a veces meses, la pesadilla regresa.”

María Luz mira fijamente a la doctora, angustiada, en espera de una respuesta, y esta le dice, sin mucha preocupación: “Querida, María Luz, te voy a prescribir unas pastillas para que puedas relajarte durante el sueño y puedas dormir bien, estas desaparecerán con el tiempo.”

María Luz regresa más tranquila a casa y esa noche, luego de acostar a sus hijos, sigue las recomendaciones de la doctora, tomando las patillas relajantes antes de ir a dormir en brazos de su amado esposo.

“Pobre mujer… -comenta un doctor en una junta de médicos de un hospital para enfermedades mentales-… no hemos logrado traerla a la realidad desde el accidente que tuvo, hace dos meses, en donde perecieron su esposo y sus tres hijos. Cuando abre los ojos no deja de gritar desesperadamente, hasta que la sedamos con tranquilizantes para hacerla dormir, entonces se calma y hasta sonríe constantemente como si viviera un lindo sueño.”

30
Abr
11

¿ADICTO AL SEXO?


Estoy en la recamara de un hotel, de cinco estrellas porque esta noche será especial, recostado en la cama, desnudo pero cubierto discretamente, luego de haberme duchado. Tengo mis dedos entrelazados reposando entre mi húmeda nuca y la almohada, en espera que mi pareja salga del baño y venga a recostarse conmigo, a mi lado, para hacer lo que ya teníamos propuesto hacer desde mucho antes que entráramos al hotel. No está demás decir que yo venía preparado para la faena, no había bebido nada de alcohol ni comido más de un bocado en el preámbulo que hicimos antes de subir a la recamara, porque definitivamente pensaba fornicar toda la noche… ¿Seré adicto al sexo?
Pero ya no soy joven, y ni los ejercicios que hago diario para mantenerme en “forma” (léase: “listo para el sexo”) dan los resultados esperados, y lo que antes era un cóndor ahora es un tímido pingüinito. Así que, con antelación, fui a ver a un doctor para que me recete la bendita pastilla del Viagra. Tengo 60 años de edad, y por lo menos 45 fornicando como gallo loco, y no pude evitar que una idea cruzara mi mente… ¿Seré adicto al sexo?
Entonces apareció la deseada hembra, en el marco de la puerta, vistiendo un breve y transparente “baby doll”, a contraluz entre la semipenumbra de la recamara y la luz del baño, posando, con un brazo en alto y la otra mano apoyada en su carnosa cadera, mirándome seductoramente, muy segura de sí misma que muy pronto iba a conseguir su pecaminoso propósito. En mí, lo que tenía que erguirse se irguió, y agradecí a la bendita pastilla azul el milagro. Entonces me quedé absorto mirando su espectacular figura, mientras por mi mente hacía el recuento de la docena de condones de colores y sabores que había traído con mucha ilusión… ¿Seré adicto al sexo?
La opulenta y voluptuosa mujer vino caminando lentamente hacia mí, moviendo sus caderas, para provocarme la libido o, ya provocada en ella misma, por el anhelo de devorar su apetecible bocado que la sabana no podía ocultar.
Yo me mantuve quieto, tranquilo, y seguí recostado en la cama, dejando que ella tome la iniciativa y despliegue todo lo que su imaginación de hembra en celo le provoque hacer. ¿Acaso soy un diablo en la cama? No, soy más que eso, soy viejo y aunque necesito Viagra la experiencia de la vida es mi aliada… ¿Seré adicto al Sexo?
Ella se detuvo a sólo un metro de la cama y empezó a bailar suavemente, girando y contorsionando sus caderas y hombros, haciendo danzar su ombligo, frotando con sus manos las protuberancias y pliegues de su cuerpo, despeinándose y meneando su cabellera, e inclinándose a recoger cosas imaginarias del suelo, sólo para mostrarme la sinopsis de lo que más tarde me enseñaría al detalle, y en mi alma sentí crecer el dulce sabor de la lujuria. Los latidos de mi corazón se acrecentaron y mi respiración se transformó en una secuencia de profundos suspiros. Ella no me miraba a los ojos para no perturbar mi gozo, pero yo creí descubrir en su dulce rostro que la danza erótica la afectaba a ella también, hasta que se quitó el “Baby doll” y vino hacia mí… ¿Seré adicto al sexo?
Debo confesar que ella no es la joven ni esbelta mujer que Uds. se imaginan. Entonces, ¿Porqué hacerle el amor?… O acaso… ¿Seré adicto al sexo?
Bueno, les diré que ella ya perdió la lozanía de su piel, y los contornos de su cuerpo no son los que conocí en su juventud, ha perdido unos dientes que fueron reemplazados a la perfección, y en su rostro hay arrugas que ya son imposibles de ocultar. Aun así, ésta noche deseo hacerle el amor de una manera inolvidable… ¿Seré adicto al Sexo?
Mmm… No lo creo… O al menos, no exactamente. Pero sí creo, que lo justo sería decir que Soy Adicto a Ella. Porque llevamos 38 años de casados y 46 de enamorados, y la adoro con toda mi alma. Sí, soy un irremediable adicto, porque sin ella no podría vivir… Y ésta noche es nuestro 38 Aniversario.
“Apaga ya la luz cariño… y ven”

04
Jun
10

EL CAMORY

Era exactamente el verano del 62’ cuando sentí que el mundo cambió para mí. Tenía 14 años y de pronto algo despertó muy dentro de mi espíritu que me hizo percibir una avalancha de sensaciones y experiencias que no lograba entender. Crecí, mi voz se hizo grave y mis axilas y pelvis se enmarañaron de vellos. Y de pronto descubrí una música que traducía el caos de las emociones que fluían por mis venas, además del cóctel de hormonas que me hacían vibrar al ritmo de los bajos y guitarras eléctricas. Claro que el rock ya había aparecido hacía siete años con Elvis Presley, Bill Halley, Chuck Berry y otros, pero para mí aparecieron recién ese verano junto con Paul Anka y Neil Sedaka, a quienes no entendía lo que decían debido al idioma Ingles, lo mismo que yo a mis padres sin tener esa barrera, pero Los Teen Tops tuvieron la virtud de ser los primeros en ponerlo en español.

Desde que nací había escuchado la música peruana, criolla y andina, por la radio y en las aburridísimas fiestas familiares. También era de mi entorno musical las guarachas o música afrocubana, y bien recuerdo a la Sonora Matancera y su larga fila de vocalistas súper estrellas y al trío de Los Compadres. Pero en general era una música que, como dicen, me entraba por una oreja y salía por la otra, sin alterar para nada de nada en mí, ni tampoco lo esperaba porque jamás había tenido una experiencia que me hiciera saber que había algo más.

Una tarde, justo el 1 de Enero del 62, luego de jugar un partido de fulbito en la pista de patinaje del parque “El Porvenir” hasta el cansancio y la semipenumbra del comienzo de la noche, mi amigo Federico me dijo “Bebe, te invito una chicha morada”. “Claro, y yo pongo los Chancais (pasteles)” le respondí, pero añadí algo más: “No me llames Bebe… Sólo dime Mikey”. En unos meses más cumpliría 15 años y mis padres, mis hermanos y amigos mas cercanos del barrio me seguían llamando “El Bebe”, y yo ya no lo soportaba. Sólo en el colegio Salesianos, lejos del barrio y mi casa, me llamaba por mi nombre real Michaelangelo, aunque preferían decirme Mike, Mikey o Miki.

Cruzamos la pista de la concurrida avenida Bolívar, abrazados como compadres del alma que éramos, jodiendo a los choferes de los vehículos, que tenían frenar para no atropellarnos mientras los maldecíamos degradándoles a sus madres. Y entramos a una pastelería del barrio, justo frente al parque, que sólo había visto desde lejos destellar su nombre con sus luces de neón… “El Camory”.

Las pastelerías en general no eran de mi agrado desde que una vez, de muy niño, me atraparon robando. Yo vivía en un barrio de clase media, en esos tiempos porque luego se deterioró mucho, en el Block 22 de la Avenida 28 de Julio, a sólo dos blocks del parque Porvenir, en condiciones que podemos considerar decentes, lugar en donde, justo a la vuelta de la esquina, había un corralón o terreno baldío, cercado con una pared de adobe y un único portón como fachada, vecindario clandestino de un solo caño de agua potable y una sola letrina para más de diez familias que habían construido sus ‘casa’ de esteras y cartón, lugar en donde, lógicamente, estaba inundado de niños. Niños que eran muy pobres y que vivían casi en completo abandono. Sí, estos niños, cuando yo tenía mis escasos 7 años, eran mis más entrañables amigos con quienes compartía mis juguetes, golosinas y, de cuando en cuando, les regalaba la ropa que ya no usaba. Fue con ellos con quienes tuve muchas experiencias, y una de ellas, la primera vez en mi vida, de dormir fuera de casa, en la intemperie de la calle, lógicamente, sin ningún permiso. Claro que, al contrario de los otros niños del grupo, fui extremadamente inconsciente de la preocupación que les ocasioné a mis padres al no regresar hasta el día siguiente. Fue también la primera vez que dormí acurrucado debajo de la escalera de un edificio protegido con papeles de periódico. La experiencia fue divertida mientras contábamos historias, hasta que llegó la hora de dormir, que era cuando cada quien caía rendido por el sueño y se dormía. Fue entonces que sentí frío y me di cuenta que el piso de cemento que tenía como colchón jamás se ablandaría. Me acordé de mi madre y de sus “buenas noches hijo” entonces quise irme a casa pero estaba atrapado, allí, sin saber como regresar. Al día siguiente, es un decir, me levanté muy temprano y comencé a despertar a mis amigos para regresar pero no me hicieron caso, hasta que la cosa cambió cuando una vieja cascarrabias salió, escoba en mano, de uno de los departamentos y nos echó del lugar. En casa, mi madre estaba al borde del colapso, sufriendo lo indecible por mi ausencia, y cuando me vio llegar me abrazó inundada en llanto preguntándome en dónde había estado. “En casa de un amigo” le dije llorando contagiado por la tristeza de ella. Realmente no recuerdo todos los detalles de mi regreso pero sí de mi resolución de jamás volver hacerlo. ¿Y mi padre? Mi padre me miraba en silencio, muy serio, aunque sin decirme ningún reproche. Felizmente mis hijos nunca me hicieron esto, cuando tenían siete años, sino mucho después, de adolescentes, y pagué en carne propia mi travesura infantil porque su madre y yo sufrimos.

El ser amigo de una pandilla de niños abandonados de siete años, en donde yo sobresalía no como líder sino porque era el único que usaba zapatos, además de pantalones corto, camisa limpia, bien peinado y con un gorrito de baseball, traía compromisos de ser y hacer lo que el grupo quería. Una de ellas era lo cotidiano en mis pequeños amigos: robar. Para ellos era una manera de vivir, a tan temprana edad, para poder sobrevivir el día a día, para mí, una experiencia única. Nunca antes me habían invitado a hacerlo, pero después de haber pasado una noche en la intemperie nuestros lazos de hermandad se habían reforzado. Ya no era el niño rico del barrio sino un hermano para ellos. “Vamos a robar unos pasteles” dijo Javier, el líder del grupo, y yo en medio de ellos con mi silencio acepté. Así, entramos a una pastelería que estaba a sólo un block de mi casa, éramos como diez niños. El dueño apenas vio al grupo de desapastrosos salió con un palo en la mano porque no era la primera vez que los veía, ni robaban. El grupo sólo entró y salió, como una ráfaga de viento, y en ese breve instante mis amigos agarraron lo que pudieron, y yo, escaso de toda experiencia, me quedé solo, pastel en mano, bloqueado por el dueño quien estaba parado en la única puerta de salida. Posiblemente me iba a apalear de no haber intervenido providencialmente la mujer del italiano, “Él es el ‘el Bebe’… el hijo de la señora Rosi… Mañana hablaré con ella” fue lo único que dijo, y su marido, reconociendo a mi familia, se hizo a un lado y me dejó pasar. Yo, pastel en mano aún, pasé delante de él, quien me miraba con el ceño fruncido y el garrote recostado en su hombro. Fue un largo vía crucis de diez pasos los que di para salir a la calle, temiendo que justo en la salida recibiría el castigo, pero no fue así. Una vez afuera caminé con dirección a mi casa inmensamente avergonzado de lo que había hecho, pero en la esquina mis amigos me estaban esperando. El grupo se reía burlándose de mí hasta que Javier me dijo que ese había sido mi bautizo, que jamás me iba a suceder lo mismo porque en una próxima me rescatarían con una lluvia de piedras contra quienes se atrevieran a detenerme, entonces escupió a la palma de su mano y me la brindó para sellar la hermanad, diciéndome: “Eres rico, nunca te detendrán y si lo hacen, te rescataremos”. Yo le miré a los ojos pensando en la humillación que había sentido cuando estuve dentro de la panadería bloqueado por el dueño y rodeado de los empleados, teniendo suficiente dinero en el bolsillo como para invitar a todos mis amigos sin tener que robar. Y desde muy dentro de mis escasos siete años salió a relucir los atisbos de mi personalidad rebelde. No dije nada, simplemente estrellé mi mano, con pastel y todo, en la palma del líder, apretándola, haciendo que el pastel se desparramara por entre nuestros dedos mientras unas lágrimas salían de mis ojos. Todos entendieron mi actitud. Luego caminamos de regreso a casa en completo silencio, y aquel escaso block de distancia se hizo larguísimo, hasta que llegamos a la esquina del barrio, en donde sin mediar ninguna palabra nos dimos un abrazo ¿de despedida? Sí. Todos sabíamos que los lazos de nuestra amistad se habían roto.

Mi madre se enteró al día siguiente de lo sucedido por intermedio de la dueña de la panadería. Ella no me dijo nada pero la vi, triste y preocupada, hablándole a mi padre en voz baja, algo tramaban. Mi escapada nocturna y el robo los había alertado acerca de mi conducta y el control que ellos tenían que ejercer sobre mí, además del compromiso de sus viajes de negocios que no podían desatender.

Las vacaciones terminaban y tenía que ir a la escuela, yo creía que iría a la misma escuelita particular de siempre pero mis padres me dijeron que me iba interno a “Los Salesianos” de la avenida Brasil. Mis hermanos estaban tristes, pero yo lo tomé muy optimistamente, como sea, ya no tenía amigos en el barrio, ni deseos de estar allí. Así, me fui por siete años a estudiar la primaria y la secundaria y hacer nuevos amigos, con esporádicas salidas cada último domingo del mes y en las vacaciones escolares anuales. Hasta el verano del 62’ en que, como les dije, todo cambió en mi.

Cuando entramos a la pastelería “El Camory”, abrazados como grandes amigo, era Federico quien llevaba la batuta de qué hacer porque yo había estado ausente del barrio por muchos años. Él cogió una bandeja en donde puso un vaso de chicha morada y un chancay, y yo lo imité. Luego fuimos a la caja registradora y pagamos lo que habíamos escogido. Cuando di media vuelta, siguiendo a Federico, recién fui consciente del lugar en donde estábamos. El local estaba lleno de adolescentes como yo, en donde las niñas, casi mujeres, me miraban con la coquetería que los andrógenos de su ya iniciada época de menstruación les daban a su feminidad. Trastabillé e hice un gran esfuerzo para seguir a mi amigo, avergonzado por el solo hecho de que las niñas me mirasen, rogando que la bandeja no se me cayera de mis temblorosas manos. Federico encontró un lugar donde sentarnos, mientras que al pasar por entre las mesas algunos chicos y chicas lo saludaban.

Yo estaba asombrado, nunca antes había visto tanta gente como yo comportarse de una manera tan independiente en un lugar público como en esa pastelería. En todo caso, ese lugar escapaba a la denominación como tal. Mis ojos no dejaban de observar todo porque todo llamaba mi atención. Los chicos vestían camisas o polos de color blanco, blue jeans y mocasines, tenían patillas, un cigarrillo en los labios y peinados a lo Elvis, Tony Curtis o James Dean, el cuello de la camisa levantado y una siempre eterna sonrisa en el rostro. Las chicas llevaban maquillado los ojos y los labios pintados, mientras un constante movimiento en su rostro denunciaba que mascaban chicle. Fui conciente que estaban muy limpios y perfumados, que para mi vergüenza comprobaba que yo apestaba, además de estar sudoso, despeinado y sucio por el juego realizado toda la tarde. Miré a mi amigo y descubrí que no estaba tan sucio como yo. Federico estaba peinado, y el polo y el pantalón corto que usaba en condiciones aceptables. Recién comprendí el porqué no se revolcó como yo lo hice al jugar. Y me avergoncé de mi mismo. De pronto, un sonido inimaginable interrumpió mis pensamientos, la Rocola aullaba una música que desconocía totalmente. “La Plaga!!!” grito Federico y saltó como expelido por un resorte de su asiento, se acercó a una mesa cercana e invitó a bailar a una preciosa chica. Él no fue el único en reaccionar de esa manera, de pronto el resto de muchachos llenaron en estrecho espacio de baile. Y lo que vi fue una imperecedera lección de cómo se baila el rock. Ellas vestían faldas amplias de color blanco o rosado, medias de colores y tenis shoes del mismo color, de pronto descubrí que todas vestían igual. Pero el baile fue toda una experiencia audiovisual inolvidable. Vi a chicos y chicas dar pasos muy acompasados, otros daban saltos y giros casi acrobáticos, pero todos siguiendo aquel vibrante ritmo de bajos, baterías, pianos y guitarras. Fue cuando sentí que una corriente eléctrica bajó desde la raíces de mis cabellos, recorrió mi cuerpo y enervó todos los poros de mi piel. Mi corazón se aceleró, y sentí que el sonido de las guitarras eléctricas se quedaban en mi alma vibrando, provocándome emociones jamás sentidas, entonces fui inundado por una repentina alegría y gozo, y quise bailar y gritar con todos “allí viene la plaga!!!… me gusta bailar!!!” y de pronto, un ángel de niña-mujer apareció en medio de la muchedumbre juvenil, bailando de la mano de su pareja y con la otra mano levantada al cielo mientras retorcía su cintura, y sus escuálidas caderas hacían bambolear su falda. Sí, fue casi una visión divina justo cuando escuchaba “y cuando está rocanroleando, es la reina del lugar” y los acordes de las guitarras volvieron a enervar mi ser, contagiado por la alegría me moví, allí, en mi asiento, siguiendo el contagiante ritmo como jamás lo había hecho con música alguna. Sí, el rock había llegado a mi alma para quedarse allí, para siempre. Por fin ese vacío provocado por el alboroto de mis hormonas de la pubertad tenían un cause común en el río del inquietante Rock and Roll.

Cuando Federico regresó a la mesa me dijo jadeando “La amiga de mi chica quiere conocerte” y yo instintivamente miré la mesa en donde estaba la chica que había bailado con mi amigo y vi, al lado de ella, a un ángel que me sonreía, la misma que había visto bailar en el centro del salón. Sí, un ángel de niña-mujer cuya hermosura a la vez que me embelezaba me intimidó. Yo no sé de donde ha salido el prototipo de mujer que llevo siempre conmigo, en ese entonces aun no conocía a la BB, ni a Sofía Loren y tampoco a Gina Lollobrigida, y menos aun Isabel Sarli, ni las revistas de Playboy habían caído en mis manos aún. Y hablando de manos, tampoco, aun, a rosi y sus cinco hermanas, así que no sé de donde diablos las mujeres rubias, pecosas y de ojos azules me apasionaban.

“No… hoy no” le dije a mi amigo porque me sentía abrumado.

Federico me habló de su enamorada, Luisa, y de su amiga, Melyssa. Me contó que recién la nochebuena la había besado y que ahora se consideraban enamorados. Me dijo también que Melyssa era hija de gitanos y que tenía dos hermanos gemelos muy celosos que llegarían pronto, además me advirtió que ella tenía un pretendiente pero que al verme yo le había gustado mucho y quería conocerme.

Terminamos la chicha morada y el chancay y yo deseaba irme, y a pesar de que el lugar y el ambiente me gustaba de sobremanera no me sentía al nivel de lo que yo consideraba mínimo en mi persona como para desenvolverme con soltura.

Se lo dije a Federico, “Ok Bebe, vámonos…” me respondió, y dejando las bandejas en el lugar correspondiente nos disponíamos a irnos.

Federico se acercó a la mesa a despedirse de su chica y yo lo seguí. Justo cuando la Rocola iniciaba un largo llanto: “Only youuuuu!!!”.

Su chica no aceptó la despedida sino que salió a bailar. Pero lo peor de todo fue que su amiga la siguió. Sí, Melyssa la siguió y vino hacia mí. Yo no sabía bailar, en realidad jamás había bailado, e iba ser la primera vez que iba a tener a una chica tan cerca de mí cuerpo. Realmente no sé que hice, pero me encontré bailando muy pegado a ella, balanceándome como un idiota, creo, y sólo atiné a seguir sus movimientos de manera muy torpe, aunque sentí su cuerpo llevarme por un paseo al cielo, pero sobreviví sin pisar sus pies. No recuerdo cómo terminamos el baile, ni cómo me despedí, sólo sé que quedamos comprometidos a patinar al día siguiente. Claro que sí recuerdo la experiencia que tuve cuando salíamos porque todos me saludaban como si fueran mis amigos, debido a que había bailado con la chica más hermosa y popular del barrio, hasta que llegué a la puerta y encontré a dos tipos, mayores que yo, que eran los mismísimos retratos de Elvis presley y James Dean, por partida doble, y que me agarraron de la solapa y encarándome me dijeron: “Oye… la chica con quien bailaste es nuestra hermanita… Ya sabes” y me soltaron, eran sus hermanos, los gemelos gitanos.

Al día siguiente, en la mañana, acepté sin ninguna objeción el insistente acoso de mi hermana mayor para bailar el rock. Ella quería practicar y yo, hasta el día anterior, me había negado a ser el títere de sus ritmos.

Pero hoy era diferente, yo quería aprender aquel inquietante ritmo que nos embrujaba a todos, y que era pieza ‘sinenquanom’ de las reuniones en “El Camory”… Lugar en donde había encontrado al ser más dulce, a quien no le había importado mi desgreñada ocasional apariencia sino que simplemente la había atraído.

En la tarde nos encontramos en la pista de patinaje, Federico, Luisa, Melyssa y yo. Y por primera vez comprobé que las maromas que tanto había practicado tenían un rédito muy importante. En la práctica, me había “pavoneado” a los ojos de todos con mi destreza natural para los movimientos arriesgados del patinaje. Y si algo de mí había atraído a la niña de mis sueños ahora la había embrujado. Sudé copiosamente pero a ella no le importó darme un beso en la mejilla al despedirnos, sólo para encontrarnos mas tarde en…

“En El Camory a las seis, ok?” me dijo Melyssa con su mirada angelical.

En casa me di un baño, no sólo de agua sino de los perfumes de mis padres y hermanos mayores, además de afeitarme lo que no poseía. Miré la foto que mi hermana tenía de Elvis pegado al espejo y copié su peinado sin lograrlo, hasta que ella apareció y me dijo que tenía que usar gomina. “Ajá…” dije, y la odiosa de mi hermana empezó a caerme bien.

En mi ropero tenía un Blue Jean, roto y gastado, que había dejado por lo apretado que me quedaba, pero que ahora creí perfecto. Escogí una camisa, blanca y de franjas rojas, que levantando sus solapas era perfecta. Me miré en el espejo y miré la foto de Elvis, entonces sonreí. Sí, ahora si estaba perfecto para el Camory.

Esa tarde fuimos al Camory, Federico, un nuevo amigo, Cooky, y yo, poco antes de las seis. Y con sendas Piñas Coladas nos sentamos a esperar a las chicas.

De pronto escuché el tin, tin, ton de “La Plaga” y salté a bailar, ¿con quién? No sé, pero dos chicas salieron a bailar conmigo, y bailamos, yo retorciéndome como lo había hecho previamente en el ensayo con mi hermana, y también como cuando patinaba en una pista. No es que yo fuera muy lindo, sino que era el “Nuevo Niño del Barrio” que tenía ‘algo’ que otros no tenían, pero que yo desconocía.

“Allí viene la plaga!!!” decía la canción y yo le hacía el coro diciendo: “Me gusta bailar!!!” mientras daba un paso adelante como quien empuja una colilla de cigarro, y otro atrás de la misma manera, rotando mis hombros al ritmo de la canción, sin tener en cuenta el desastre que hacía al corazón de una niña que, en el efímero amor de adolescentes, estaba locamente enamorada de mí. Si, Melyssa había llegado con sus amigas y me veía bailar, y lloraba al verme con otras, llena de celos a pesar de que ni siquiera nos habíamos besado.

Regresamos a muestra mesa, y todos comentábamos el baile realizado y de las nuevas chicas que íbamos conociendo. Para mí, Melyssa me gustaba mucho, y me ilusionaba con la idea de que fuera mi chica, sin embargo Melyssa ya me consideraba “su chico” y sufría por “haberme encontrarme con otras”.

Apenas la vi, en medio de sus amigas, el mundo desapareció de mi vista. Quise estar junto a ella; había practicado toda la mañana y fantaseado bailar con ella, y ahora quería acercarme a la mesa y estrecharla entre mis brazos.

De pronto la Rocola soltó la melodía de “All Shook Up” de Elvis Presley, y salí decidido a bailar y ponerme a nivel de todos, me acerqué a Melyssa, que ya había comentado con sus amigas que no bailaría conmigo, y la invité a bailar. Ella no espero un segundo y salió porque en su fantasía de niña-mujer también había soñado bailar “All Shook Up” conmigo.

El baile fue una exhibición de cómo se baila el rock clásico, muy acompasado, con los legítimos pasos que yo había aprendido de la contratapa del disco “A compás del Reloj” de Bill Halley y sus Cometas, y practicado con mi hermana hasta el cansancio.

El baile fue algo maravilloso, no hicimos ninguna figura acrobática pero nos lucimos en la cadencia de nuestros pasos y movimientos del cuerpo como si fuéramos unas simples marionetas atadas al ritmo del rock. Yo me había desinhibido de toda timidez que había mostrado el día anterior e inauguré pasos y movimientos que jamás se habían visto en el Camory, tanto así que llenó la vanidad de Melyssa, fuimos los únicos en el baile, y todos nos siguieron con palmas y vivas. Al final de la canción nos besamos, a mí me gustó mucho aquella demostración de amor puesto que era el primero de mi vida y porque ella llenaba mi ilusión, sólo mucho después comprendería que aquel beso fue una señal de Melyssa, dirigida a todas las chicas, marcando su territorio.

A estas alturas era absurdo estar sentados en diferentes mesas, así que por mi iniciativa nos reunimos todos. ¿Y el amigo Cooky? Cooky ya estaba con su respectiva enamorada.

Ya en el grupo, salió a relucir una faceta desconocida de mi personalidad hasta entonces, la locuacidad y las gracias o bromas, que hacía para divertir a todos. Sí, yo era no tan lindo como Alain Delon, pero eso sí, muy alegre y divertido. Y lo comprobé al día siguiente cuando fuimos a ver la película del momento: “Roco y sus Hermanos” por insistencia de Melyssa, la cual tuve que volver a verla de nuevo, años después, porque Mely me llenó de besos cada vez que salía en la pantalla el bendito francés. Claro que las consecuencias fueron que, desde ese día, tuve que peinarme y sonreír como él para alagar la superficialidad de mi chica… y la mía también.

Los días siguientes se repitieron casi de idéntica manera, sin que esto signifique que nos aburríamos. El cine, la pista de patinaje y el Camory era nuestra rutina semanal, la que se rompía sólo para ir las fiestas en casa de algún amigo los fines de semana.

En ese verano descubrí patrones de comportamiento totalmente nuevos. Uno de ellos era que, si no estábamos en el Camory, no podíamos abrazarnos o besarnos en público. Por lo que en la calle buscábamos, ocasionalmente, lugares, como las escaleras de los edificios, en la penumbra para darnos furtivos besos que colmaban nuestro inocente concepto del amor, ¿más? No, nuestras hormonas no lo pedían aún. La otra norma, no escrita, era que nunca se tocaba la puerta de la casa de la enamorada para llamarla sino que, desde afuera, se le silbaba de una manera muy particular que sólo ella reconocería. Yo lo hice varias veces y fue emocionante ver a los pocos minutos salir a la chica de mis amores, pero luego me gustó más llamar a la puerta y preguntar por ella. Gusto, que luego convirtiera en costumbre. Llamaba a la puerta, sonreía y preguntaba por mi enamorada, a sus padres le agradaba mi atrevimiento y me pedían entrar a esperar por ella. Así controlé a todos los hermanos celosos y hasta a padres maleducados. Sí, educarse en una escuela privada de niños rebeldes y desadaptados sociales, pero ricos, tenía su rédito.

También recuerdo que tuve una cita doble porque a la enamorada de Cooky no la dejaban salir, ya que él era un poco mayor, 18 años, aunque para mi parecer él sólo llegaba a los 12 en madurez. Esa noche estuvimos ambos esperando a nuestras chicas y él agotaba mi paciencia con preguntas estúpidas acerca de si vendrían o no, y que hacer si no, o si sí.

“Hey Cooky relájate, vendrán… Sino, ya veremos” le dije, y justo aparecieron en la esquina del Parque.

“Cooky, la escalera del 2do piso es mío, ¿ok?” le dije.

“Claro Bebe, yo me voy al 4to piso”

“Te he dicho que no me llames Bebe” repliqué, pero ya no había mas tiempo, las chicas estaban ya a nuestro lado.

Subimos en grupo, con Melyssa nos quedamos en el 2do piso, y Cooky y su chica siguieron subiendo.

Sólo alcancé a darle un beso a mi chica, cuando su amiga bajo corriendo, huyendo como si hubiera visto al mismísimo diablo en la penumbra del edificio. Entonces vi a Cooky bajando y le hice un ademán con las manos como muda pregunta de: “¿Qué pasó?”.

Definitivamente mi noche con Melyssa había terminado, ella tendría que acompañar a su amiga de regreso a casa, y yo me tenía que tragar el apetito de haberle dado unos cuantos besos más.

“¿Oye Cooky que pasó, que le hiciste a la chica?

“Nada Bebe… Cuando uds. se quedaron en el segundo piso, yo le dije que nos íbamos al 4to, fue entonces cuando ella huyó corriendo sin decirme nada”

“Oye huevón… -exclamé perdiendo la calma, y añadí-… la asustaste, ella creyó que te la llevabas al cuarto, a culear”

“Nooo!!!” dijo Cooky con los ojos exorbitados de la inocencia, sostenidos sólo por las lunas de aumento de los tremendos anteojos que usaba.

Por supuesto que a la niña-mujer sus padres le habían advertido que se cuidara de los muchachos, porque lo único que ellos querían era hacerles “daño” y embarazarlas. Sin embargo estos mismos padres se sentían muy orgullosos cuando sus hijos varones “dañaban” a cuantas chicas caía en sus brazos, y si resultaban embarazadas culpaban a la “perra” por abrir las piernas. Sí, esos años dorados eran de un exacerbado machismo también.

Luego de unos días fui a buscar a mi chica, en la mañana, como nunca nadie lo hacía porque a esas horas ellas estaban muy ocupadas limpiando la casa y ayudando a cocinar. Ella vivía en un lugar muy particular, cerca del Cine “Coloso” a tres blocks del Parque. Sus padres eran propietarios de todo un block en donde tenían su negocio de reparar autos, convertirlos en nuevos y venderlos. Una esquina del inmenso lote de terreno lo habían reservado para su vivienda, claro que para acceder a ella tenían otra puerta, como cualquier casa vista desde afuera, pero yo escogí entrar por el portón del taller en donde reparaban los autos. Allí encontré a un gringo viejo, alto, flaco y de bigotes largos, no sé si enrrubiecidos por sus genes o por el cigarrillo que llevaba siempre en sus labios, vestido de un grasiento overol de mecánico dando ordenes y maldiciendo a sus operarios. Más allá, en una hamaca, una mujer opulenta y pintarrajeada, vestida con trajes muy limpios, largos, holgados y de colores, fumando y en cada aspirada y bocanada de humo resaltaba su nariz de garfio y las uñas de sus manos, las que me recordaban la apariencia de la bruja de “Blanca Nieves y los 7 Enanitos”. “Sus padres” me dije a mi mismo, y más tarde comprobé que había acertado.

“Hola…” le dije al viejo gitano mostrando mi mejor sonrisa.

“Hola Bebe” me contestó amablemente, para mi asombro, porque no creí que me conociera.

“Lindos carros, señor” añadí sin borrar la sonrisa de mi rostro. Entonces el gringo me dio todo un tour de su taller, mostrándome autos desde su estado de llegada, totalmente destruidos, y luego los reparados que lucían, a mis ojos, como nuevos. Me preguntó por mis padres, y entonces recién establecí la relación del mantenimiento de la flota de camiones que poseíamos y el conocerme. “Salúdalos de mi parte y de mi señora, por favor” me dijo el gitano simpático, sin dejar caer el cigarrillo de los labios, mientras se refregaba las manos con una franela empapada de gasolina para quitarse la grasa de uñas y dedos. Mientras yo pensaba que en cualquier momento se encendería en llamas, pero no pasó nada. Y añadió, “Buscas a Mely, ¿no es cierto?… Pasa, está a dentro”.

Caminé casi 50 metros para llegar a la entrada de la carpa-casa acosado en el camino por inmensos perros que se me acercaron en silencio, yo me detuve, ellos me olieron y luego se marcharon. Cuando estuve cerca de la carpa que usaban como antesala salieron los mellizos, era un poco más de las 11 de la mañana, y lucían recién bañados e impecablemente bien vestidos. Me miraron con el ceño fruncido para atemorizarme, entonces vi que miraron también por encima de mis hombros.

“Es el Bebe… No lo jodan!!!… -escuché rugir al viejo gitano, y añadió-… Está invitado a almorzar con nosotros.”

“¿Almorzar? Nosotros recién vamos a desayunar al Camory” dijeron los mellizos en coro, y uno de ellos añadió como un susurro: “Si comes aquí… ya te jodiste… mi hermanita ha cocinado”.

Entonces salió Melyssa, al escuchar el alboroto, echando fuego por los ojos por mi inoportuna visita.

Yo ensayé mi sonrisa de Alain Delon a la vez que le hacía un guiño de ojos mostrándole un disco de 45 rpm de Chuck Berry: “Johnny B. Good”. Y nuestra bendita superficialidad de adolescentes funcionó. Ella sonrió, y así, frente a mí, retrocedió haciéndome señas con la punta de su dedo índice para que la siguiera. Adentro de la tienda, con mi peculiar desfachatez me lancé sobre unos cojines, pero ella, frunciendo el ceño, me dijo que la siguiera. Yo había logrado entrar y me sentía maravillado del lugar y, sin ser mi propósito, ella se sintió agradecida, aunque realmente no había porque. Entonces, Melyssa me llevó a un rincón de la casa, es solo un decir, muy particular, que sus hermanos habían arreglado al típico estilo occidental con sillas, coffee table, lámparas, póster de Elvis Presley y James Dean, y principalmente al centro de todo, una hermosa radiola en donde tocamos el disco. La alegre y contagiante melodía se dejó escuchar y sin mediar palabras nos pusimos a bailar.

Luego volvimos a tocar el mismo disco pero esta vez sólo lo escuchamos. Ella cogió una revista Life que tenía sobre el Coffee table y ojeándola me dijo “¿Que lindo será vivir el los Estados Unidos, no?”

“Mi hermana mayor se va allá a estudiar dentro de dos meses” le dije.

“¿Si? Quién como ella… Cuando termine mi secundaria me iré con mis hermanos a Miami, ellos también están hartos de vivir aquí, con mis padres… -me confesó Melyssa, y con rostro adusto me preguntó-… ¿A qué viniste? No me gusta que nadie me visite aquí… prefiero que nos veamos en el parque o en el Camory”.

Melyssa era tan hermosa y diferente a sus padres que sentía vergüenza de ellos. A su madre la veía como una bruja y a su padre como un sempiterno sucio, con la uñas percudidas de grasa de los carros, desalineado y apestando a gasolina, pero lo que más le molestaba era el estilo de vida que tenían y que sus padres se negaban a cambiar. Ella detestaba vivir en la casa-carpa, las alfombras, los cojines… en pocas palabras, detestaba a los gitanos, por eso no invitaba a nadie a su casa.

Yo iba a replicarle que no tenía porqué sentirse mal, pero ella no me dio la oportunidad y siguió con su amarga queja, al punto de decirme que creía que había sido raptada de muy niña en España, de sus reales padres, por quienes ahora la cuidaban con todos los mimos de una hija. Entonces no pude decir nada, estaba consternado con las ideas que tan bello y angelical rostro albergaba. El silencio se prolongó hasta que Melyssa finalmente me dijo “Nos vemos el la pista de patinaje a las 4 de la tarde, ¿ok?” y me fui, saliendo por la puerta de la casa y no por la del taller, sin despedirme de sus padres. Aun así, al pasar por el portón del taller les hice una señal de despedida con la mano.

De camino a casa sentí que la belleza de Melyssa se había desdibujado en mi corazón. Había escuchado historias difamantes acerca del robo de niños por gitanos, pero no sé porqué nunca lo creí, sino todo lo contrario, me causó una gran tristeza el hecho de que ella negara a sus padres.

El amor eterno que nos juramos Melyssa y yo duró sólo tres semanas más, luego, sin rencores, continuamos nuestra amistad en el mismo circulo de amigos.

Las reuniones, en las tardes, en el Camory fueron el distintivo de una época en mi vida que quedaría grabada para siempre. Si bien es cierto que la llegada del rock y amor juvenil fueron los principales eventos de ese verano, no fueron los únicos y el lugar y otras experiencias también perdurarán en mi memoria.

Tanto fue así que después de veinte años, poco antes de inmigrar a California, regresé al barrio de mis amores, con mi esposa e hijos para mostrarle el famoso Camory y la pista de patinaje del Parque Porvenir de mis historias, y sólo comprobé que la crisis que asolaba al país se había ensañado con ese barrio de una manera bárbara porque ahora no era ni la sombra de lo que recordaba. Nos sentamos en unas de las bancas del Parque y dejé que mis hijos corrieran y jugaran con otros niños en los toboganes y columpios, mientras comentaba con mi esposa el contraste de mis recuerdos y mi decepción. De pronto se acercó una gitana, gorda, vieja y cara de bruja, ofreciéndose leernos la suerte escrita en las líneas de las palmas de nuestras manos, no le presté mucha atención porque no creo en esas cosas, pero acepté sólo para colaborar con ella. Primero fue mi esposa la que escuchó las consabidas extravagancias de la gitana con respecto al amor, la salud y el dinero. Luego fue mi turno y la gitana tomó mi mano suavemente, entonces vi sus largas uñas pintadas con el exquisito arte que sólo ellas dominan.

“Te vas a California!!!” Me dijo la gitana directamente y sin preámbulos.

Mi asombro hizo que la mirara al rostro, entonces creí reconocerla como  la mujer de gitano viejo que conocí hacía un montón de años atrás. Ella también me miró y cuando nuestras miradas coincidieron, ambos, ella y yo sentimos una descarga eléctrica que recorrió nuestros cuerpos e hizo que ella soltara mi mano, se levantara rápidamente y se marchara.

“Dios mío”, exclamé para mis adentros, y no pude reprimir el gritar su nombre “Melyssa!!!” para llamarla.

Mi esposa se dio inmediatamente cuenta de la situación y trató de alcanzarla para pagarle por su servicio, pero Melyssa, sumida en una inmensa vergüenza, sin aceptarlo, huyó llevándose a sus tres niños, descalzos y sucios, que jugaban con los nuestros.

Aun así, hoy en California, me reafirmo en que aquel verano del 62’, mi primer amor, Melyssa, el Camory y La Plaga siguen grabados en mis recuerdos después de casi 45 años… y lo estarán por siempre.


25
Abr
10

LIOLA… A LAS PUERTAS DEL CIELO. Parte 2

 

LIOLA

Este es un cuento del género literario erótico. Use su libre albedrio para leerla. 

Segunda Parte, de dos. Final.

Nos sentamos y, a pesar de la pasión que sentíamos, fuimos conciente de la belleza del lugar. El mar continuaba con su sinfonía infinita, reflejando a la luna que ya amenazaba con irse, discretamente, para darnos la privacidad necesaria y no ver lo que nuestras almas ya anunciaban lo que nuestros cuerpos anhelaban por hacer.

“Te busqué por caminos quizá equivocados… -me dijo mirándome a los ojos, y añadió-… no supe que a ti se llegaba por claros senderos… más ahora presiento que tu amor es sincero… y en aras del viento… tu me vas a llevar… A las puertas del cielo, al confín de los mares…”

Entonces nos besamos, y la pasión reprimida tantas veces hizo que inmediatamente la lujuria se desborde, como un torrente embriagante, por nuestro cuerpo, en el que besar y morder nuestros labios ya no eran suficientes, ni para mí y ni para ella. Besé su cuello y sus hombros mientras ella temblaba, y de allí a sus desnudos pechos, los que llenaron mi boca, cada una, como jugosas frutas, para luego morder sus erguidas protuberancias hasta hacerla gemir y oír el extenuante jadeo de su respiración, sintiendo en mis labios los latidos del galope de su excitado corazón… Hasta que sus suaves manos, con delicado gesto, me separaron de ella.

Aun quedaban en mi mente atisbos de conciencia, lo que me permitió descubrir en el transfigurado rostro de Liola, que si la hora aún no había llegado, era ahora otro el punto de su ansiedad erótica.

Entonces giré, dejé el asiento del banco y me arrodillé frente a ella. No sé si Liola era conciente y vio lo que hice, pero su instinto de hembra la hizo doblar y recoger sus piernas para apoyar sus talones sobre el banco, a la vez que subió su faldón hasta la cintura, y desplegándolas a los costados se abandonó sobre el respaldo del asiento.

La luna envió su último resplandor de luz como excitada al saber lo que venía, así yo pude ver a su vez los labios de Liola, húmedos, entreabiertos y sedientos de ser besados, invitándome a beber el néctar que de ella brotaba.

Hundí mi rostro en aquel exquisito manantial, y sentí el húmedo y ardiente calor de un incendio que pedía ser extinguido a como de lugar. Besé y mordí sus labios y un alarido escapó de su garganta. Su cuerpo tembló, y me contuve pensando que iba muy rápido. Entonces, me entretuve por unos segundos en los alrededores de sus pliegues, besando y rozando con mis labios la loma cubierta de un espeso bosque y su entorno, hasta que los temblores cesaron para convertirse en un ondulante y suave vaivén. Sus dulces alaridos, que fueron ahogados por el ruido de las olas de mar, ahora eran excitantes quejidos, ecos de mis caricias y termómetro de su pasión.

Sentí sus dedos hundirse en mis cabellos como una suave caricia, acompañados de profundos y espaciados suspiros. Y así, con sus manos aprisionando mi nuca, volvió a guiarme por su vibrante llanura hasta llegar a las profundidades de su inundado valle en el que amenazó ahogarme. Sus quejidos aumentaron y, soltando mis cabellos, estos se transformaron en la guía del placer. Entonces, tomó mis manos, entrelazando nuestros dedos como un seguro para no apartarnos jamás.

El ritmo del vaivén de su cuerpo y los quejidos que escapaban de su garganta aumentaron con la misma intensidad que mis besos y mordiscos. Me hundía entre sus labios y mi lengua se paseaba por las orillas de la profundidad de su herida, tanto como ella quería, para luego jugar en el entorno, hasta que llegamos al borde del abismo.

Yo ya lo sabía, desde el momento en que ella entrelazó sus dedos con los míos, que Liola quería llegar a la cumbre del Everest y no a la simple cima de un picacho, y la única manera de lograrlo era avanzar en varias etapas para evitar perecer en el camino, y que yo, como su ‘sherpa’, sabía que había llegado la hora del primer peldaño.

Me separé por un instante de ella, lo justo para mirarla, y la vi cimbreándose y jadeando a la espera del empujón definitivo que la enviara al dulce vacío del orgasmo. Vi sus carnosos y palpitantes labios, mojados del néctar de la lujuria, y vi también, en la juntura de estos, al erguido lóbulo que palpitaba intermitentes luces pidiendo ser devorado. Sí, la hora había llegado y me lancé contra el libidinoso faro, y así, pegado a ella, fuimos en una caída libre en la que como guía no podía perder la conciencia de mis actos.

Sus manos se crisparon en las mías y un tsunami de quejidos y movimientos anunciaron el inminente desborde del dique del placer… Y no la abandoné ni un instante. El ritmo de su pelvis se volvió frenético e imparable y el jadeo en su garganta amenazaba con ahogarla, como angustiada por lograr romper el imaginario dique de su alma que aún atrapaba la explosión de su felicidad. Sus manos apretaron aún más las mías, y no sé como en ese instante la miré por entre la espesura del bosque en el que me encontraba agazapado, así supe que ya estábamos muy cerca del Big Bang de la gloria, porque su rostro se había transfigurado, los iris de sus ojos se habían escondido, sus fosas nasales vibraban y sus labios se estiraron en un rictus de muerte celestial. Entonces arremetí nuevamente contra su sensible lóbulo hasta que al fin estalló en gritos y espasmos incontrolados que golpearon mi rostro, pero aún así no la abandoné. El voluptuoso tsunami duró sólo un minuto, en cambio, la dulce corriente de energía que recorrió su cuerpo, haciéndola temblar y enervando los poros de su piel, se prolongó en una dulce eternidad. Energía de amor y felicidad que pude beber directamente de su inagotable manantial.

Por unos minutos seguí sumergido en ella, acompañándola, acariciándola muy suavemente con mis labios. Así, fui testigo de sus esporádicos y lentos espasmos que siguieron al tsunami experimentado, hasta que la calma regresó. Luego cubrí su desnudez, exactamente como lo hizo Adán después de comerse la manzana de Eva, pero no de vergüenza sino de celos de que el viejo, desde el cielo, la pueda ver. Y permanecí otros tantos apoyándome en su regazo mientras ella, inmensamente agradecida, acariciaba mis cabellos.

Habré estado como una hora, creo, arrodillado sobre la arena desde que había empezado mi faena lingüística hasta el descanso, y al quererme parar no pude evitar el exhalar un quejido al estirar mis entumecidas piernas y enderezar mi cintura.

Liola tomó mis manos e hizo que me sentara a su lado, miró mis ojos  y los detalles de mi rostro, y mientras sonreía me acarició.

“¿Seré yo el hombre que ayer esperabas?… ¿Seguiré siendo él?… ¿O acaso ya terminó la magia del momento?” Me pregunté en silencio.

Liola pasó sus dedos por mis cejas, por mi frente, por las arrugas de mis ojos y mis sienes, mis pómulos y mi encanecida barba… y suspiró.

Yo estuve atento a cada uno de sus gestos y a la expresión de sus ojos para descubrir algo, sino el hastió, la decepción, o el simple ya!. Pero, nada, nada empañó la radiante felicidad que brotaba de ella de tenerme a su lado… y me halagó.

Entonces Liola acercó su rostro, me besó tiernamente y sentí muy suavemente su tibia lengua entre mis labios. Y descubrí que ya no había fuego sino ternura, y me gustó aún más. Se acurrucó en mi pecho como queriendo hundirse en mi corazón y así dormimos por unos minutos, ¿cuántos? No sé.

De pronto ella despertó, y lo abrupto de su movimiento me despertó también, y mirándome a los ojos me dijo: “A las puertas del cielo, al confín de los mares… Cuantas veces en mis sueños te he llevado junto a mí… He sentido tu mano como suave caricia… Y en el eco de tu risa una nueva primavera… A las puertas del cielo, al confín de los mares… Te he llevado junto a mí, Te he llevado junto a mí… Amor” y sin mediar más palabras me besó mientras se sentaba en mis rodillas, frente a mí.

Ambos, afanosos y deliberadamente, buscamos mi correa y la cremallera de mi pantalón para liberar lo que se anteponía entre nosotros y nuestras intenciones.

Sabía a donde llegaría ahora, aunque jamás imaginé la felicidad que iba a sentir. Yo estaba intacto, había sabido contenerme durante toda la noche pero ahora dudaba, siquiera, poder resistir tan sólo el húmedo calor de sus entrañas.

Liola no dio rodeos ni preámbulos amatorios, ella ya estaba dispuesta nuevamente como una salvaje hembra en celo. Lo supe porque sentí el angustiado temblor de sus manos al liberar las barreras que se interponía entre mí y el centro de su identidad femenina. Temblor que aumentó cuando sin miramientos atrapó a mi erguida masculinidad para guiarlo, y sólo dejarlo ir, en el borde del abismo de la profundidad de su ser.

Su embate fue violento y profundo, tanto que la hizo lanzar un quejido, a la vez que sacudía su cabellera como una loba herida. Pero yo, además, sentí que algo crujió, realmente no sé si fue el banco de madera, los frágiles huesos de su cadera o los míos, pero inmediatamente sentí el sofocante calor, de sus labios aprisionándome en su totalmente anegada profundidad, del dulce néctar que le permitía a mi nave navegar por entre el estrecho espacio de su palpitante corredor.

Liola no me esperó y, tan pronto me sintió adentro de ella, emprendió su loca carrera para alcanzar las estrellas, lo que en definitiva me ayudó porque prolongó mi llegada, dándome ventaja hasta que mi respiración se hizo unísona con la de ella.

Ahora, frente a frente, y sin embriagarme aún del placer, podía deleitarme viendo los rictus de su rostro provocado por el placer recibido. Sus mejillas temblaban nerviosamente, sus fosas nasales vibraban, sus labios se estiraban y a través de la ranura de sus ojos podía ver que sus oscuros iris se habían fugado dejando sólo la blancura de ellos.

Ella estaba fuera de sí, como poseída por el placer, muy cerca al éxtasis del paroxismo, y yo me iba acercando aceleradamente, entonces mi instinto animal tomó las riendas de mis actos. Y me perdí por un instante. Deslicé mis manos debajo de su falda, jugué con sus redondeles y depresiones, luego agarré fuertemente sus caderas y pude, de manera frenética y sin descanso, estrellarla contra mí, hasta que la escuché decir un desesperado “Ya… Ya” anunciando la llegada, entonces arremetí con más fuerza y ambos estallamos en convulsiones que nos llevó al cielo en un apretado abrazo.

Sí, al cielo, porque Liola logró susurrar a mi oído, entre espasmos, jadeos y balanceos, una dulce oración… “A las puertas del cielo, al confín de los mares…” y yo veía, en mi intermitente estado de conciencia, entre el placer y la realidad, al oscuro firmamento aclararse en un nuevo amanecer, y creía sentir que de veras llegaba a las puertas de cielo y al confín de los mares.

“Entonces mis sueños… -dijo casi ahogándose en sus espasmos-… Se harán realidades…  Ahora si sé que es cierto que yo volaré junto a ti” y una nueva ola de contracciones me anunciaba que su felicidad era plena, mucho mas allá del simple sexo o del placer provocado en cualquier lugar de su cuerpo, sino de su alma al sentirse amada sin condiciones ni reservas… “Ahora… presiento… que tu amor es sincero… -volvió a decirme-… y en aras del viento… tu me vas a llevar… como cuando… A las puertas del cielo, Al confín de los mares… Cuantas veces en mis sueños te he llevado junto a mí… Te he llevado junto a mí… Junto a mí…” y Liola se durmió en mis brazos.

Fue la alarma de mi reloj lo que nos despertó. Eran las 8 de la mañana y nadie en la playa de Carmél aún daba señales de vida. Habíamos dormido sobre el banco de madera casi tres horas, y el sentido común nos decía que no podíamos seguir allí.

No sé en que momento Liola se había escurrido de mis rodillas al asiento aunque seguía abrazándome, apoyada sobre mi pecho.

“Dios mió gracias por este nuevo día” dijo Liola estirando sus brazos al cielo a manera de plegaria y para desentumecer los músculos de su cuerpo.

Yo me paré con dificultad y maldije mi maldita vejez “Mierda, dos noches mas como ésta y me voy derechito al infierno” mientras ponía mis dos manos en mi cintura, a la altura de mis riñones, y estiraba mi abdomen hacia atrás. Escupí el sabor amargo de mi boca en la arena, y busqué una pastilla de menta en el bolsillo de mi chaqueta. Tomé uno y le ofrecí otro a Liola, la que rechazó. Entonces caminé hacia el mar que estaba a escasos 100 metros del banco de madera. Allí, otra vez estiré mis brazos e hice algunos giros de cintura, doblé mis rodillas, y la conciencia regreso a mí. Sí, así somos de estúpidos los hombres, hacemos el amor de una manera gloriosa en la noche y al día siguiente nos olvidamos de nuestra pareja. Giré en busca de Liola para reparar mi descuido, y la vi sentada en el banco de madera, doblada y con el rostro entre sus manos, entonces fui hacia ella.

“Liola… -le dije arrodillándome frente a ella, y añadí-… me has dado la noche mas grande de mi vida” y acaricié su cabello.

Ella levantó su rostro. Vi sus ojos oscuros enturbiados, por primera vez, por la tristeza y la huella del llanto aunque ya estaba serena. En silencio la acaricié mientras descubría mas detalles de su rostro que a ella no le importaba esconder. Lo poco del maquillaje que usaba había desaparecido. Las arrugas alrededor de sus ojos y labios, y los de su frente estaban totalmente expuestos a mis ojos. Entonces sonrió levemente, y un surco se hizo en ambas mejillas.

“Dios mío… Que bella eres” le dije, y ella sollozó escondida en mi hombro. Entonces volví a darme cuenta de otro descuido. Ella me había dicho una y mil veces que me amaba, y yo ninguna. Entonces, acaricié su cabello y le susurré al oído lo que ella estuvo esperando toda la noche oír de mis labios.

“Liola… Te amo… Te amo más que a mi vida”.

Ella levantó su rostro y con los ojos cerrados me ofreció sus labios. La besé, y nos besamos sin pasión sino con ternura. Era verdad, la amaba, la amaba más que a mi vida.

Liola se reanimó, su sonrisa regresó a sus labios, me miró y empezó a susurrar una canción.

“De pronto me dices

Que poco te cuesta
buscar una casa muy linda que ha de ser nuestra
Que tiene jardines

Colgados del cielo
con miles de niños con tanta ternura en sus juegos
Entonces mis sueños

Se harán realidades
ahora sí, que es cierto que yo volaré junto a ti”

Y levantándonos del banco corrimos a la orilla del mar, a la vez que gritábamos al viento la canción que llevábamos en el alma y que había estado presente, acompañándonos, toda la noche.

“A las puertas del cielo, al confín de los mares
cuantas veces en mi sueños te he llevado junto a mi
he sentido tu mano como suave caricia
y en el eco de tu risa una nueva primavera
A las puertas del cielo, al confín de los mares
cuantas veces en mi sueños te he llevado junto a mi
te he llevado junto a mí
te he llevado junto a mí
junto a mí…”

La dejé en la terraza de su hotel y quedamos en vernos en una hora, para desayunar juntos.

Yo regresé a mi hotel con el alma henchida de felicidad, me di un baño muy reconfortante de agua tibia mientras pensaba que la felicidad había renacido nuevamente en mi espíritu como nunca lo había imaginado, pero… Pero, estaba ante un gran problema. No quise pensar más acerca de eso, y bloqueé mis raciocinios o a la severa acusadora denuncia de mi conciencia.

Fui unos minutos antes de las 9 a.m. al restaurante de comida mexicana, allí me encontraría con Liola.

“Buenos días, Señor… En unos minutos estaremos listos para servirle el desayuno” me dijo el mismo joven que me había atendido la noche anterior, haciendo un alto a sus labores de arreglo.

Sentado en una mesa del Patio leí el menú y la boca se me hizo agua al imaginarme el plato de quesadillas y enchiladas que iba a ordenar. “¿Que comerá Liola?” me pregunté. Luego tomé el periódico local y leí los avisos e historias acerca de Carmél, hasta que terminé de leer lo que inclusive ni me interesaba. Miré mi reloj. “9:30 a.m. y no llega Liola” me dije, no molesto por la tardanza sino preocupado.

“Gusta ordenar su desayuno, señor” me dijo amablemente el mozo del restaurante.

“Estoy esperando a alguien más” le dije a manera de negativa a su pregunta.

“Oh, a la señora de anoche… Su esposa es muy bonita, señor”

“Sí, a ella” le dije para no darle explicaciones.

Esperé media hora más pero ella no llegó.

“Joven… -llamé al mozo y le pregunté-… ¿Conoces el teléfono del hotel ‘The Colonial Terrace’?”.

“Sí señor…-y acercándose a la mesa tomó el periódico local, buscó en unas paginas, y cuando lo encontró me lo enseñó-… Este es señor”

Marqué en mi celular en número mostrado en el anuncio, y el rin de la llamada me anunció que alguien me iba a contestar.

“Aló… The Colonial Terrace para servirlo” me contestó alguien al otro lado de la línea.

“Por favor comuníqueme con Liola” le ordené.

“Un momento por favor… -me dijo, y demoró menos de un minuto en volver a hablar-… Señor… aquí no hay nadie registrado con ese nombre… O quizás es un diminutivo de su nombre real… ¿Lo conoce Ud.?”  La persona al teléfono había sido muy amable en su trato, y demostraba experiencia en su trabajo.

Yo no sabía el nombre completo de Liola, y me sentí muy avergonzado de eso.

“Voy para allá” le dije como única respuesta al caos de ideas que tenía en mi mente.

Fui al hotel, al mismísimo lugar en donde dos veces la había visto entrar. Allí me atendieron amablemente, me enseñaron el libro de Registro, en donde había sólo seis parejas alojadas desde ayer o el día anterior. Y nadie correspondía a la descripción que di de Liola. No insistí más, y pidiendo disculpas por mi supuesta confusión me marché.

“No puede ser… -me dije al subir al Mustang-… no puede ser, anoche la traje aquí, se cambió de ropa, y ésta mañana vine caminando con ella hasta esta terraza”

Encendí el motor y fui a recorrer el camino Scenic Road. Llegué al lugar en donde la había besado por primera vez. “Estuvimos aquí” me dije.

Luego regresé por el mismo camino en busca del banco de madera en donde habíamos pasado la noche y amanecido.

“Dios mío… -exclamé al ver su suéter blanco que había olvidado en el banco, cuando salimos a correr por la playa emocionados por la canción- … ¿qué hice mal para que me hayas abandonado?” Y me dolió en lo más profundo de mi alma su abandono sin excusa alguna.

“Yo no te iba a obligar a nada… Si esto era el amor de una noche, no te lo iba a reprochar… Nooo… Pero no te has podido ir así” y mis ojos se humedecieron.

Dejé Carmél con dolor, aunque siempre la recordaría asociada a la más extraordinaria experiencia amatoria de mi vida… “Sólo comparada con mi Luna de Miel hace ya más de 25 años” me dije reconfortándome a mi mismo.

Aun me quedaban dos horas de viaje por aquella paradisíaca carretera para llegar a San Francisco. Tiempo que voló porque mi mente repetía una y mil veces los recientes recuerdos de mi aventura. “Sí, mi aventura, una simple pero extraordinaria aventura”. Traté de confortarme.

Llegué a San Francisco, firmé el contrato, bebimos Whiskey Americano, ‘Jim Beam’, para celebrarlo y me marché.

De regreso, tenía la malsana idea de parar en Carmél y buscarla nuevamente.

Llegué de noche, eran las 8 p.m. y no tenía la intención de alojarme en ningún hotel. Fui directo al restaurante de comida mejicana porque una corazonada palpitaba en mi alma. Allí, la noche anterior, el barman y el mozo nos habían visto.

En el trayecto, una idea me vino a la mente como un rayo “¿Y si es casada y ahora está acompañada de su marido?”

Estacioné mi mustang en el parqueadero del restaurante y cuando caminaba al local me dije “Entonces me despediré de ella con un adiós con los ojos… Pero, dios mío, quiero verla otra vez” y entré al restaurante.

Sí, allí… allí estaba ella… Sola, sentada en la misma silla alta del bar, en donde la abordé anoche.

Ella me vio, y yo volví a ver en su rostro su angelical sonrisa. Sus ojos se encendieron de alegría, invitándome a acercarme.

“Hola… -le dije sonriendo porque no había reproches en mi alma sino alegría de volverla a ver-… ¿quieres beber algo?”

“Sí… Lo mismo de anoche”

El barman ya estaba a nuestro lado sonriendo amablemente.

“Una Margarita de fresa para mí… -se adelantó Liola, y añadió-… Y un Tequila Sunrise para mi marido”.

El solo hecho de escuchar aquella palabra ‘Mi marido’ lavó como un bálsamo la herida que tenía en el corazón.

“¿En el patio?” dijo el barman.

“Sí” contestamos ambos al unísono, y reímos.

En el patio, en un principio, conversamos de banalidades aunque como no había mucho de esto fuimos al tema de su inexplicable desaparición.

“Primero, debes de saber que esta noche te esperaba… -me dijo muy sería, y sonriendo añadió-… pero aun así, al verte, me sorprendí… ahora estoy más feliz que nunca porque regresaste a mí sin importarte nada”

“¿Pero porqué te fuiste de esa manera? ¿Acaso eres casada? ¿O sólo querías estar conmigo un momento y nada más? Cualquier cosa que me hubieras dicho, inclusive una mentira, lo hubiera aceptado y me hubiese conformado… Pero no tu silencio, por dios… Te amo Liola. Te amo”

“Y yo a ti… más de lo que te imaginas… Pero es muy difícil explicártelo…” me dijo bajando la cabeza como queriendo ocultarme sus ojos, y en ellos, un secreto.

“Pero no he regresado a reclamar ni a exigirte nada… -le dije con sinceridad, y con dolor añadí-… sólo vine por una explicación, si era posible, sin saber realmente si te encontraría… y también a decirte adiós”

Liola no lloró ni estaba triste por mis palabras, aunque me resultaba incomprensible su actitud y sus declaraciones de amor. Me había dicho me amaba más de lo que yo podía imaginar, sin embargo, al decirle que me iba para no verla nunca más se mostraba casi indiferente, sino radiante de alegría. Sí, realmente no la comprendía, y estuve a punto de arruinar nuestra despedida marchándome abruptamente.

Ella comprendió el dolor que me causaba y levantando su rostro me dijo “Te lo explicaré amor mío… Mereces saber la verdad… Tienes que saberlo antes de marcharte para que nunca dudes de mi amor”

“Bueno Liola… Dímelo” y me dispuse a escuchar una excusa.

“Pero no puede ser aquí, debemos ir a un lugar, y allí entenderás la sinceridad de mis palabras” me dijo con suavidad a la vez que tomaba mis manos, y comprendí que había adivinado el menosprecio de mi pensamiento, quizás por el tono de mis palabras.

Salimos y subimos a mi auto, entonces me dijo “¿Recuerdas dónde me viste por primera vez?”

“Si, en la playa, cerca de aquí, a las afueras de Carmél”

“Bien, entonces vamos allá”

Manejé despacio, no tenía ningún apuro, el lugar estaba cerca y en quince minutos ya estábamos allí. Me estacioné en la playa, alejado de la carretera, apagué el motor y las luces del auto, y la miré como quien espera su respuesta. Mi actitud era un tanto fría, cruelmente fría, después de la pasión y el desengaño sentido.

Liola se dio perfectamente cuenta de mi estado emocional, entonces tomó mi mano y me sonrió. “Dios mío su rostro es sincero” me dije y acepté la caricia de sus manos.

Bajamos del auto, me recosté en el guardafango y ella se recostó sobre mí. Su cuerpo, su calor y la proximidad de sus labios disiparon mi mal humor. Nos besamos, y nuestras lenguas volvieron a acariciarse con ardor. Acaricié su cuerpo, desde su nuca hasta su torneado trasero, mientras ella vibraba. Luego vino la calma, y recostada sobre mi pecho me dijo.

“Todo, absolutamente todo lo que te dije ayer fue cierto, sé que algunas cosa eran incoherentes para ti, y tu silencio me ayudó, pero esta noche lo comprenderás todo. Además, quiero que sepas que hice el amor contigo de una manera verdadera, me entregué a ti sin reservas ni condiciones… de manera única y exclusiva porque no hay nadie más en mi vida… y no tienes porqué dudar de mi amor”

Liola volvió a besarme y sentí en mis labios su sinceridad.

“Tu no me crees cuando te digo que te he amado desde siempre… -me dijo mirándome a los ojos, y añadió para sorpresa mía-… sin embargo dices creer que existen otras vidas… en un tiempo pasado…”

Yo la miré asombrado porque lo que me decía no era simple retórica ni poesía, ya que lo que creía lo había guardado siempre conmigo, sin comentarlo con nadie.

“Existen otras vidas… Y en una de ellas te amé hasta la locura, pero una tragedia nos separó…-me confesó mirándome a los ojos, y con su imperturbable mirada siguió-… Como bien sabes, en ninguna momento he pronunciado tu nombre, porque es absurdo decirlo si conocemos nuestras almas…”

Yo estaba absorto escuchando sus palabras mientras la tenía abrazada a mi cuerpo. Ella no era un espíritu, ni un espectro, sino una dulce criatura que juraba amarme.

“Hace muchos años, antes que nacieras, estuvimos aquí en Carmél en nuestra Luna de Miel… fueron días y noche de amor y pasión inolvidable y me amaste de tal manera que marcaste mi alma para la eternidad…”

Liola me abrazó fuertemente como queriendo hacerme recordar con su cuerpo lo que decían sus palabras. Entonces, tuve la extraña sensación de que su voz no llegaba a mis oídos sino directamente a mi alma. Y me sentí triste y culpable de haber dudado de ella, entonces mis ojos se llenaron de lágrimas.

“¿Recuerdas lo de anoche?” me susurró.

“Sí” le respondí.

“Lo de anoche fue un hermoso ritual que repetí del recuerdo de nuestro ultimo acto de amor que tuvimos antes de la tragedia… Y así, gracias a ti… Quedé liberada.”

Yo lloraba en silencio ante el relato de Liola porque ahora comprendía el porqué de los detalles que ella se afanó en seguir la noche pasada. En realidad, podía sentir su alma acariciando la mía más allá de sus palabras.

“Me liberaste con tu amor y entrega sincera, y con la felicidad que me diste. No sólo fue el sexo sino que a través de esa unión tan intima rescataste mi alma de las tinieblas del limbo del dolor, y me liberaste de este maldito lugar… ¿Recuerdas la canción que cantamos?”

“Sí” le dije entre sollozos.

“Alégrate… No llores… -me rogó dulcemente, y añadió-… Esa es nuestra canción… De principio a fin, cada palabra, cada frase… Escúchala y recuérdame cada vez que lo hagas”.

Yo enjugué mis lágrimas, y sentí en mi alma que ella se iba a ir pronto. Entonces la besé con misma ternura como cuando se despide al ser amado en un viaje eterno, y mis lágrimas volvieron a inundar mi rostro, y mi llanto amenazó mí respiración.

“No llores mi amor… -me rogó-… Vuelvo a ser feliz, y así te parezca contradictorio estaré a tu lado para siempre… Abrázame fuerte y acompáñame”

Yo la abracé, y caminamos con dirección al mar. En el trayecto me contó: “Aquí vinimos una noche como hoy, hace ya muchos años, tú te quedaste en la playa y yo entré a nadar… pero jamás salí. Tú te volviste loco, te lanzaste al mar, me buscaste y estuviste a punto de ahogarte, pero el mar te arrojó inconciente… y tu vida continuó… Pero yo me quedé atrapada, deambulando por estas playas por años hasta que volviste a llegar aquí… El resto ya lo sabes… ¿Ahora me comprendes?”

“Sí, si Liola… Siii!!!” y no pude reprimir más mis lagrimas, y temblé llorando como un niño desconsolado.

Liola me miró y la luna iluminó su rostro. Ella estaba serena, hermosa como una diosa, con una tenue sonrisa en los labios. Yo sabía que ella estaba a punto de partir, a punto de dejarme, y yo ya no podía controlar más mis emociones.

Volvió a besarme, y a través de sus labios acarició mi espíritu trasmitiéndome serenidad. Mis lagrimas cesaron, mi respiración se calmó y pude ser conciente de lo que venía.

“Compréndeme… -me dijo con voz celestial-… La vida nunca termina y sólo morimos para renacer en un infinito de posibilidades que el universo nos ofrece… Y yo… Yo siempre estaré a tu lado… Ya lo verás”

Estábamos en la orilla de la playa, justo en donde la vi pasar a mi lado la tarde de ayer. Yo ya me había calmado completamente, aunque abrazaba a Liola y no estaba dispuesto a dejarla ir.

“Siempre estaré a tu lado… -volvió a decirme, y añadió para explicarme-… Siempre lo he estado aunque no recuerdas tus sueños, y estás tan ocupado que no me ves… Y si aun lo dudas, ¿Quién crees que te trajo hasta aquí?” y empezó a susurrar lo que ella llamaba nuestra canción.

“A las puertas del cielo, al confín de los mares
cuantas veces en mi sueños te he llevado junto a mí
he sentido tu mano como suave caricia
y en el eco de tu risa una nueva primavera…”

No, no la iba a dejar ir por más promesas que me hiciera, pero ella se escurrió como un alma a través de mis brazos. La vi frente a mí, desnuda, sonriendo, prometiéndome:

”A las puertas del cielo, al confín de los mares
cuantas veces en mi sueños te he llevado junto a mí
te he llevado junto a mí
junto a mí….”

Liola entró al agua y, caminando sobre las olas, con los brazos extendidos como para alcanzar la luna se fue cantando “A las puertas del cielo… al confín de los mares…” y la melodía siguió sonando en mi alma mucho después que despareció de mi vista.

Pasé un largo rato allí, arrodillado en la arena, con los brazos abiertos, en la más completa oscuridad de la soledad, meditando en algo que no alcanzaba a comprender. Y de pronto, mirando al cielo, vi cruzar una estrella fugas el oscuro firmamento. Entonces sucedió un milagro, no sé si en el universo o en la intimidad de mi espíritu, porque vi explotar una estrella nova, ante mis ojos, en millones de fragmentos luminosos que dibujaron el rostro de Liola, sonriéndome, mientras me cantaba “A las puertas de cielo… cuantas veces te he llevado junto a mí…” y llegué a ver por un brevísimo instante la maravilla multicolor del cielo, y un haz de luz llegando a mí.

Claro que es imposible comprender lo que sólo esta reservado para quienes dejan este mundo, esta realidad, de la que había sido un testigo de excepción, y sin comprenderlo sólo lo acepté como tal, y así regresé a mi auto, en donde pasé el resto de la noche, como quien vela al ser querido.

Al día siguiente no quise marcharme de Carmél, así que volví a recorrer los lugares en que había estado con mi amada. Mi tristeza había desaparecido, ahora me invadía una extraña alegría que colmaba mi espíritu.

Salí por la tarde de Carmél, sintiendo como si me despidiera del recuerdo de Liola.

El viento contra mi rostro me refrescó los pensamientos, pensé en mi casa, en mi esposa y mis hijos, entonces llamé por teléfono y anuncié mi llegada para la medianoche.

“Cuídate mi amor, maneja con cuidado” Me dijo mi esposa.

El trayecto de regreso ya no fue tan espectacular como la primera vez, aunque pude apreciar un maravilloso ocaso al borde de la carretera y el mar.

Llegué a casa después de la medianoche. No guardé el Mustang en la cochera para evitar el odioso ruido que hacía la puerta eléctrica del garaje al abrir y cerrar. Y silenciosamente entré a casa, todos dormían.

Entré a mi recamara, y vi que una muy tenue lámpara estaba encendida en la mesa de noche y la silueta de mi mujer en la cama cubierta por las sabanas.

“Me estuvo esperando… pero el sueño la venció” me dije, y evitando hacer ruidos fui al baño a darme una ducha tibia.

La suave caricia del agua refrescó, no sólo mi cuerpo sino también mi espíritu. Pero de pronto escuché la voz de mi esposa que me decía, entrando al baño, “Tardaste mi amor…”.

Yo no podía verla nítidamente, ni ella a mí, debido a que el vapor había empañado las trasparentes paredes de la ducha. Escuché que ella hacía algo en el botiquín y el lavadero, y el aroma de un perfume me alcanzó, entonces sonreí adivinando sus intenciones.

“Te tengo una sorpresa cariño…” me dijo musicalmente y la vi acercarse a través del empañado cristal.

Ella corrió la puerta de la ducha diciéndome alegremente “Me corté el cabello… Ojala te guste”.

Lo que vi dio un vuelco a mi espíritu porque era Liola la que estaba allí, frente a mí. Sus ojos, sus cejas, sus labios y el pequeño lunar cercano, su cabello, desnuda y sonriente, con una mano en su cadera y la otra en lo alto, posando.

No sé que expresión de sorpresa se dibujó mi rostro porque mi mujer me dijo “Hey, payaso, no exageres” y dándome un palmazo en el hombro entró a la ducha, cerrando la puerta tras de si.

Sin dejar de reír y hablar al mismo tiempo, como siempre lo hacía, me dijo que me había extrañado, mientras que con sus manos terminaba de enjuagar mi cuerpo. Entonces, se puso frente a mí, me dio un apasionado beso francés y luego, sin más aviso, se arrodilló, no para venerarme exactamente, sino para llevarme a las puertas del cielo.

Dios mío, que estúpidos somos los maridos… Que ciegos somos los hombres para no ver la felicidad a nuestro lado.

Más tarde, poco antes de dormir, en la intimidad de nuestra cama mi esposa me contó con lujo de detalles el sueño que había tenido la noche anterior “Por eso me corté el cabello, cariño” me dijo con gracia, acurrucada a mí.

Sí, la misma historia que ya les conté.

“Buenas noches Anna”. Le dije.

“Buenas noches Michaelangelo”. Me respondió… ¿Liola?

“Buenas noches amigos” les digo a Uds.




“TE VERÉ EN SUEÑOS”

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